24 de mayo de 2026

Ven Espíritu Santo

PENTECOSTÉS

 P. Jesús Higueras:


Como conclusión del tiempo de Pascua, la solemnidad de Pentecostés nos muestra la razón última por la que el ser humano ha sido creado. El hombre no nace únicamente para sobrevivir, producir, consumir o desaparecer. Ha sido llamado a participar de la misma vida de Dios. La existencia humana queda incompleta si no es visitada, sanada y elevada por el Espíritu Santo.

 

Muchas veces reducimos la vida a sus dimensiones más inmediatas: el trabajo, las emociones, los éxitos, los fracasos o incluso los afectos. Pero el corazón humano siempre experimenta una especie de desconcierto interior. Nada de este mundo termina de saciarle del todo. Incluso en los momentos de mayor felicidad permanece una sed más profunda, una espera que ninguna realidad creada puede llenar completamente. Y eso sucede porque el hombre ha sido hecho para algo más grande que sí mismo.

 

Pentecostés anuncia precisamente esa plenitud. Dios no abandona a la humanidad a sus propias fuerzas. No nos deja encerrados en nuestros límites, en nuestras heridas o contradicciones. Envía su Espíritu para habitar dentro del hombre y conducirlo hacia su verdadera realización.

 

El Espíritu Santo no es una energía o una fuerza que brota de Dios, ni una especie de impulso religioso interior. El Espíritu Santo es Dios mismo. Y Dios no puede separarse de su amor, porque Dios es amor. No tiene el amor como algo añadido a su ser, sino que su misma esencia consiste en amar eternamente.

 

Por eso, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles no llega simplemente como una ayuda exterior o un fortalecimiento psicológico. Lo que sucede es algo infinitamente más grande: Dios mismo viene a habitar en el interior del hombre. El cristianismo no consiste solo en admirar a Dios desde lejos, sino en recibir su vida dentro de nosotros.

Los santos hablaban del Espíritu Santo como el «huésped del alma». La expresión es bellísima. Dios entra en la intimidad del ser humano sin destruirlo, sin anular su personalidad, sin borrar su libertad. Al contrario: cuanto más presente está Dios en una persona, más plenamente humana se vuelve. El pecado desfigura al hombre; el amor de Dios lo reconstruye desde dentro.

Pentecostés es la fiesta de la humanidad elevada. Los apóstoles, encerrados por miedo, salen ahora llenos de fortaleza. Los que estaban paralizados comienzan a anunciar el Evangelio sin temor. No porque hayan adquirido una capacidad simplemente humana, sino porque el mismo Dios vive en ellos.

 

También hoy nuestra sociedad padece un profundo cansancio espiritual. Tenemos medios materiales e intelectuales para casi todo. Gozamos de un bienestar como pocas veces se ha visto es la historia, pero no sabemos muchas veces para qué vivimos. Y el hombre que pierde el sentido de su destino termina empequeñeciendo su propia existencia.

 Pentecostés recuerda que hemos sido creados para mucho más que una vida cerrada sobre nosotros mismos. Hemos sido creados para ser transformados por el amor de Dios, para participar de su vida y alcanzar así la plenitud para la que fuimos llamados desde el principio.

16 de mayo de 2026

"¿Qué hacéis mirando el cielo?"

ASCENSIÓN - Hch 1,1-11/Ef 1, 17-23/Mt 28, 16-20

 

Terminaba la homilía el domingo pasado recordando las palabras de Jesús “No os dejaré huérfanos”. Hoy retomamos la misma idea expresada en la frase final del evangelio: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Jesús permanece vivo en medio de nosotros, en el corazón de la historia; no es “solo” un personaje del pasado que, con su ejemplo y doctrina, puede aportarnos luz sobre el momento presente; es “Alguien” vivo, cuyo Espíritu nos hace vivir, caminar, soñar con esperanza. Por eso Mateo no nos ha dejado relato alguno sobre la ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en nuestro corazón estas últimas palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el Resucitado como compañero único de existencia y es también el fundamento de la pervivencia de la Iglesia.

 

Día a día, Él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a nuestra vida. Él está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. Él infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor, la energía suprema que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. Él nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad capaz de ofrecernos medios prodigiosos de vida, sin poder decirnos para qué hemos de vivir. Él nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que nos puede hacer verdaderamente felices. En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento.

La Ascensión es para el creyente una llamada a “seguir esperando”, a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. Naturalmente este “seguir esperando” -paciencia- no consiste en “dimitir” ante la vida. La resignación, como falta de esperanza, nunca fue cristiana. Por el contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Lo que es cierto es que se opone a la prisa, ansiedad que nos hace vivir inquietos, agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.

 

Escribía León Felipe unos versos llenos de fe y de verdad: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios”. El cielo y la tierra se encuentran en nuestra vida, en el puesto que Dios nos tiene asignado, en nuestra tarea.  Y esta tarea es, sobre todo, evangelizar (“¡bautizad!, ¡enseñad!”). Basta la pasión por Dios y por las cosas de su Reino. “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”.  Desde la Ascensión la obra de la salvación está también en nuestras manos. Que así sea con la Gracia de Dios.

1 de mayo de 2026

"Yo soy el camino, la verdad y la vida"

V Domingo de Pascua - A - Hch 6,1-7 - 1 Pe 2,4-9 - Jn 14, 1-12

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve y trata de animarlos: “Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

 

“Yo soy el camino”. Sabemos que el camino es para andar y llegar a una meta, sin embargo, el problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados, viven perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento. Quien e acerca a Jesús encuentra una Persona, un camino que te lleva hacia el Padre. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús. Él es el camino que nos lleva a Dios como Padre.

