7 de febrero de 2026

Sal y Luz ...

P. Jesús Higueras

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente

Al decir a sus discípulos «vosotros sois la sal de la tierra», Jesús utiliza una imagen profundamente cotidiana para su tiempo: la sal. Antes de la refrigeración, la sal no servía solo para dar sabor, sino sobre todo para conservar los alimentos. Para impedir que aquello que era tan necesario para subsistir se echara a perder con el paso del tiempo. Sin la sal, la corrupción era inevitable.

 

La corrupción, en su sentido más profundo, no es solo un delito ni un escándalo público. Es la descomposición de algo valioso. Se corrompe la carne cuando pierde su integridad; se corrompe el alma cuando se aparta de la verdad; se corrompe una sociedad cuando pierde el sentido del bien. Por eso la palabra de Jesús atraviesa los siglos y llega intacta hasta hoy. Vivimos rodeados de ejemplos de corrupción: en la política, donde el poder se convierte en fin y no en servicio; en las empresas, cuando el beneficio se impone a la dignidad de la persona; incluso dentro de la Iglesia, cuando algunos olvidan que su autoridad nace del Evangelio y no de sí mismos. Nada de esto es nuevo, pero sí especialmente visible y doloroso.

 

Frente a este panorama, Jesús no propone un sistema ideológico ni una estrategia de control externo. Propone una vida. Solo la verdad, la bondad y el bien preservan al ser humano de la descomposición interior. Y esas realidades no son conceptos abstractos. Tienen un rostro. Jesucristo se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida. En Él no hay doblez, no hay cálculo, no hay corrupción. Por eso seguir a Jesús no es adherirse a una moral fría, sino acoger una hoja de ruta segura para no extraviarse y para no estropear el propio corazón.

 

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente. No transmite la fe principalmente con palabras, sino con obras: con la honradez en lo pequeño, con la fidelidad en lo oculto, con la misericordia concreta hacia el que sufre. Ahí está su fuerza.

 

Cuando el cristiano vive unido a Jesús, se convierte sin darse cuenta en antídoto contra la corrupción del alma y de la sociedad. Su vida conserva, sana y orienta. Y entonces ocurre algo más: la sal se vuelve luz. No una luz que deslumbra, sino una luz que permite ver, que ayuda a no tropezar. En un mundo que se descompone con facilidad, Cristo sigue confiando en los suyos y les transmite esta exigencia y responsabilidad: vosotros sois la sal de la tierra. La cuestión decisiva es si aceptamos vivir como tal.

31 de enero de 2026

"Felices..."

. IV DOMINGO TO -A-  Sof  2,3-3,12-13/1Cor 1,26-31/Mt 5,1-12

 

Bienaventurados- P. Jesús Higueras

Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande

Las bienaventuranzas no son un poema piadoso en el que pueden encontrar consuelo los débiles. Son el corazón mismo del Evangelio y la expresión más clara de la novedad que trae Jesucristo. Con ellas, Jesús no establece una nueva moral basada en el esfuerzo humano, sino una ley distinta, más profunda: una ley que no se funda en el cumplir, sino en el responder con amor a lo que Dios permite que acontezca en la vida de cada hombre.

 

En las bienaventuranzas no se premia al que hace mucho, sino al que se deja hacer. El punto de partida no es la acción, sino la acogida. Por eso todo comienza con la pobreza de espíritu. El pobre en el espíritu es aquel que ha comprendido que nada esencial le pertenece, que todo lo verdaderamente valioso en su vida es don del Padre. No vive reclamando, no se enfrenta a Dios con exigencias, no convierte la fe en una contabilidad de méritos. Vive desde la confianza y desde la gratitud.

 

Esta pobreza interior cambia la manera de estar en el mundo. El manso no necesita imponerse porque ya no se defiende de Dios. El que llora no se encierra en el resentimiento, sino que deja que el dolor lo abra. El que trabaja por la paz no busca vencer, sino reconciliar. Las bienaventuranzas no eliminan el sufrimiento ni el conflicto, pero los atraviesan con un sentido nuevo: todo puede convertirse en lugar de comunión cuando se vive desde Dios.

 

Jesús no promete felicidad inmediata ni éxito visible. Promete plenitud. Una plenitud que no nace del control de la vida, sino del abandono confiado. Por eso habla de hambre y sed de justicia: no como reivindicación ideológica, sino como deseo profundo de que la verdad de Dios se realice en nosotros. Esa justicia no se impone, se recibe. Y cuando es auténtica, desemboca inevitablemente en la misericordia.

 

Una misericordia que no es debilidad moral, sino la forma más alta del amor. Es mirar al otro desde la conciencia de la propia fragilidad. Solo el que sabe que vive sostenido por la paciencia de Dios puede perdonar, comprender y acompañar sin juzgar. Por eso Jesús une la misericordia a la pureza de corazón: un corazón unificado, sin doblez, que ya no utiliza a Dios para protegerse.

 

Las bienaventuranzas son, en definitiva, un programa de vida que afecta a lo más profundo del corazón humano. No se reducen a un ideal ético ni a una espiritualidad intimista. Reeducan el deseo, transforman la mirada y liberan de la obsesión por justificarse. Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande.