14 de agosto de 2026

“Tienes razón, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos”

XX T.O. –A-  Is 56, 1.6-7; Rom 11, 13-15.29-32; Mt 15, 21-28

La Palabra de Dios nos invita hoy a abrir el corazón a la universalidad, a derribar fronteras y a superar todo tipo de exclusiones y discriminaciones. Hay que vencer los prejuicios y los obstáculos que tan frecuentemente nos separan y enfrentan a los seres humanos. El mensaje es claro en las tres lecturas: promover relaciones de apertura, de solidaridad y de acogida generosa. Lo que realmente cuenta son dos actitudes profundamente humanas: la fe y el amor, que merecen la misericordia de Dios con todos.

En este sentido, en la primera lectura, Isaías se ha hecho eco del deseo de Dios de reunir a sus hijos dispersos para que todos encuentren acogida en su presencia. Según la legislación antigua plasmada en el Deuteronomio ni los extranjeros ni los eunucos podían pertenecer a la asamblea del pueblo de Israel. Eran discriminados por su sangre o por su condición. El profeta se decanta claramente hacia la acogida si cumplen la condición de amar al Señor, servirle, guardar el sábado y perseverar en la alianza. En el fondo está diciendo que lo importante es la fe en Dios, no el origen ni la condición, ni la raza. A la vez, señala que es preciso quitar de en medio todo aquello que impide la pronta llegada de la salvación de Dios, por eso, exhorta a guardar el derecho y a practicar la justicia como base de unas nuevas relaciones humanas. Como ven, un tema siempre actual: también hoy, las injusticias son el gran obstáculo para la convivencia y para la construcción de un "mundo mejor".

Y, en esta línea, el evangelio nos ha mostrado que en Jesús todos tenemos sitio, los de lejos y los de cerca, sea cual sea nuestra procedencia, creencias, cultura y formas de vida. La mujer cananea, “mujer”, extranjera, estaba convencida de que Jesús podía curar a su hija; la mueve la fe en Jesús y el amor a su propia hija. Y Jesús, que al principio se muestra reticente e incluso duro (“Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”- “No está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perritos”), responde a la petición insistente y también clara de la mujer que no se calla (“Tienes razón, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos”). La extraordinaria fe que ella manifiesta, su ferviente súplica y el hecho de ponerse ante Jesús con la humildad de quien todo lo espera de él logra vencer las reticencias iniciales, y Jesús le concede, no las "migajas" que caen de la mesa, como ella esperaba, sino: “que se cumpla lo que deseas”.

El papa León XIV, en su viaje a Canarias, recordó, “En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad” y, añadió: “Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”. Todos cabemos en el corazón de Dios y en la vida de la Iglesia, también los gentiles, como nos ha recordado San Pablo “alcanzan la misericordia”. Mantengamos por ello una actitud abierta, derribando las barreras que nos dividen y hacen tanto mal y manteniendo el esfuerzo por vivir siempre en la obediencia a la palabra, en la verdad y el amor a Dios que es siempre amor al hermano, acogida fraterna. Que así sea con la Gracia de Dios.  

8 de agosto de 2026

"Ánimo, soy yo, no temáis"

XIX TO – A- Rey 19, 9.11-13ª/Rom 9, 1-5/Mt 14, 22-33

 

. Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Con ello nos enseñan, también a nosotros, la necesidad que tenemos orar, de silencio, de ese estar “a solas” con el Padre, sabiendo que nos ama y nos cuida. Sin una vida profunda de oración, nuestra existencia será como esa barca zarandeada por las olas, alborotada por cualquier dificultad, sin raíces, sin estabilidad.

 

. Quien ora de verdad, va alimentando su vida de fe, va dejando que Dios “eche raíces” en él. La oración abre el corazón a Jesús, da ojos para conocerle, amarle y descubrirle en todo, incluso en medio de las dificultades, del sufrimiento y de las pruebas: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”, hemos escuchado en el evangelio. La falta de oración, en cambio, hace que se sienta a Jesús como un “fantasma”, como “alguien o algo” irreal; quien aparta su mirada de Él, termina dudando hasta perder la fe, la confianza total en su Presencia y  acción.

 

. Quien trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado, de saberse protegido por un amor que es más fuerte que el dolor y que la muerte. Quien ora descubre la Presencia del Dios que pasa como brisa suave (Elías); la cercanía de Cristo en medio de la tempestad y experimenta la fuerza de sus palabras: “¡Ánimo! Soy yo, no temáis”. Es necesario volver a descubrir la dicha de la oración: escucha, diálogo, presencia, contemplación…. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en íntima familiaridad con Él. Sin amor no hay oración y oramos para amar.

 

. ¿La clave?  Mantener la mirada en el Señor. Mientras Pedro tiene los ojos fijos en el Señor camina sobre el agua. Cuando aparta la mirada, se hunde. Y hacemos nuestra su oración en momentos de miedo y tinieblas porque Jesús siempre nos alarga la mano. Siempre. Todo el texto es una meditación sobre la Iglesia La imagen final de Jesús en la barca mientras todos le reconocen Hijo de Dios y se postran es la imagen más bonita de la Iglesia. Y Pedro, paradigma de la persona débil (negaciones) que no obstante todo ama a Jesús de corazón.  Como muchos de nosotros.

 

. El camino de la fe no excluye dudas ni miedo. Escribía San Agustín: “A muchos les impide ser fuertes su presunción de firmeza. Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza... Contemplad el siglo como un mar, lo que cae bajo tus pies. Si amas al siglo, te engullirá. Sabe devorar a sus amadores, no soportarlos. Pero, cuando tu corazón fluctúa invoca la divinidad de Cristo... Di: «¡Señor, perezco, sálvame!». Di: «perezco», para que no perezcas. Porque solo te libra de la carne quien murió por ti en la carne» (Sermón 76,5-6). Pero es necesario mantener la mirada en el Señor. Que así sea con la Gracia de Dios.