 

“Yo soy la verdad”. La verdad es para experimentarla como bondad, como amor, encuentro, frente a la mentira, que engendra división e infelicidad. En el mundo bíblico la verdad (emet) no es una idea, sino una realidad que se hace, se realiza, se lleva a la práctica. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

 

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.  Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.

Camino, verdad y vida, pues, son cosas concretas que se viven, que se hacen, que se experimentan. Estas son cosas que todos buscamos en nuestra historia: queremos caminos que nos lleven a la felicidad; amamos la verdad, porque la mentira es la negación del ser y de lo bueno; queremos vivir, no morir, vivir siempre, eternamente. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

Cuando Jesús es el centro podemos vivir con serenidad, abrirnos sin miedo a los demás, como nos narra la primera lectura. Acercarse a Jesús, el Señor que ha muerto por nosotros y ha resucitado para darnos la vida, significa que todos podemos gozar de las prerrogativas de lo más santo y sagrado. Por eso nace un nuevo pueblo, una nueva comunidad santa y sacerdotal que entraña una plenitud espiritual. Que así sea con la Gracia de Dios.

25 de abril de 2026

"Yo soy el Buen Pastor..."

IV DOMINGO DE PASCUA-A- Hch 2, 14ª. 22-33 / 1 Pe 1,17-21 / Lc 24,13-35 

Semana de la Familia-La Iglesia es familia de familias, comunidad; la escuela como una prolongación del hogar. En este contexto la Palabra hoy nos recuerda:

1. El Buen Pastor -Cristo- va “llamando por su nombre a las ovejas”. Es hermoso pensar que Jesús no se ocupa de un rebaño, de una masa... sino de cada una de las ovejas. Para Él, tú y yo somos únicos, no una pieza sin nombre que puede ser substituida por otra. Nadie hay como tú o como yo... nos quiere, nos conoce personalmente y por eso me llama a crear y producir una nota original en el concierto del universo. Si no soy yo mismo privo al universo, a la Iglesia comunidad de algo que solo yo estoy en condiciones de aportar. Si no vivo en plenitud, dejo que falte “mi nota” que es insubstituible. Mi “nombre” es mi profundidad espiritual, esencia...

. El P. Manyanet decía que los educadores-as han de ser “padres y maestros” y, como tales “han de conocer por su nombre a cada uno de sus alumnos, atender particularmente a las características y necesidades de cada uno, tener presente que enseñan más con la vida que con las palabras y recordar que, como María y José, están realizando piezas únicas, no una producción en serie.

2. Además el Buen Pastor es la Puerta, el camino Justo para llegar a Dios y a los hermanos, para vivir en Dios y dar la vida por los otros. Entrar por la puerta es identificarse con Cristo, empaparse de sus sentimientos y actitudes, vivir los valores del Evangelio. el Buen Pastor “camina delante de las ovejas”: así hizo Jesús; no se quedó en la retaguardia, fue delante, dando ejemplo (“Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies...”). Por eso siguiendo sus pasos (su voz que es de fiar) vamos tranquilos y seguros: “El Señor es mi pastor, nada me falta...... me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas. Nada temo porque tú vas conmigo...”. Santa Teresa oraba: “Nada te turbe, nada te espante... quien a Dios tiene nada la falta; solo Dios basta”.

. Padres y madres, profesores… caminan junto a los hijos, a los alumnos… les ofrecen su ejemplo, sus conocimientos, sus experiencias; les ayudan a salir de sí mismos, a entender la vida como entrega, servicio; con generosidad y confianza. Nos enseñan a ser “puertas abiertas” para los demás como ellos lo son para nosotros; a dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza, a generar vida.

 

3. El Buen Pastor ha venido “para que tengan vida y vida en abundancia”: para que rebosemos de vida, de amor, de ideales..., vivamos abundantemente, desde la ilusión y la esperanza que no defrauda.  Nos da vida y vida plena, abundante, eterna… es nuestro presente y nuestro futuro. No nos dejemos robar la alegría y la paz que Él nos ha dado; no nos encerremos en los problemas o en la apatía. Dejémonos acompañar por nuestro Pastor; con Él, nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades cristianas resplandezcan de vida nueva

 

. Este domingo se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El papa León en su Mensaje nos recuerda a todos: 

. La necesidad de volver al "cuidado de la interioridad": "Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con Él". Oración y silencio; acoger y vivir. Escucha de la Palabra, vida sacramental, entrega a los hermanos...

. La confianza: "La vida se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros".

. La madurez: "La vocación no es una meta estática sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor". 

Que Jesús, Buen Pastor, nos lleve de la mano para vivir una vida plena. Que así sea con la Gracia de Dios. 

17 de abril de 2026

Re: "Es verdad: ha resucitado el Señor"



El vie, 17 abr 2026 a las 10:50, jesus diaz (<jesus.diaz@manyanet.org>) escribió:

III DOMINGO DE PASCUA -A- Hech 2,14.22-28 / 1 Pe 1,17-21 / Lc 24,13-35

 

El encuentro con Jesús Resucitado cambió la vida de aquellos dos discípulos de Emaús (aldea cercana a Jerusalén). Se habían marchado de la comunidad. Caminaban tristes, con los ojos cerrados, sin esperanza ni ilusión. Y ahora, tras reconocerle en la fracción del pan, se les abren los ojos, su corazón se llena de esperanza y corren llenos de alegría hacia la comunidad, a dar testimonio de su experiencia. Y se encontraron con una comunidad que celebra la buena noticia: “Es verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido”.

