XIX TO – A- Rey 19, 9.11-13ª/Rom 9, 1-5/Mt 14, 22-33
. Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Con ello nos enseñan, también a nosotros, la necesidad que tenemos orar, de silencio, de ese estar “a solas” con el Padre, sabiendo que nos ama y nos cuida. Sin una vida profunda de oración, nuestra existencia será como esa barca zarandeada por las olas, alborotada por cualquier dificultad, sin raíces, sin estabilidad.
. Quien ora de verdad, va alimentando su vida de fe, va dejando que Dios “eche raíces” en él. La oración abre el corazón a Jesús, da ojos para conocerle, amarle y descubrirle en todo, incluso en medio de las dificultades, del sufrimiento y de las pruebas: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”, hemos escuchado en el evangelio. La falta de oración, en cambio, hace que se sienta a Jesús como un “fantasma”, como “alguien o algo” irreal; quien aparta su mirada de Él, termina dudando hasta perder la fe, la confianza total en su Presencia y acción.
. Quien trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado, de saberse protegido por un amor que es más fuerte que el dolor y que la muerte. Quien ora descubre la Presencia del Dios que pasa como brisa suave (Elías); la cercanía de Cristo en medio de la tempestad y experimenta la fuerza de sus palabras: “¡Ánimo! Soy yo, no temáis”. Es necesario volver a descubrir la dicha de la oración: escucha, diálogo, presencia, contemplación…. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en íntima familiaridad con Él. Sin amor no hay oración y oramos para amar.
. ¿La clave? Mantener la mirada en el Señor. Mientras Pedro tiene los ojos fijos en el Señor camina sobre el agua. Cuando aparta la mirada, se hunde. Y hacemos nuestra su oración en momentos de miedo y tinieblas porque Jesús siempre nos alarga la mano. Siempre. Todo el texto es una meditación sobre la Iglesia La imagen final de Jesús en la barca mientras todos le reconocen Hijo de Dios y se postran es la imagen más bonita de la Iglesia. Y Pedro, paradigma de la persona débil (negaciones) que no obstante todo ama a Jesús de corazón. Como muchos de nosotros.
. El camino de la fe no excluye dudas ni miedo. Escribía San Agustín: “A muchos les impide ser fuertes su presunción de firmeza. Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza... Contemplad el siglo como un mar, lo que cae bajo tus pies. Si amas al siglo, te engullirá. Sabe devorar a sus amadores, no soportarlos. Pero, cuando tu corazón fluctúa invoca la divinidad de Cristo... Di: «¡Señor, perezco, sálvame!». Di: «perezco», para que no perezcas. Porque solo te libra de la carne quien murió por ti en la carne» (Sermón 76,5-6). Pero es necesario mantener la mirada en el Señor. Que así sea con la Gracia de Dios.