10 de abril de 2026

"Señor mío y Dios mío"

II DOMINGO PASCUA -A- Hech 2,42-47/1 pe 1,3-9/Jn 20,19-31

  

“El día primero de la semana entró Jesús y se puso en medio de ellos”. Es el día del Señor, en el que desde hace dos mil años la comunidad cristiana se va reuniendo para celebrar la Eucaristía, para participar de la mesa de la Palabra y el Pan. Es el día en el que experimentamos de una manera más intensa la presencia del Resucitado, esa presencia que ha de llenarnos de alegría y esperanza, como animó y cambió la vida a los primeros discípulos.

 

Al celebrar la Pascua del Señor no solo recordamos la resurrección, sino que está presente en la comunidad reunida, en la Palabra proclamada y particularmente en ese Pan y ese Vino que él mismo ha querido darnos como alimento para el camino. Por eso el domingo es el día del Señor y “nuestro día”, el de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de la comunidad. El día de la “misericordia”.

 

 En el libro de los Hechos -escucharemos en Pascua- se nos ha descrito cómo era la primera comunidad:

 

. Es una comunidad de creyentes. “Creemos que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios”, escuchamos en el Evangelio. Y aunque “no hemos visto personalmente a Jesucristo, lo amamos; no le vemos, pero creemos firmemente en El”, como dice Pedro. Todo esto lo tenemos en común, es nuestra fe.

 

. Es una comunidad sacramental. La fe en Cristo se expresa y aumenta en los sacramentos. En el bautismo “por el que nacemos de nuevo” y por el que somos agregados a la Iglesia. En la Reconciliación, que Jesús encargó a su Iglesia y muestra su misericordia infinita. Y en la Eucaristía, memorial de su Pasión y Resurrección.

 

. Es una comunidad fraterna y misionera. La fe se hace vida en la búsqueda de caminos de unidad y de compartir. Esto hace creíble el testimonio en medio de la sociedad; gracias a ese ejemplo el “Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Estamos llamados a construir fraternidad; somos “discípulos-misioneros” que llevan la alegría de la Pascua a las propias familias y ambientes.

 

Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Tenían sus problemas, no eran “perfectos”, pero habían recibido misericordia y vivían con misericordia; eran  “una sola alma y un solo corazón” y esta unidad la mantenían y cuidaban mediante la escucha de la Palabra, la celebración de la fracción del Pan, la acción caritativa. No es ideología, es cristianismo. Hoy, “el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo”. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil: “Señor mío y Dios mío”. Sólo así construiremos un mundo nuevo. Que así sea con la Gracia de Dios.

21 de marzo de 2026

"Yo soy la Resurrección y la Vida..."

V DOMINGO DE CUARESMA- Ez 37, 12-14/Rom 8, 8-11/ Jn 11, 1-45 -II

 

Hoy descubrimos, en el signo de la resurrección de Lázaro, que él, Jesús,  "es la Vida". Ya la lectura de Ezequiel nos introduce en el tema: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir, pueblo mío y os traerá a la tierra de Israel". Palabras dirigidas a los desterrados de Babilonia que significan un anuncio esperanzador de reconstrucción de la libertad. El pueblo poco a poco va entendiendo que "Dios no es un Dios d muertos sino de vivos", capaz de vencer a la muerte y de conducir al hombre, por la fuerza del amor, a la superación del dolor, la esclavitud, el temor....

 

Es la idea que nos transmite hoy el evangelio de Juan.  Una escena llena de emoción, humanidad, cercanía...Jesús, ante sus amigos, comparte el dolor. Impresionan siempre las lágrimas de un hombre o una mujer. Impresionan las lágrimas del Hijo del hombre. Más de una vez lloró Jesús: de compasión, de pena, de dolor; él, que había venido a enjugar nuestras lágrimas... es capaz de hacerlo precisamente porque ha sabido llorar.  Jesús tenía que experimentar nuestras dolencias, para poder ser compasivo. "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15).

 

Nadie nos puede decir: si creéis en la resurrección de los muertos y en la vida futura, ¿por qué os afligís tanto por la muerte de un ser querido?, ¿dónde está vuestra fe y vuestra esperanza? No. La esperanza del futuro ilumina la realidad presente, pero no la destruye. Es como el que, ante el nacimiento de un niño, no se alegrara, porque algún día tendrá que morir. Todo tiene que ser vivido, y con intensidad. En todas las muertes y desgracias, Jesús llora con nosotros; es compasivo y misericordioso. Esta es su primera respuesta ante el dolor y la muerte: la compasión y las lágrimas. Esta es su primera medicina. Aunque no hiciera otra cosa, ya es una buena noticia el decirnos que Dios también llora, que Dios es aquel que llora por la muerte de un amigo, que Dios es aquel que llora siempre con nosotros.

 

Al mismo tiempo Jesús nos dice: "Sal fuera", "Sal del sepulcro", "Sal de ti", "Deja de atarte pies y manos con tus propias vendas" (mediocridad, rutina, miedo, pesimismo, muerte espiritual...), invitándonos a experimentar esa vida nueva que él nos ofrece, a vivir a fondo nuestro bautismo amando con el amor que él nos ama, a no perder la ilusión por la vida, la confianza en las personas, mirada en el futuro.... Lo hacemos desde la certeza de la fe que nos recuerda que la muerte no es la meta, el fin; aunque inevitable, es un tránsito hacia la salvación que es la vida eterna que empieza ya aquí. Lo único que puede vencer a la muerte es el amor. La vida espera de nosotros una actitud positiva, de lucha y esperanza...Nos afligimos, clatro que sí, pero no como quienes no tienen esperanza. ¡El hombre es un ser para la vida! Desde la venida de Cristo hemos quedado libres, no del mal de sufrir, sino del mal de hacerlo inútilmente.

 

Pablo nos llama a vivir no según la carne (criterios del mundo y el egoísmo-individualismo que lleva a la muerte) sino según el Espíritu (según Dios). Por eso, frente a todos aquellos hechos (violencia, terrorismo, abusos, maltratos...) que parecen obedecer a una cultura de la muerte o a una insensibilidad moral frente a la dignidad de toda vida humana..., los creyentes en la Vida debemos trabajar y defender la vida en todos sus momentos y situaciones. Que así sea con la Gracia de Dios.