 

Es también admirable lo que le sucedió a Pedro. Por miedo a ser detenido había negado a Jesús, días antes. Pero su cobardía se transforma en un valiente testimonio ante todo el pueblo, como hemos leído en los Hechos: “Os hablo de Jesús...vosotros los matasteis, pero Dios lo resucitó venciendo las ataduras de la muerte”. La Presencia y el anuncio de Jesús Resucitado es la razón, el fundamento de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestro anuncio. Nos lo ha dicho Pedro: “Por Cristo, vosotros creéis en Dios...y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.

 

Hermanos: debemos vivir como personas de esperanza, comunicar a todos, sin miedo, la vida y la alegría que Jesús nos ha dado.  Si somos hijos de Dios, hermanos en Jesús, eso deberá cambiar nuestra vida y llenarla de sentido. Nosotros, que no hemos conocido “personalmente” a Jesús, podemos experimentar el encuentro con El:

 

. En la comunidad reunida. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Los discípulos de Emaús volvieron y encontraron a la comunidad reunida. Los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía y aquí se hace presente el Señor Resucitado;

 

. En la Palabra que se nos proclama y que acogemos, meditamos, estudiamos…Cristo nos habla y se nos da como luz, guía, orientación...;

 

. En la fracción del pan. “Y contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan”. El Señor se nos da como alimento de Vida en ese Pan y ese Vino que ofrecemos en cada Eucaristía y que son su misma Persona.

 

. Encender una luz en la oscuridad, vencer el miedo y el desánimo, vivir sin rendirnos jamás, mantener viva la esperanza… Jesús nos acompaña en el camino, se hace el encontradizo, nos recuerda una lección permanente: la Luz pasa por la cruz, la Luz ilumina las cruces y las oscuridades, la Luz nos permite reconocer al otro en sus palabras, en sus gestos…  la Luz se manifiesta también en la comunidad que celebra, parte y comparte la Palabra y el Pan y esto es la Iglesia, somos nosotros.

 

. Cuando vivimos la experiencia de encuentro con el Señor u otra experiencia positiva de encuentro con las personas esto siempre nos anima, sentimos una mirada nueva sobre la realidad, el mundo, el futuro.  Por eso es tan importante el encuentro fraterno que nos abre a nuevos horizontes de vida. Pidamos al Señor que “nuestra fe y nuestra esperanza estén siempre puestas en Dios” y el don de reconocerlo y anunciarlo los hermanos.   Que así sea con la Gracia de Dios.

10 de abril de 2026

"Señor mío y Dios mío"

II DOMINGO PASCUA -A- Hech 2,42-47/1 pe 1,3-9/Jn 20,19-31

  

“El día primero de la semana entró Jesús y se puso en medio de ellos”. Es el día del Señor, en el que desde hace dos mil años la comunidad cristiana se va reuniendo para celebrar la Eucaristía, para participar de la mesa de la Palabra y el Pan. Es el día en el que experimentamos de una manera más intensa la presencia del Resucitado, esa presencia que ha de llenarnos de alegría y esperanza, como animó y cambió la vida a los primeros discípulos.

 

Al celebrar la Pascua del Señor no solo recordamos la resurrección, sino que está presente en la comunidad reunida, en la Palabra proclamada y particularmente en ese Pan y ese Vino que él mismo ha querido darnos como alimento para el camino. Por eso el domingo es el día del Señor y “nuestro día”, el de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de la comunidad. El día de la “misericordia”.

 

 En el libro de los Hechos -escucharemos en Pascua- se nos ha descrito cómo era la primera comunidad:

 

. Es una comunidad de creyentes. “Creemos que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios”, escuchamos en el Evangelio. Y aunque “no hemos visto personalmente a Jesucristo, lo amamos; no le vemos, pero creemos firmemente en El”, como dice Pedro. Todo esto lo tenemos en común, es nuestra fe.

 

. Es una comunidad sacramental. La fe en Cristo se expresa y aumenta en los sacramentos. En el bautismo “por el que nacemos de nuevo” y por el que somos agregados a la Iglesia. En la Reconciliación, que Jesús encargó a su Iglesia y muestra su misericordia infinita. Y en la Eucaristía, memorial de su Pasión y Resurrección.

 

. Es una comunidad fraterna y misionera. La fe se hace vida en la búsqueda de caminos de unidad y de compartir. Esto hace creíble el testimonio en medio de la sociedad; gracias a ese ejemplo el “Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Estamos llamados a construir fraternidad; somos “discípulos-misioneros” que llevan la alegría de la Pascua a las propias familias y ambientes.

 

Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Tenían sus problemas, no eran “perfectos”, pero habían recibido misericordia y vivían con misericordia; eran  “una sola alma y un solo corazón” y esta unidad la mantenían y cuidaban mediante la escucha de la Palabra, la celebración de la fracción del Pan, la acción caritativa. No es ideología, es cristianismo. Hoy, “el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo”. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil: “Señor mío y Dios mío”. Sólo así construiremos un mundo nuevo. Que así sea con la Gracia de Dios.

21 de marzo de 2026

"Yo soy la Resurrección y la Vida..."

V DOMINGO DE CUARESMA- Ez 37, 12-14/Rom 8, 8-11/ Jn 11, 1-45 -II

 

Hoy descubrimos, en el signo de la resurrección de Lázaro, que él, Jesús,  "es la Vida". Ya la lectura de Ezequiel nos introduce en el tema: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir, pueblo mío y os traerá a la tierra de Israel". Palabras dirigidas a los desterrados de Babilonia que significan un anuncio esperanzador de reconstrucción de la libertad. El pueblo poco a poco va entendiendo que "Dios no es un Dios d muertos sino de vivos", capaz de vencer a la muerte y de conducir al hombre, por la fuerza del amor, a la superación del dolor, la esclavitud, el temor....

 

Es la idea que nos transmite hoy el evangelio de Juan.  Una escena llena de emoción, humanidad, cercanía...Jesús, ante sus amigos, comparte el dolor. Impresionan siempre las lágrimas de un hombre o una mujer. Impresionan las lágrimas del Hijo del hombre. Más de una vez lloró Jesús: de compasión, de pena, de dolor; él, que había venido a enjugar nuestras lágrimas... es capaz de hacerlo precisamente porque ha sabido llorar.  Jesús tenía que experimentar nuestras dolencias, para poder ser compasivo. "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15).

 

Nadie nos puede decir: si creéis en la resurrección de los muertos y en la vida futura, ¿por qué os afligís tanto por la muerte de un ser querido?, ¿dónde está vuestra fe y vuestra esperanza? No. La esperanza del futuro ilumina la realidad presente, pero no la destruye. Es como el que, ante el nacimiento de un niño, no se alegrara, porque algún día tendrá que morir. Todo tiene que ser vivido, y con intensidad. En todas las muertes y desgracias, Jesús llora con nosotros; es compasivo y misericordioso. Esta es su primera respuesta ante el dolor y la muerte: la compasión y las lágrimas. Esta es su primera medicina. Aunque no hiciera otra cosa, ya es una buena noticia el decirnos que Dios también llora, que Dios es aquel que llora por la muerte de un amigo, que Dios es aquel que llora siempre con nosotros.

 

Al mismo tiempo Jesús nos dice: "Sal fuera", "Sal del sepulcro", "Sal de ti", "Deja de atarte pies y manos con tus propias vendas" (mediocridad, rutina, miedo, pesimismo, muerte espiritual...), invitándonos a experimentar esa vida nueva que él nos ofrece, a vivir a fondo nuestro bautismo amando con el amor que él nos ama, a no perder la ilusión por la vida, la confianza en las personas, mirada en el futuro.... Lo hacemos desde la certeza de la fe que nos recuerda que la muerte no es la meta, el fin; aunque inevitable, es un tránsito hacia la salvación que es la vida eterna que empieza ya aquí. Lo único que puede vencer a la muerte es el amor. La vida espera de nosotros una actitud positiva, de lucha y esperanza...Nos afligimos, clatro que sí, pero no como quienes no tienen esperanza. ¡El hombre es un ser para la vida! Desde la venida de Cristo hemos quedado libres, no del mal de sufrir, sino del mal de hacerlo inútilmente.

 

Pablo nos llama a vivir no según la carne (criterios del mundo y el egoísmo-individualismo que lleva a la muerte) sino según el Espíritu (según Dios). Por eso, frente a todos aquellos hechos (violencia, terrorismo, abusos, maltratos...) que parecen obedecer a una cultura de la muerte o a una insensibilidad moral frente a la dignidad de toda vida humana..., los creyentes en la Vida debemos trabajar y defender la vida en todos sus momentos y situaciones. Que así sea con la Gracia de Dios.

14 de marzo de 2026

"... ahora sois luz".

IV DOMINGO DE CUARESMA -A- 1 Sm 16,1b.6-7.10-13a/Ef 5,8-14/Jn 9,1-41

 

. Ciego de nacimiento. La gente le mira como un pecador castigado por Dios; los discípulos se preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres… pero Jesús le mira de un modo diferente. Mira el interior, el corazón.  Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de la vida que lleva, del rechazo que sufre por parte de todos. La misión de Jesús es dar Luz, acoger, liberar, curar precisamente a quienes viven despreciados y humillados; devolver la conciencia de la propia dignidad, del propio valor manifestándole su amor.

 

. En torno a la escena  están magistralmente descritas otras actitudes ante el hecho de la luz: los que son meros espectadores que no comprenden el significado del signo  ni cambian en su vida; los que tienen miedo a las consecuencias de ver la luz que exige vivir de otra manera, los padres del ciego que no quieren problemas, los que se quedan en meras y estériles discusiones teológicas sobre el origen del mal, olvidando la responsabilidad y las respuestas frente a ese mal… quizás nos vernos  reflejados en alguna de estas  actitudes pero, podemos también,   como el ciego, abrirnos a la Presencia de Dios  que viene a nuestro encuentro en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida;  tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.

 

. ¿Qué significa tener la verdadera luz, caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría del prejuicio contra los demás, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de rechazo contra quienes juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelo.  Significa no dejarse guiar por la seductora y ambigua luz, es la del interés personal: si valoramos hombres y cosas en base al criterio de nuestra utilidad, de nuestro placer, de nuestro prestigio, no somos fieles a la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si vamos por este camino del buscar solo el interés personal, caminamos en las sombras. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, si el «misterio de la luna», porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el «misterio de la luna»: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor.

 

. Nos ha recordado San Pablo que quienes "hemos recibido el bautismo hemos  pasado de las tinieblas a la luz ("erais tinieblas, ahora sois luz") y debemos  practicar las obras de la luz (bondad y la justicia) buscando siempre agradar al Señor permaneciendo en la unidad del cuerpo de Cristo.  Las tinieblas son estériles.  "Busquemos lo que nos hace ver (verdad, misericordia…); rechacemos lo que nos ciega (prejuicios, pecado…). Miremos más al corazón de las personas; a los ojos del que sufre antes que al manual de instrucciones.... No seamos ciegos voluntarios. Vamos a encender la luz sin temor. Pidamos la Luz. Seamos luz. Que así sea con la Gracia de Dios. La humildad de quien se sabe necesitado de luz… de ahí nace la fe…

 

Solo la fe nos hace capaces de ver realmente: Gerardo Diego escribía:

"Están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver;

por la oscuridad del mundo voy como un ciego que ve.

Tú que diste vida al ciego y a Nicodemo también,

Filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe.

Porque Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver,

Creo en Ti y quiero creer".

…, porque la fe,  abre a la verdad.

7 de marzo de 2026

"Danos agua que beber"

III DOMINGO DE CUARESMA-A-  Ex 17,3-7/Rom 5,1-2.5-8/Jn 4,5-42 - 

La primera lectura de este tercer domingo de Cuaresma es un reflejo del miedo que siempre trae consigo cualquier cambio: ese vértigo que nos hace añorar seguridades que nos encadenan cuando el horizonte se muestra árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde van a experimentar que Dios no mira desde la distancia, sino que «camina con ellos» y que la precariedad que padecen es pasajera. La verdadera libertad no es nunca ausencia de dificultades.

Que el agua -ese elemento imprescindible para poder sobrevivir- salga de una roca, no deja de ser una imagen que sacude nuestra lógica. Dios se manifiesta precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible. Ahora bien, no es un mago que elimina el obstáculo, sino una fuente que surge desde dentro mismo de la situación. Porque Dios no se manifiesta como un esclavo de nuestros caprichos ni responde a la magia de un bastón. Él es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

Ahora bien, es necesario "dejar el cántaro", como la samaritana. El evangelio de este domingo nos muestra que Jesús rompe el muro de los prejuicios. Los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema. Y Jesús muestra que Él se sitúa por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos; por encima de cualquier barrera ideológica. Nos enseña a dejar de lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría. 

La escena, además, ocurre junto a un pozo, el pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. Y la conversación es sobre el agua y el espíritu invitándonos a un nuevo nacimiento, a un nuevo comienzo. Una vida marcada por búsquedas frustradas, naufragios afectivos, desencantos que impiden refrescar su vida. Y, sin embargo, desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y descoloca a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.

Toda la vida humana está atravesada por la sed. Sed de amor, sed de verdad, sed de reconocimiento, sed de plenitud. Son deseos profundamente legítimos y limpios. Pero la experiencia nos muestra que muchas veces el mundo no logra saciarlos. Buscamos en relaciones, en proyectos o en éxitos algo que calme esa inquietud interior, y sin embargo la sed vuelve a aparecer. San Agustín lo expresó con una frase que resume toda la historia espiritual del hombre: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Solo Cristo puede saciar verdaderamente el corazón humano. Y precisamente Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que ser justificados es vivir de la Gracia; porque la Gracia tiene la enorme capacidad de sanar, limpiar, recomponer y restaurar a quien se siente roto y deshecho. Es una inyección de amor capaz de llenar de vida a la persona. Por pura Gracia.

28 de febrero de 2026

"Escuchadle..."

II DOMINGO CUARESMA-A- Gn 12,1-4/2 Tim 1,8-10/Mt 17,1-9-II

 

. La fe bíblica comienza no con una idea sino con un movimiento, con un acto de confianza: "Ponte en camino…yo te mostraré". Esta promesa es bendición, fecundidad, un nombre nuevo, una misión universal… pero la bendición se despliega mientras se camina……La fe es confianza activa: Dios puede hacer nuevas todas las cosas…. Y dejo atrás todo lo que me impide reconocerlo en mi vida: "Partió Abraham como le había dicho el Señor".

 

. En el relato de la Transfiguración, Jesús revela su identidad más profunda, íntima y, como toda revelación verdadera la "reserva", no a todos sus discípulos sino  a "sus amigos Pedro, Santiago y Juan"; en esta intimidad compartida Jesús muestra lo que sucede en su corazón: su rostro brilla como el sol, sus vestidos resplandecen como la nieve. Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, dialogan con él… la montaña y el esfuerzo de subir, la nube luminosa, la voz del Padre… todo son símbolos en cuyo centro está la palabra: "Este es mi Hijo amado, escuchadle". Escuchar a Jesús dejar que su Palabra ilumine nuestras sombras, transforme nuestra vida. Quien no ora no puede entrar en este misterio.

 

. Pero la hermosura de Cristo no es resplandor externo sino entrega hasta el extremo.  Lo que deslumbra no es la piel sino el amor. Por eso, la Luz del Tabor no anula la cruz, la anticipa y la explica. "¡Qué bien estamos aquí", dice Pedro y es comprensible pero la fe no es solo emoción, aunque es necesario sentir y experimentar la dulzura de la Presencia de Dios; la experiencia luminosa no es meta sino preparación! Hay que bajar de nuevo a la realidad del camino. La Luz es para bajar y afrontar la realidad, la vida ordinaria, los caminos polvorientos, discusiones, incomprensiones, Getsemaní… La Transfiguración no evita la cruz, la ilumina desde dentro. "Levantaos, no tengáis miedo". La luz de Cristo no humilla, sana; no derrumba, revela; no aplasta, levanta. 