24 de julio de 2026

"Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar... y discernir..."

XVII TO-A- Reyes 3, 5.7-12/ Rom 8, 28-30/ Mt 13, 44-52

 

. “Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar  a tu pueblo y discernir el bien del mal”, suplica Salomón, rey joven que se enfrenta a la responsabilidad de gobernar el pueblo. Esta fue la sabiduría de Salomón: reconocer su debilidad, sus dudas, miedos y búsquedas “soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar”) y, desde esa actitud, pedir honradez y sensatez de vida para cumplir bien su misión. Una petición que bien podríamos hacer nuestra, para actuar siempre conforme al querer de Dios.

 

. Hoy, en el evangelio, Jesús, con diferentes imágenes, nos describe el misterio del Reino de Dios. Una siembra, un tesoro escondido, una perla fina… un descubrimiento valioso al que se corresponde con renuncias también valiosas: vender todo lo que se tiene para conseguirlo. Es una elección precisa que implica caminar, buscar, hallar, discernir, comprar, comprometerse: en la medida en que es importante el hallazgo así es importante la elección, una elección que, en el fondo es una apuesta, pero una apuesta que nos hace felices, que cumple las expectativas y por eso se puede renunciar a todo lo demás. La parábola nos recuerda el valor de aquello por lo que apostamos la vida. La fe no es un rinconcito de la existencia, es el tesoro encerrado en el corazón por el que tiene sentido todo lo demás.

 

. Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano, pero cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. Lo vendió todo; había encontrado el tesoro y fue feliz, vivió la “perfecta alegría”.

 

. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes, pero  eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte. Y es que, bien lo sabemos, el cristiano no puede vivir la fe como una pesada carga de deberes y obligaciones sino como n descubrimiento gozoso que puede cambiar y cambia toda la vida.

 

Decía el papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de aquellos que se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (cf. Exort. ap. Evangelii gaudium , 1).  Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a la necesidad y a la acogida de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles.

 

San Pablo recuerda que “toda la humanidad” está llamada a ser comunidad de “muchos hermanos”, para recibir el “perdón de Dios” y alcanzar la gloria de la Resurrección. La verdadera vocación del hombre es conformar la vida a Cristo; el destino último y definitivo de la persona es la unión con Cristo. “A los que aman todo les sirve para bien”.  Que así sea con la Gracia de Dios.

18 de julio de 2026

Re: "... el justo debe ser humano"



El sáb, 18 jul 2026 a las 10:07, jesus diaz (<jesus.diaz@manyanet.org>) escribió:

XVI TO –A- Sab 12, 12.16-19 / Rom  8, 26-27 / Mt 13, 24-43

Escuchamos hoy una nueva parábola. La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo remite al concepto de “división”. Todos sabemos que el demonio es un “sembrador de cizaña”, aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos. Los servidores quisieran quitar inmediatamente la hierba mala, pero el dueño lo impide con esta motivación: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo” (Mt 13, 29). Cizaña y trigo podrían confundirse.

La enseñanza de la parábola es doble. En primer lugar:  el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Es curioso, el maligno va de noche a sembrar la cizaña, en la oscuridad, en la confusión; él va donde no hay luz para sembrar la cizaña. Este enemigo es astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.

Y, en segundo lugar: la contraposición entre la impaciencia de los servidores y la paciente espera del propietario del campo, que representa a Dios. Nosotros a veces tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos... No olvidemos la oración del soberbio: “Oh Dios, te doy gracias porque yo soy bueno, no soy como los demás hombres, malos...” (cf. Lc 18, 11-12). Dios, en cambio, sabe esperar. Él mira el “campo” de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios, nuestro Dios, es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.

La actitud del propietario es la actitud de la esperanza fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y es gracias a esta paciente esperanza de Dios que la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final puede llegar a ser buen trigo. Pero, también es verdad, que la paciencia evangélica no es indiferencia al mal; no se puede crear confusión entre bien y mal. Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios; el mal será quitado y eliminado en el tiempo de la cosecha, tiempo del juicio. Al final todos seremos juzgados con la misma medida con la cual hemos juzgado: la misericordia que hemos usado hacia los demás será usada también con nosotros

El libro de la Sabiduría nos dice que Dios juzga con justicia y también con compasión e indulgencia, nunca caprichosamente. Obrando así, nos enseña a nosotros que el justo debe ser humano, comprensivo y benevolente cuando juzga a los demás... y nos da la esperanza de que, en el pecado, hay siempre lugar para el perdón si nos arrepentimos de corazón. No podemos olvidar que somos humanos, por ahí hay, tantas veces, que empezar. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

 

4 de julio de 2026

"Venid a mi..."

XIV TO-A- Zac 9, 9-10 / Rom 8, 9.11-13 / Mt 11,25-30

. “Venid a mi”: una invitación directa, personal. No “venid” a mi doctrina, a mis enseñanzas, a mi ley… “Venid a mí”, a mi persona, a mi ser, a estar junto a mí, conmigo. Es el “encuentro con Cristo”, fruto de una relación de amor no solo de estrategias, esfuerzos personales, técnicas…  se trata de estar, caminar juntos, de sostenernos “desde dentro” de nosotros mismos, desde allí donde el amor se hace Presencia, encuentro, luz……

 

La invitación de Jesús toca el fondo del corazón humano que “busca serenidad, paz, descanso” en medio de las circunstancias de la vida. Es necesario aprender a vivir y vivir desde la humildad; dejar de apoyarnos únicamente en nuestras fuerzas y acogernos a la misericordia de Dios. Somos amados, por eso “descansamos en Él”.