 

. La experiencia luminosa está destinada a sostener en la noche. Subir al monte es necesario. Contemplar es necesario. Pero también lo es bajar y permanecer fieles en lo pequeño. Vivimos de esa luz que un día vimos y que, aunque no siempre brille ante nuestros ojos, sigue siendo verdadera. Porque la belleza de Cristo no depende de nuestras sensaciones, sino de su amor entregado hasta el final. El encuentro con el Señor en la oración nos impulsa siempre a salir de nosotros mismos para acercarnos a los hermanos y compartir la Gracia recibida.

 

. Pablo anima a Timoteo a no avergonzarse del evangelio ni del sufrimiento que lleva consigo. La fe no es evasión, es compromiso. Anunciar a Cristo implica cargar con la propia fragilidad y la ajena, sostener la esperanza cuando todo aparece oscuro. La vocación cristiana no nace de nuestras obras sino de la Gracia de Dios: esta gracia se ha manifestado en Cristo que ha destruido la muerte y ha hecho brillar la vida. La Luz de la Transfiguración anticipa esta victoria. La Luz de Cristo no elimina la cruz, pero la llena de sentido. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

21 de febrero de 2026

"Si eres Hijo de Dios..."

DOMINGO I DE CUARESMA -A- Gn 2,7;3,1-7 / Rom 5, 12-19 / Mt 4, 1-11

 

Jesús Higueras:

 

En el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos sitúa ante un episodio decisivo: las tentaciones de Jesús en el desierto. Los evangelistas recogen este momento en el que Cristo, después de su bautismo, es conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado. No es un detalle secundario. Es el inicio de su misión pública y, de algún modo, la síntesis anticipada de todo su combate.

 

La tentación no es un accidente en la vida del hombre. Es una necesidad. Sin tentación no hay decisión verdadera, y sin decisión no hay identidad. El ser humano se define no tanto por lo que le ocurre, sino por lo que elige hacer con lo que le ocurre. Jesús tiene hambre después de cuarenta días de ayuno. Ese dato es real. Pero lo decisivo no es el hambre, sino la respuesta que da al hambre. Ahí se juega su fidelidad.

 

También nosotros vivimos situaciones que no hemos buscado: carencias, fracasos, incomprensiones. No somos responsables de muchas de ellas. Pero sí somos responsables de lo que decidimos ante ellas. La tentación pone al descubierto el corazón y obliga a tomar postura. O me repliego sobre mí mismo, o confío. O manipulo la realidad en mi beneficio, o permanezco fiel al plan de Dios.

 

Hay un detalle que atraviesa las tentaciones: «Si eres Hijo de Dios…». La tentación empieza siempre por la sospecha sobre la propia identidad y por la necesidad de demostrar algo. Convierte estas piedras en pan. Tírate desde el alero del templo. Póstrate y te daré todos los reinos del mundo. En el fondo, es lo mismo: demuestra quién eres.

 

Pero el valor del hombre no consiste en exhibirse ni en imponerse. No necesita demostrar nada para ser amado. Jesús no realiza un solo gesto para probar su filiación. Sabe quién es y vive desde ahí. Su fuerza no está en impresionar, sino en permanecer. No actúa para convencer al tentador ni para ganar aplausos. Vive como Hijo, sin espectáculo.

 

Esta es una lección fundamental. Cuando el hombre vive pendiente de justificarse ante los demás, termina esclavo de su imagen. Cuando necesita constantemente pruebas externas de su valía, se vuelve vulnerable a cualquier manipulación. La identidad verdadera no se conquista; se recibe. Y se custodia en la obediencia humilde al proyecto de Dios.

 

Las tres tentaciones convergen en lo mismo: la idolatría. Convertir el pan en absoluto, el éxito en absoluto, el poder en absoluto. Dar culto a lo que no es Dios. «Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto». Esa es la respuesta definitiva de Cristo. No negocia. No pacta. No mezcla.

 

En este tiempo de Cuaresma estamos llamados a revisar nuestras propias idolatrías. No suelen presentarse con aspecto grotesco. A veces se disfrazan de eficacia, de reconocimiento, de seguridad. Pero cuando algo ocupa el lugar de Dios y condiciona nuestras decisiones, se convierte en ídolo.

 

El desierto no es un lugar de derrota, sino de purificación. Allí se aclaran las prioridades. Allí el hombre descubre qué es lo esencial y qué es accesorio. La tentación, bien vivida, no nos destruye; nos define. Nos obliga a elegir a quién queremos servir. Y solo cuando elegimos a Dios sin condiciones, comenzamos a ser verdaderamente libres.

14 de febrero de 2026

"Feliz quien camino en la Ley del Señor"

VI DOMINGO TO – A-  Eclo 16, 6-21 / 1 Cor 2, 6-10 / Mt 5, 17-37

 

La Ley dada a Israel no fue provisional ni una carga absurda. Fue pedagogía divina. A través de mandamientos concretos, de normas morales y culturales, Dios enseñó a su pueblo a distinguir el bien del mal, a ordenar la vida, a reconocer su señorío:  "Tienes delante de ti fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras; muerte y vida… a cada uno se le dará lo que prefiera……. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel su voluntad…". La historia de la salvación es un itinerario, un camino de aprendizaje y cumplimiento de la ley (nos lo ha recordado el Salmo: "Feliz quien camina en la Ley del Señor"), que alcanza en Cristo su culminación. Jesús no borra la Ley; la lleva a su verdad más honda. La plenitud no consiste en añadir preceptos, sino en revelar el corazón de lo que ya estaba contenido en ellos: "No he venido a abolir la ley sino a dar plenitud".

 

¿Y cuál es la plenitud de la ley? El amor. La Ley es un medio; el fin es la comunión con Dios y la transmisión de su amor a los demás. Cuando la norma se absolutiza y se convierte en un fin en sí misma, degenera en legalismo estéril. Pero cuando se comprende como camino hacia el amor, adquiere todo su sentido. Jesús lo muestra con claridad: La plenitud de la Ley es la misericordia, ese amor concreto que se inclina sobre la miseria del otro y la abraza. Por eso:

 

. No basta con no matar; hay que desterrar el odio, el menosprecio, el insulto del corazón; es necesario respetar el don de la vida, cuidarla en nosotros y en quienes nos rodean, tratar al otro como hermano, procurar la comunión, dar la vida para que otros vivan.

 

. No basta con no cometer adulterio; hay que purificar la mirada. aprender a mirar a la persona, no como objeto para satisfacer nuestros deseos, sino como alguien lleno de dignidad, llamado a la eternidad como templo que es de Dios; una mirada que aprecia la belleza sin degradarla en modo alguno.

 

. No hay que jurar en falso. Hay que cuidar las palabras y su valor extraordinario para expresar la honestidad de la vida, la sinceridad y transparencia, la veracidad de los propios pensamientos y actos. No hay camino verdadero de comunión, amistad y encuentro personal si la comunicación no es verdadera… y no es necesario invocar el nombre de Dios para justificar nuestras acciones si nuestras palabras son sinceras y nacen de un corazón y de un pensamiento puro.

 

Cristo da plenitud a la Ley porque la devuelve a su fuente: el corazón del Padre. Y quien acoge esa plenitud descubre que la obediencia deja de ser una carga para convertirse en respuesta agradecida. Entonces la norma ya no oprime; orienta. Y la vida, sostenida por muchos pequeños actos de fidelidad, se transforma en un testimonio silencioso de que el amor es la verdadera ley que no pasa. Que así sea con la Gracia de Dios.

7 de febrero de 2026

Sal y Luz ...

P. Jesús Higueras

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente

Al decir a sus discípulos «vosotros sois la sal de la tierra», Jesús utiliza una imagen profundamente cotidiana para su tiempo: la sal. Antes de la refrigeración, la sal no servía solo para dar sabor, sino sobre todo para conservar los alimentos. Para impedir que aquello que era tan necesario para subsistir se echara a perder con el paso del tiempo. Sin la sal, la corrupción era inevitable.

 

La corrupción, en su sentido más profundo, no es solo un delito ni un escándalo público. Es la descomposición de algo valioso. Se corrompe la carne cuando pierde su integridad; se corrompe el alma cuando se aparta de la verdad; se corrompe una sociedad cuando pierde el sentido del bien. Por eso la palabra de Jesús atraviesa los siglos y llega intacta hasta hoy. Vivimos rodeados de ejemplos de corrupción: en la política, donde el poder se convierte en fin y no en servicio; en las empresas, cuando el beneficio se impone a la dignidad de la persona; incluso dentro de la Iglesia, cuando algunos olvidan que su autoridad nace del Evangelio y no de sí mismos. Nada de esto es nuevo, pero sí especialmente visible y doloroso.

 

Frente a este panorama, Jesús no propone un sistema ideológico ni una estrategia de control externo. Propone una vida. Solo la verdad, la bondad y el bien preservan al ser humano de la descomposición interior. Y esas realidades no son conceptos abstractos. Tienen un rostro. Jesucristo se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida. En Él no hay doblez, no hay cálculo, no hay corrupción. Por eso seguir a Jesús no es adherirse a una moral fría, sino acoger una hoja de ruta segura para no extraviarse y para no estropear el propio corazón.

 

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente. No transmite la fe principalmente con palabras, sino con obras: con la honradez en lo pequeño, con la fidelidad en lo oculto, con la misericordia concreta hacia el que sufre. Ahí está su fuerza.

 

Cuando el cristiano vive unido a Jesús, se convierte sin darse cuenta en antídoto contra la corrupción del alma y de la sociedad. Su vida conserva, sana y orienta. Y entonces ocurre algo más: la sal se vuelve luz. No una luz que deslumbra, sino una luz que permite ver, que ayuda a no tropezar. En un mundo que se descompone con facilidad, Cristo sigue confiando en los suyos y les transmite esta exigencia y responsabilidad: vosotros sois la sal de la tierra. La cuestión decisiva es si aceptamos vivir como tal.

31 de enero de 2026

"Felices..."

. IV DOMINGO TO -A-  Sof  2,3-3,12-13/1Cor 1,26-31/Mt 5,1-12

 

Bienaventurados- P. Jesús Higueras

Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande

Las bienaventuranzas no son un poema piadoso en el que pueden encontrar consuelo los débiles. Son el corazón mismo del Evangelio y la expresión más clara de la novedad que trae Jesucristo. Con ellas, Jesús no establece una nueva moral basada en el esfuerzo humano, sino una ley distinta, más profunda: una ley que no se funda en el cumplir, sino en el responder con amor a lo que Dios permite que acontezca en la vida de cada hombre.