 

No hay vida sin dificultades, conflictos, peligros, miedos, sufrimientos. Jesús mismo vivió la incomprensión y la Cruz. Pero, en todo, estamos invitados a vivir la serenidad y la paz interior que brota de la comunión con Dios; es la serenidad de quien sabe que la vida está sostenida por las manos del Padre y habitada por su Espíritu. El Señor no elimina mágicamente todas las dificultades de la vida; lo que hace es transformar el corazón de quien confía en Él…

 

En la unión con Jesús se descubre que la verdadera paz no depende de que todo salga bien sino de saberse acompañado en todo momento. El descanso del alma es la experiencia de descanso en Dios, confiando en que nada ni nadie puede separarnos de su amor.  En Él el corazón encuentra una morada firme donde permanecer en medio de la tormenta, la necesidad de control se convierte poco a poco en abandono filial.

 

Jesús nos hace también una invitación: “Tomad mi yugo”; el «yugo» del Señor “llevadero y su carga ligera” consiste en cargar con el peso de los demás con amor fraternal. Una vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados a su vez a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro.

 

San Pablo nos recuerda que el Espíritu de Dios habita en nosotros; la vida cristina no es solo un esforzarse más o cumplir unas normas, es, ante todo, una transformación interior. La prioridad del Espíritu, frente a las apetencias de la “carne” (que en Pablo no designa al cuerpo humano sino a las tendencias que nos alejan de Dios), es camino de santidad y salvación. La cuestión es dar entrada en nuestra vida (cuerpo, alma) al Espíritu que es de Cristo y de Dios. Sólo la Presencia de Jesucristo en la vida justifica; sólo la presencia de quien es Bueno nos hace buenos...  Tenemos la ocasión de aceptar la sombra refrescante que el propio Jesús nos ofrece, “descansando confiadamente en el Él”. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

13 de junio de 2026

"Curad enfermos, limpiad leprosos... gratis habéis recibido, dad gratis".

XI DOMINGO TO -A- Ex 19,2-6a / Rom 5, 6-11 / Mt 9, 36-10, 8-

 

El evangelio que hemos escuchado hoy inicia el Discurso Apostólico de Jesús, segundo de los cinco grandes discursos del evangelio de Mateo.  Es un verdadero esbozo de lo que significa y es la misión. Subrayo dos puntos:

 

. La misión nace de la compasión, que es percibir al otro realmente en su situación; de la escucha auténtica y piadosa que lleva a conmoverse interiormente, a sentir con la persona que habla y a “mirar con los ojos de Dios”. La primera lectura nos muestra cómo Dios “ha visto” la “aflicción de su pueblo” y se acerca a los israelitas para llevarlos “sobre alas de águila” y hacerles “una nación santa”. Es necesario mirar al interior, con los ojos dulces y compasivos de Jesús; solo así se descubre la miseria, el vacío, la desilusión..., grandeza, belleza, profundidad... que anida en el corazón del hombre.

 

. Recuerdo las palabras del Papa en centro penitenciario Brians 1:

“Aunque el agobio y la tristeza marquen algunos momentos de vuestro camino, recordad que los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. San Agustín, en sus Confesiones, nos comparte su itinerario vital y nos habla de ello; si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones.

Hagamos espacio al Señor en nuestro corazón y busquemos su rostro. Dejémonos acompañar por su amor. Aferrémonos a Él, que nos invita continuamente a la esperanza y nos muestra un horizonte maravilloso que ninguna barrera física puede impedirnos alcanzar. Hoy, Él continúa hablándonos en lo profundo de nuestras conciencias para hacernos descubrir que tiene su morada en medio de nosotros. Sólo espera que le demos una oportunidad.

Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar”.

Y en Montjuic:

… estas noches —que acompañan nuestra vida, el camino de la fe y la historia en la que vivimos— son un lugar de bendición, un espacio para renacer, un vientre que siempre alumbra vida nueva. Estas noches nos despojan y nos devuelven a lo esencial; nos quitan las máscaras humanas y religiosas que usamos de día, para que no nos reconozcan o para dar una imagen de nosotros diferente de lo que somos; nos dejan al descubierto, en nuestras luces y en nuestras sombras, devolviéndonos a la humildad de sabernos mirar en la verdad, más allá de la presunción de pensar que nuestro camino ya esté cumplido y que avancemos como si tuviéramos una luz clara sobre todo, sobre todos e incluso sobre Dios.

. La misión es un servicio gratuito. Se trata de dar gratis lo que gratuitamente se ha recibido de Dios. La Buena Noticia de la Salvación de Dios para el hombre no se tasa ni se vende; nadie queda excluido de la pertenencia al Reino. Nos ha dicho san Pablo que “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. De enemigos hemos pasado a ser amigos, de amigos a hijos y todo porque Dios ama al hombre.  ¿Pruebas? No existe mayor prueba de amor que dar la vida por el otro...

 

El papa León XIV en el templo de La Sagrada Familia:

 

“No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su

imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una

carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra

gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto

de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama. Puesto que somos

templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que

Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a

colaborar con Él (cf. 1 Co 3,9)”.

6 de junio de 2026

"Alzad la mirada"...

2026. CORPUS -A-  Dt 8, 2-3.14b-16a / 1 Cor 10, 16-17 / Jn 6, 51-59

 

El libro de la Didajé (“Doctrina”-“Enseñanza”), escrito probablemente a finales del siglo I contiene un bello texto sobre la Eucaristía: “Como este pan partido estaba disperso por las montañas y, amasado, es uno, que sea reunida tu Iglesia, desde las extremidades de la tierra, en tu Reino”. La imagen de los granos dispersos por las colinas que se reúnen en un único pan nos introduce en el sentido de esta fiesta: el Señor nos invita a la Eucaristía en el domingo, día primero de la semana en el que recordamos la Resurrección.

 

Venimos, desde diferentes lugares, por nosotros mismos, con toda nuestra vida..., nos reunimos como comunidad. Nos saludamos. Somos acogidos en el amor, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Purificamos confiadamente nuestro corazón..., nos dejamos configurar e interpelar por la Palabra; desde lo hondo del corazón, de nuestro ser y de nuestra experiencia ofrecemos lo que somos y tenemos; acogemos a Jesús que se entrega realmente; nos reconciliamos entre nosotros, compartimos la misma mesa... damos gracias a Dios y somos enviados para llevar la paz al mundo... La Eucaristía es presencia de Jesús:

 

. como PALABRA que nos llama. Sin esta invitación que resuena en nuestra vida, sin la promesa del Reino...el signo del pan y del vino queda “vacío”;

 

. como PAN (Cuerpo de Cristo):la Eucaristía es comunión, presencia de Cristo en nosotros. La unión con Cristo y la unión con los hermanos forman dos aspectos de un único misterio. La verdadera comunión se fundamenta en Cristo que se da como alimento para todos, pero Cristo solo puede revelarse plenamente donde, como dice Pablo, une a todos los hermanos en un solo cuerpo. Decía Gandhi: «Si Dios se encarnara hoy, lo haría en forma de pan» para dejarse comer, para saciar todas las hambres.  Es lo que hizo Jesús. Por eso, unida a la fiesta del Corpus, está siempre la acción de Cáritas a favor de los más necesitados.

 

. como SANGRE (sacrificio): la Eucaristía es presencia de Cristo que se entrega por los hombres. Beber su cáliz significa introducirnos en su sacrificio, hacer que nuestra vida sea ofrenda por los otros. La unidad cristiana se arraiga en el sacrificio de Cristo por los otros por ello recibir la Eucaristía significa convertirnos en vida entregada. Escribía Madre Teresa: “Celebren bien la Eucaristía... Si yo me dedico a los más marginados y los atiendo es porque acabo de comulgar. Al mismo Cristo que he recibido... es al que veo en el prójimo...”;

 

. como VIVENCIA DEL ESPÍRITU que consagra (el mismo espíritu de Jesús “hace” que el pan y el vino se conviertan en signo y principio de unidad entre nosotros, los creyentes).  Bebemos de un solo cáliz, comemos de un solo pan y, por la vida recibida, formamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Es mucho más que una hermandad de raza, de pueblo, de amistad e incluso de sangre humana: es la hermandad vital de los que viven de la misma vida en el mismo cuerpo, alimentados por la misma carne y la misma sangre. Una hermandad que pide comunión y solidaridad sin fisuras, en todo y para todos.

 

Con el santo Padre león XIV que desde hoy nos visita, “Alcemos la Mirada” hacia Cristo, presente en la Eucaristía, en la Cruz, en los hermanos, especialmente los que sufren y “alimentemos” nuestro espíritu con su Presencia sacramental, real, en la Palabra, en la Comunión, en los Sacramentos… en la vida de cada día: “El que come mi pan vivirá para siempre”.  Que así sea con la Gracia de Dios.

31 de mayo de 2026

"... para que el mundo se salve por Él".


P. Jesús Higueras:

 

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio más profundo de la fe cristiana: la intimidad misma de Dios. Y quizá lo primero que descubrimos al asomarnos a ese misterio es algo que rompe muchas imágenes falsas que el ser humano ha proyectado sobre Él. Dios no es un ser solitario, aislado en una eternidad vacía, que crea el mundo por necesidad, aburrimiento o simple deseo de compañía. En el corazón de Dios ya existe desde siempre una plenitud absoluta de vida y de amor.

 

Cuando pronunciamos los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo, no estamos usando símbolos poéticos ni metáforas lejanas. Estamos confesando que Dios es comunión. En Él existen relaciones reales y eternas de conocimiento y de amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo vive vuelto hacia el Padre y el Espíritu Santo es el vínculo vivo de ese amor infinito. Dios no es soledad: Dios es familia, encuentro, donación mutua.

Por eso el cristianismo no cree en una divinidad fría o impersonal. El Dios revelado por Jesucristo conoce, ama, habla, escucha y se entrega. Esa es su identidad más profunda. La Trinidad nos enseña que el amor no es algo que Dios hace de vez en cuando; el amor es lo que Dios es eternamente. Toda la creación nace precisamente de esa sobreabundancia de amor que existe en su interior.

 

Y aquí aparece una consecuencia decisiva para nuestra propia vida. El libro del Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si Dios fuera un ser cerrado sobre sí mismo, entonces la plenitud humana consistiría en el individualismo, en la autosuficiencia o en vivir únicamente para uno mismo. Pero si Dios es Trinidad, entonces el ser humano solo alcanza su identidad cuando aprende también a vivir en relación.

 

Hemos sido creados para el encuentro. Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos salir de nosotros mismos. El egoísmo puede proporcionar una satisfacción inmediata, pero termina encerrando el corazón y empobreciendo la existencia. En cambio, quien vive pensando en los demás, quien se entrega, quien sabe compartir su tiempo, su escucha, su paciencia y su vida, comienza a parecerse al mismo Dios.

 

La Santísima Trinidad ilumina también muchas heridas del mundo actual. Vivimos en una sociedad que, a pesar de estar hiperconectada tecnológicamente, experimenta cada vez más soledad, aislamiento y dificultad para establecer vínculos verdaderos. Muchas personas viven rodeadas de información, pero faltas de comunión. Precisamente por eso la fiesta de hoy resulta tan actual. El ser humano no está hecho para vivir encerrado en sí mismo, sino para construir relaciones verdaderas basadas en el amor y en la entrega.

Cada familia unida, cada amistad sincera, cada acto de servicio silencioso y cada reconciliación son un pequeño reflejo de la Trinidad. Allí donde alguien sale de sí mismo para amar, Dios se hace visible.

Celebrar la Santísima Trinidad no significa resolver un problema matemático sobre cómo pueden ser tres y uno al mismo tiempo. Significa contemplar que el origen último de todo cuanto existe es el amor. Y significa recordar que la plenitud del ser humano no se encuentra en poseer más, imponerse más o aislarse más, sino en aprender a amar como ama Dios: viviendo para los demás.

24 de mayo de 2026

Ven Espíritu Santo

PENTECOSTÉS

 P. Jesús Higueras:


Como conclusión del tiempo de Pascua, la solemnidad de Pentecostés nos muestra la razón última por la que el ser humano ha sido creado. El hombre no nace únicamente para sobrevivir, producir, consumir o desaparecer. Ha sido llamado a participar de la misma vida de Dios. La existencia humana queda incompleta si no es visitada, sanada y elevada por el Espíritu Santo.

 

Muchas veces reducimos la vida a sus dimensiones más inmediatas: el trabajo, las emociones, los éxitos, los fracasos o incluso los afectos. Pero el corazón humano siempre experimenta una especie de desconcierto interior. Nada de este mundo termina de saciarle del todo. Incluso en los momentos de mayor felicidad permanece una sed más profunda, una espera que ninguna realidad creada puede llenar completamente. Y eso sucede porque el hombre ha sido hecho para algo más grande que sí mismo.

 

Pentecostés anuncia precisamente esa plenitud. Dios no abandona a la humanidad a sus propias fuerzas. No nos deja encerrados en nuestros límites, en nuestras heridas o contradicciones. Envía su Espíritu para habitar dentro del hombre y conducirlo hacia su verdadera realización.

 

El Espíritu Santo no es una energía o una fuerza que brota de Dios, ni una especie de impulso religioso interior. El Espíritu Santo es Dios mismo. Y Dios no puede separarse de su amor, porque Dios es amor. No tiene el amor como algo añadido a su ser, sino que su misma esencia consiste en amar eternamente.

 

Por eso, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles no llega simplemente como una ayuda exterior o un fortalecimiento psicológico. Lo que sucede es algo infinitamente más grande: Dios mismo viene a habitar en el interior del hombre. El cristianismo no consiste solo en admirar a Dios desde lejos, sino en recibir su vida dentro de nosotros.

Los santos hablaban del Espíritu Santo como el «huésped del alma». La expresión es bellísima. Dios entra en la intimidad del ser humano sin destruirlo, sin anular su personalidad, sin borrar su libertad. Al contrario: cuanto más presente está Dios en una persona, más plenamente humana se vuelve. El pecado desfigura al hombre; el amor de Dios lo reconstruye desde dentro.

Pentecostés es la fiesta de la humanidad elevada. Los apóstoles, encerrados por miedo, salen ahora llenos de fortaleza. Los que estaban paralizados comienzan a anunciar el Evangelio sin temor. No porque hayan adquirido una capacidad simplemente humana, sino porque el mismo Dios vive en ellos.

 

También hoy nuestra sociedad padece un profundo cansancio espiritual. Tenemos medios materiales e intelectuales para casi todo. Gozamos de un bienestar como pocas veces se ha visto es la historia, pero no sabemos muchas veces para qué vivimos. Y el hombre que pierde el sentido de su destino termina empequeñeciendo su propia existencia.

 Pentecostés recuerda que hemos sido creados para mucho más que una vida cerrada sobre nosotros mismos. Hemos sido creados para ser transformados por el amor de Dios, para participar de su vida y alcanzar así la plenitud para la que fuimos llamados desde el principio.

16 de mayo de 2026

"¿Qué hacéis mirando el cielo?"

ASCENSIÓN - Hch 1,1-11/Ef 1, 17-23/Mt 28, 16-20

 

Terminaba la homilía el domingo pasado recordando las palabras de Jesús “No os dejaré huérfanos”. Hoy retomamos la misma idea expresada en la frase final del evangelio: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Jesús permanece vivo en medio de nosotros, en el corazón de la historia; no es “solo” un personaje del pasado que, con su ejemplo y doctrina, puede aportarnos luz sobre el momento presente; es “Alguien” vivo, cuyo Espíritu nos hace vivir, caminar, soñar con esperanza. Por eso Mateo no nos ha dejado relato alguno sobre la ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en nuestro corazón estas últimas palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el Resucitado como compañero único de existencia y es también el fundamento de la pervivencia de la Iglesia.

 

Día a día, Él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a nuestra vida. Él está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. Él infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor, la energía suprema que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. Él nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad capaz de ofrecernos medios prodigiosos de vida, sin poder decirnos para qué hemos de vivir. Él nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que nos puede hacer verdaderamente felices. En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento.

La Ascensión es para el creyente una llamada a “seguir esperando”, a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. Naturalmente este “seguir esperando” -paciencia- no consiste en “dimitir” ante la vida. La resignación, como falta de esperanza, nunca fue cristiana. Por el contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Lo que es cierto es que se opone a la prisa, ansiedad que nos hace vivir inquietos, agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.

 

Escribía León Felipe unos versos llenos de fe y de verdad: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios”. El cielo y la tierra se encuentran en nuestra vida, en el puesto que Dios nos tiene asignado, en nuestra tarea.  Y esta tarea es, sobre todo, evangelizar (“¡bautizad!, ¡enseñad!”). Basta la pasión por Dios y por las cosas de su Reino. “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”.  Desde la Ascensión la obra de la salvación está también en nuestras manos. Que así sea con la Gracia de Dios.

1 de mayo de 2026

"Yo soy el camino, la verdad y la vida"

V Domingo de Pascua - A - Hch 6,1-7 - 1 Pe 2,4-9 - Jn 14, 1-12

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve y trata de animarlos: “Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

 

“Yo soy el camino”. Sabemos que el camino es para andar y llegar a una meta, sin embargo, el problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados, viven perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento. Quien e acerca a Jesús encuentra una Persona, un camino que te lleva hacia el Padre. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús. Él es el camino que nos lleva a Dios como Padre.