 

En las bienaventuranzas no se premia al que hace mucho, sino al que se deja hacer. El punto de partida no es la acción, sino la acogida. Por eso todo comienza con la pobreza de espíritu. El pobre en el espíritu es aquel que ha comprendido que nada esencial le pertenece, que todo lo verdaderamente valioso en su vida es don del Padre. No vive reclamando, no se enfrenta a Dios con exigencias, no convierte la fe en una contabilidad de méritos. Vive desde la confianza y desde la gratitud.

 

Esta pobreza interior cambia la manera de estar en el mundo. El manso no necesita imponerse porque ya no se defiende de Dios. El que llora no se encierra en el resentimiento, sino que deja que el dolor lo abra. El que trabaja por la paz no busca vencer, sino reconciliar. Las bienaventuranzas no eliminan el sufrimiento ni el conflicto, pero los atraviesan con un sentido nuevo: todo puede convertirse en lugar de comunión cuando se vive desde Dios.

 

Jesús no promete felicidad inmediata ni éxito visible. Promete plenitud. Una plenitud que no nace del control de la vida, sino del abandono confiado. Por eso habla de hambre y sed de justicia: no como reivindicación ideológica, sino como deseo profundo de que la verdad de Dios se realice en nosotros. Esa justicia no se impone, se recibe. Y cuando es auténtica, desemboca inevitablemente en la misericordia.

 

Una misericordia que no es debilidad moral, sino la forma más alta del amor. Es mirar al otro desde la conciencia de la propia fragilidad. Solo el que sabe que vive sostenido por la paciencia de Dios puede perdonar, comprender y acompañar sin juzgar. Por eso Jesús une la misericordia a la pureza de corazón: un corazón unificado, sin doblez, que ya no utiliza a Dios para protegerse.

 

Las bienaventuranzas son, en definitiva, un programa de vida que afecta a lo más profundo del corazón humano. No se reducen a un ideal ético ni a una espiritualidad intimista. Reeducan el deseo, transforman la mirada y liberan de la obsesión por justificarse. Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande.

 

10 de enero de 2026

"Cumplamos toda justicia"

BAUTISMO DEL SEÑOR -A- Is 42,1-4.6-7/Hch 10,34-38/ Mt 3, 13-17

 

. Jesús solicita a Juan que lo bautice, pero Juan no parece entender.   La ida de salvación que Juan predicaba era la conversión porque el Reino de los cielos está cerca y "vendrá el hacha a talar  todo árbol que no de fruto; que Jesús vendrá con la horquilla para aventar los montones de trigo, guardarlo en el granero y "quemar en el fuego que no se apaga la paja"… con estas expectativas podemos intuir que Juan se sintiera "descolocado" ante un Mesías  que tiene que huir a Egipto y ponerse en la fila de los pecadores. Juan anuncia sobre todo un juicio terrible con una misión purificadora y Jesús aparece como un humilde enviado para hacerse bautizar por un bautismo de penitencia.

 

. Ante el intento de disuasión y la resistencia de Juan que sabe que no está ante un pecador que necesite conversión, Jesús responde: "Cumplamos toda justicia" … y esto significa que ambos obedecen un deseo bien concreto de Dios. La palabra "justicia" en Matero significa: obediencia fiel a la voluntad de Dios. De este modo, recibir el bautismo es un acto de obediencia amorosa a la voluntad de Dios, no a ninguna ley o la voluntad de Juan. Dicho deseo es que Jesús se hiciera solidario, en el bautismo, del pecado del pueblo. Cercano a los pecadores, en medio a las personas, que las entiende, sin privilegios ni beneficios personales.

 

. "Cumplamos": pongamos en práctica los deseos de amor, de verdad, de servicio, de solidaridad de Dios. Dejarnos configurar por Él haciendo la voluntad del Padre. Jesús entra en el Jordán como uno más. No porque tenga pecado, sino porque ha decidido cargar con el pecado del mundo. El Hijo eterno se sumerge en la condición humana herida para que nadie quede fuera de la salvación. No hay distancia. No hay excepción. No hay vidas descartadas.

. Entonces se abre el cielo y resuena la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado». Lo cual no es una frase retórica sino una proclamación. Y aquí la fiesta nos toca de lleno. Porque esa misma palabra es pronunciada sobre cada uno de nosotros en el bautismo. No como metáfora, sino como realidad. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier fracaso, somos hijos amados.

. Ya la primera lectura nos habla del siervo, del elegido que no viene a traer venganza ni a condenar, sino que viene a traer la justicia que salva, que levanta, que dignifica. Esta justicia consiste "en abrir los ojos al ciego; sacar a los cautivos de la cárcel y de la prisión a los que habitan en tinieblas".

 

. Es la misericordia la que traspasa la justicia y la que busca restablecer el bien invitando a la conversión y al cambio, sanando las heridas que se hayan podido producir entre las personas, construyendo un mundo en el que no haya muros que dividan  y separen, que enfrenten … sino puentes que unan y lleven al encuentro y la comunión.

 

. La segunda lectura de Hechos nos recuerda que el Señor no hace "acepción de personas, sino que acepta al que le teme y practica la justicia sea de la nación que sea". Es una invitación a ver el otro al hermano, a tratar a cada uno como nos gustaría ser tratados, a pasar la vida haciendo el bien. No caminamos hacia la salvación a ciegas: caminamos dentro de ella por la Gracia del bautismo.