 

“Yo soy la verdad”. La verdad es para experimentarla como bondad, como amor, encuentro, frente a la mentira, que engendra división e infelicidad. En el mundo bíblico la verdad (emet) no es una idea, sino una realidad que se hace, se realiza, se lleva a la práctica. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

 

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.  Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.

Camino, verdad y vida, pues, son cosas concretas que se viven, que se hacen, que se experimentan. Estas son cosas que todos buscamos en nuestra historia: queremos caminos que nos lleven a la felicidad; amamos la verdad, porque la mentira es la negación del ser y de lo bueno; queremos vivir, no morir, vivir siempre, eternamente. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

Cuando Jesús es el centro podemos vivir con serenidad, abrirnos sin miedo a los demás, como nos narra la primera lectura. Acercarse a Jesús, el Señor que ha muerto por nosotros y ha resucitado para darnos la vida, significa que todos podemos gozar de las prerrogativas de lo más santo y sagrado. Por eso nace un nuevo pueblo, una nueva comunidad santa y sacerdotal que entraña una plenitud espiritual. Que así sea con la Gracia de Dios.

25 de abril de 2026

"Yo soy el Buen Pastor..."

IV DOMINGO DE PASCUA-A- Hch 2, 14ª. 22-33 / 1 Pe 1,17-21 / Lc 24,13-35 

Semana de la Familia-La Iglesia es familia de familias, comunidad; la escuela como una prolongación del hogar. En este contexto la Palabra hoy nos recuerda:

1. El Buen Pastor -Cristo- va “llamando por su nombre a las ovejas”. Es hermoso pensar que Jesús no se ocupa de un rebaño, de una masa... sino de cada una de las ovejas. Para Él, tú y yo somos únicos, no una pieza sin nombre que puede ser substituida por otra. Nadie hay como tú o como yo... nos quiere, nos conoce personalmente y por eso me llama a crear y producir una nota original en el concierto del universo. Si no soy yo mismo privo al universo, a la Iglesia comunidad de algo que solo yo estoy en condiciones de aportar. Si no vivo en plenitud, dejo que falte “mi nota” que es insubstituible. Mi “nombre” es mi profundidad espiritual, esencia...

. El P. Manyanet decía que los educadores-as han de ser “padres y maestros” y, como tales “han de conocer por su nombre a cada uno de sus alumnos, atender particularmente a las características y necesidades de cada uno, tener presente que enseñan más con la vida que con las palabras y recordar que, como María y José, están realizando piezas únicas, no una producción en serie.

2. Además el Buen Pastor es la Puerta, el camino Justo para llegar a Dios y a los hermanos, para vivir en Dios y dar la vida por los otros. Entrar por la puerta es identificarse con Cristo, empaparse de sus sentimientos y actitudes, vivir los valores del Evangelio. el Buen Pastor “camina delante de las ovejas”: así hizo Jesús; no se quedó en la retaguardia, fue delante, dando ejemplo (“Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies...”). Por eso siguiendo sus pasos (su voz que es de fiar) vamos tranquilos y seguros: “El Señor es mi pastor, nada me falta...... me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas. Nada temo porque tú vas conmigo...”. Santa Teresa oraba: “Nada te turbe, nada te espante... quien a Dios tiene nada la falta; solo Dios basta”.

. Padres y madres, profesores… caminan junto a los hijos, a los alumnos… les ofrecen su ejemplo, sus conocimientos, sus experiencias; les ayudan a salir de sí mismos, a entender la vida como entrega, servicio; con generosidad y confianza. Nos enseñan a ser “puertas abiertas” para los demás como ellos lo son para nosotros; a dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza, a generar vida.

 

3. El Buen Pastor ha venido “para que tengan vida y vida en abundancia”: para que rebosemos de vida, de amor, de ideales..., vivamos abundantemente, desde la ilusión y la esperanza que no defrauda.  Nos da vida y vida plena, abundante, eterna… es nuestro presente y nuestro futuro. No nos dejemos robar la alegría y la paz que Él nos ha dado; no nos encerremos en los problemas o en la apatía. Dejémonos acompañar por nuestro Pastor; con Él, nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades cristianas resplandezcan de vida nueva

 

. Este domingo se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El papa León en su Mensaje nos recuerda a todos: 

. La necesidad de volver al "cuidado de la interioridad": "Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con Él". Oración y silencio; acoger y vivir. Escucha de la Palabra, vida sacramental, entrega a los hermanos...

. La confianza: "La vida se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros".

. La madurez: "La vocación no es una meta estática sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor". 

Que Jesús, Buen Pastor, nos lleve de la mano para vivir una vida plena. Que así sea con la Gracia de Dios. 

17 de abril de 2026

Re: "Es verdad: ha resucitado el Señor"



El vie, 17 abr 2026 a las 10:50, jesus diaz (<jesus.diaz@manyanet.org>) escribió:

III DOMINGO DE PASCUA -A- Hech 2,14.22-28 / 1 Pe 1,17-21 / Lc 24,13-35

 

El encuentro con Jesús Resucitado cambió la vida de aquellos dos discípulos de Emaús (aldea cercana a Jerusalén). Se habían marchado de la comunidad. Caminaban tristes, con los ojos cerrados, sin esperanza ni ilusión. Y ahora, tras reconocerle en la fracción del pan, se les abren los ojos, su corazón se llena de esperanza y corren llenos de alegría hacia la comunidad, a dar testimonio de su experiencia. Y se encontraron con una comunidad que celebra la buena noticia: “Es verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido”.

 

Es también admirable lo que le sucedió a Pedro. Por miedo a ser detenido había negado a Jesús, días antes. Pero su cobardía se transforma en un valiente testimonio ante todo el pueblo, como hemos leído en los Hechos: “Os hablo de Jesús...vosotros los matasteis, pero Dios lo resucitó venciendo las ataduras de la muerte”. La Presencia y el anuncio de Jesús Resucitado es la razón, el fundamento de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestro anuncio. Nos lo ha dicho Pedro: “Por Cristo, vosotros creéis en Dios...y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.

 

Hermanos: debemos vivir como personas de esperanza, comunicar a todos, sin miedo, la vida y la alegría que Jesús nos ha dado.  Si somos hijos de Dios, hermanos en Jesús, eso deberá cambiar nuestra vida y llenarla de sentido. Nosotros, que no hemos conocido “personalmente” a Jesús, podemos experimentar el encuentro con El:

 

. En la comunidad reunida. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Los discípulos de Emaús volvieron y encontraron a la comunidad reunida. Los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía y aquí se hace presente el Señor Resucitado;

 

. En la Palabra que se nos proclama y que acogemos, meditamos, estudiamos…Cristo nos habla y se nos da como luz, guía, orientación...;

 

. En la fracción del pan. “Y contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan”. El Señor se nos da como alimento de Vida en ese Pan y ese Vino que ofrecemos en cada Eucaristía y que son su misma Persona.

 

. Encender una luz en la oscuridad, vencer el miedo y el desánimo, vivir sin rendirnos jamás, mantener viva la esperanza… Jesús nos acompaña en el camino, se hace el encontradizo, nos recuerda una lección permanente: la Luz pasa por la cruz, la Luz ilumina las cruces y las oscuridades, la Luz nos permite reconocer al otro en sus palabras, en sus gestos…  la Luz se manifiesta también en la comunidad que celebra, parte y comparte la Palabra y el Pan y esto es la Iglesia, somos nosotros.

 

. Cuando vivimos la experiencia de encuentro con el Señor u otra experiencia positiva de encuentro con las personas esto siempre nos anima, sentimos una mirada nueva sobre la realidad, el mundo, el futuro.  Por eso es tan importante el encuentro fraterno que nos abre a nuevos horizontes de vida. Pidamos al Señor que “nuestra fe y nuestra esperanza estén siempre puestas en Dios” y el don de reconocerlo y anunciarlo los hermanos.   Que así sea con la Gracia de Dios.

10 de abril de 2026

"Señor mío y Dios mío"

II DOMINGO PASCUA -A- Hech 2,42-47/1 pe 1,3-9/Jn 20,19-31

  

“El día primero de la semana entró Jesús y se puso en medio de ellos”. Es el día del Señor, en el que desde hace dos mil años la comunidad cristiana se va reuniendo para celebrar la Eucaristía, para participar de la mesa de la Palabra y el Pan. Es el día en el que experimentamos de una manera más intensa la presencia del Resucitado, esa presencia que ha de llenarnos de alegría y esperanza, como animó y cambió la vida a los primeros discípulos.

 

Al celebrar la Pascua del Señor no solo recordamos la resurrección, sino que está presente en la comunidad reunida, en la Palabra proclamada y particularmente en ese Pan y ese Vino que él mismo ha querido darnos como alimento para el camino. Por eso el domingo es el día del Señor y “nuestro día”, el de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de la comunidad. El día de la “misericordia”.

 

 En el libro de los Hechos -escucharemos en Pascua- se nos ha descrito cómo era la primera comunidad:

 

. Es una comunidad de creyentes. “Creemos que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios”, escuchamos en el Evangelio. Y aunque “no hemos visto personalmente a Jesucristo, lo amamos; no le vemos, pero creemos firmemente en El”, como dice Pedro. Todo esto lo tenemos en común, es nuestra fe.

 

. Es una comunidad sacramental. La fe en Cristo se expresa y aumenta en los sacramentos. En el bautismo “por el que nacemos de nuevo” y por el que somos agregados a la Iglesia. En la Reconciliación, que Jesús encargó a su Iglesia y muestra su misericordia infinita. Y en la Eucaristía, memorial de su Pasión y Resurrección.

 

. Es una comunidad fraterna y misionera. La fe se hace vida en la búsqueda de caminos de unidad y de compartir. Esto hace creíble el testimonio en medio de la sociedad; gracias a ese ejemplo el “Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Estamos llamados a construir fraternidad; somos “discípulos-misioneros” que llevan la alegría de la Pascua a las propias familias y ambientes.

 

Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Tenían sus problemas, no eran “perfectos”, pero habían recibido misericordia y vivían con misericordia; eran  “una sola alma y un solo corazón” y esta unidad la mantenían y cuidaban mediante la escucha de la Palabra, la celebración de la fracción del Pan, la acción caritativa. No es ideología, es cristianismo. Hoy, “el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo”. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil: “Señor mío y Dios mío”. Sólo así construiremos un mundo nuevo. Que así sea con la Gracia de Dios.

21 de marzo de 2026

"Yo soy la Resurrección y la Vida..."

V DOMINGO DE CUARESMA- Ez 37, 12-14/Rom 8, 8-11/ Jn 11, 1-45 -II

 

Hoy descubrimos, en el signo de la resurrección de Lázaro, que él, Jesús,  "es la Vida". Ya la lectura de Ezequiel nos introduce en el tema: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir, pueblo mío y os traerá a la tierra de Israel". Palabras dirigidas a los desterrados de Babilonia que significan un anuncio esperanzador de reconstrucción de la libertad. El pueblo poco a poco va entendiendo que "Dios no es un Dios d muertos sino de vivos", capaz de vencer a la muerte y de conducir al hombre, por la fuerza del amor, a la superación del dolor, la esclavitud, el temor....

 

Es la idea que nos transmite hoy el evangelio de Juan.  Una escena llena de emoción, humanidad, cercanía...Jesús, ante sus amigos, comparte el dolor. Impresionan siempre las lágrimas de un hombre o una mujer. Impresionan las lágrimas del Hijo del hombre. Más de una vez lloró Jesús: de compasión, de pena, de dolor; él, que había venido a enjugar nuestras lágrimas... es capaz de hacerlo precisamente porque ha sabido llorar.  Jesús tenía que experimentar nuestras dolencias, para poder ser compasivo. "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15).

 

Nadie nos puede decir: si creéis en la resurrección de los muertos y en la vida futura, ¿por qué os afligís tanto por la muerte de un ser querido?, ¿dónde está vuestra fe y vuestra esperanza? No. La esperanza del futuro ilumina la realidad presente, pero no la destruye. Es como el que, ante el nacimiento de un niño, no se alegrara, porque algún día tendrá que morir. Todo tiene que ser vivido, y con intensidad. En todas las muertes y desgracias, Jesús llora con nosotros; es compasivo y misericordioso. Esta es su primera respuesta ante el dolor y la muerte: la compasión y las lágrimas. Esta es su primera medicina. Aunque no hiciera otra cosa, ya es una buena noticia el decirnos que Dios también llora, que Dios es aquel que llora por la muerte de un amigo, que Dios es aquel que llora siempre con nosotros.

 

Al mismo tiempo Jesús nos dice: "Sal fuera", "Sal del sepulcro", "Sal de ti", "Deja de atarte pies y manos con tus propias vendas" (mediocridad, rutina, miedo, pesimismo, muerte espiritual...), invitándonos a experimentar esa vida nueva que él nos ofrece, a vivir a fondo nuestro bautismo amando con el amor que él nos ama, a no perder la ilusión por la vida, la confianza en las personas, mirada en el futuro.... Lo hacemos desde la certeza de la fe que nos recuerda que la muerte no es la meta, el fin; aunque inevitable, es un tránsito hacia la salvación que es la vida eterna que empieza ya aquí. Lo único que puede vencer a la muerte es el amor. La vida espera de nosotros una actitud positiva, de lucha y esperanza...Nos afligimos, clatro que sí, pero no como quienes no tienen esperanza. ¡El hombre es un ser para la vida! Desde la venida de Cristo hemos quedado libres, no del mal de sufrir, sino del mal de hacerlo inútilmente.

 

Pablo nos llama a vivir no según la carne (criterios del mundo y el egoísmo-individualismo que lleva a la muerte) sino según el Espíritu (según Dios). Por eso, frente a todos aquellos hechos (violencia, terrorismo, abusos, maltratos...) que parecen obedecer a una cultura de la muerte o a una insensibilidad moral frente a la dignidad de toda vida humana..., los creyentes en la Vida debemos trabajar y defender la vida en todos sus momentos y situaciones. Que así sea con la Gracia de Dios.

14 de marzo de 2026

"... ahora sois luz".

IV DOMINGO DE CUARESMA -A- 1 Sm 16,1b.6-7.10-13a/Ef 5,8-14/Jn 9,1-41

 

. Ciego de nacimiento. La gente le mira como un pecador castigado por Dios; los discípulos se preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres… pero Jesús le mira de un modo diferente. Mira el interior, el corazón.  Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de la vida que lleva, del rechazo que sufre por parte de todos. La misión de Jesús es dar Luz, acoger, liberar, curar precisamente a quienes viven despreciados y humillados; devolver la conciencia de la propia dignidad, del propio valor manifestándole su amor.

 

. En torno a la escena  están magistralmente descritas otras actitudes ante el hecho de la luz: los que son meros espectadores que no comprenden el significado del signo  ni cambian en su vida; los que tienen miedo a las consecuencias de ver la luz que exige vivir de otra manera, los padres del ciego que no quieren problemas, los que se quedan en meras y estériles discusiones teológicas sobre el origen del mal, olvidando la responsabilidad y las respuestas frente a ese mal… quizás nos vernos  reflejados en alguna de estas  actitudes pero, podemos también,   como el ciego, abrirnos a la Presencia de Dios  que viene a nuestro encuentro en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida;  tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.

 

. ¿Qué significa tener la verdadera luz, caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría del prejuicio contra los demás, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de rechazo contra quienes juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelo.  Significa no dejarse guiar por la seductora y ambigua luz, es la del interés personal: si valoramos hombres y cosas en base al criterio de nuestra utilidad, de nuestro placer, de nuestro prestigio, no somos fieles a la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si vamos por este camino del buscar solo el interés personal, caminamos en las sombras. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, si el «misterio de la luna», porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el «misterio de la luna»: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor.

 

. Nos ha recordado San Pablo que quienes "hemos recibido el bautismo hemos  pasado de las tinieblas a la luz ("erais tinieblas, ahora sois luz") y debemos  practicar las obras de la luz (bondad y la justicia) buscando siempre agradar al Señor permaneciendo en la unidad del cuerpo de Cristo.  Las tinieblas son estériles.  "Busquemos lo que nos hace ver (verdad, misericordia…); rechacemos lo que nos ciega (prejuicios, pecado…). Miremos más al corazón de las personas; a los ojos del que sufre antes que al manual de instrucciones.... No seamos ciegos voluntarios. Vamos a encender la luz sin temor. Pidamos la Luz. Seamos luz. Que así sea con la Gracia de Dios. La humildad de quien se sabe necesitado de luz… de ahí nace la fe…

 

Solo la fe nos hace capaces de ver realmente: Gerardo Diego escribía:

"Están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver;

por la oscuridad del mundo voy como un ciego que ve.

Tú que diste vida al ciego y a Nicodemo también,

Filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe.

Porque Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver,

Creo en Ti y quiero creer".

…, porque la fe,  abre a la verdad.