16 de mayo de 2026

"¿Qué hacéis mirando el cielo?"

ASCENSIÓN - Hch 1,1-11/Ef 1, 17-23/Mt 28, 16-20

 

Terminaba la homilía el domingo pasado recordando las palabras de Jesús “No os dejaré huérfanos”. Hoy retomamos la misma idea expresada en la frase final del evangelio: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Jesús permanece vivo en medio de nosotros, en el corazón de la historia; no es “solo” un personaje del pasado que, con su ejemplo y doctrina, puede aportarnos luz sobre el momento presente; es “Alguien” vivo, cuyo Espíritu nos hace vivir, caminar, soñar con esperanza. Por eso Mateo no nos ha dejado relato alguno sobre la ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en nuestro corazón estas últimas palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el Resucitado como compañero único de existencia y es también el fundamento de la pervivencia de la Iglesia.

 

Día a día, Él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a nuestra vida. Él está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. Él infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor, la energía suprema que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. Él nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad capaz de ofrecernos medios prodigiosos de vida, sin poder decirnos para qué hemos de vivir. Él nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que nos puede hacer verdaderamente felices. En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento.

La Ascensión es para el creyente una llamada a “seguir esperando”, a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. Naturalmente este “seguir esperando” -paciencia- no consiste en “dimitir” ante la vida. La resignación, como falta de esperanza, nunca fue cristiana. Por el contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Lo que es cierto es que se opone a la prisa, ansiedad que nos hace vivir inquietos, agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.

 

Escribía León Felipe unos versos llenos de fe y de verdad: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios”. El cielo y la tierra se encuentran en nuestra vida, en el puesto que Dios nos tiene asignado, en nuestra tarea.  Y esta tarea es, sobre todo, evangelizar (“¡bautizad!, ¡enseñad!”). Basta la pasión por Dios y por las cosas de su Reino. “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”.  Desde la Ascensión la obra de la salvación está también en nuestras manos. Que así sea con la Gracia de Dios.

1 de mayo de 2026

"Yo soy el camino, la verdad y la vida"

V Domingo de Pascua - A - Hch 6,1-7 - 1 Pe 2,4-9 - Jn 14, 1-12

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve y trata de animarlos: “Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

 

“Yo soy el camino”. Sabemos que el camino es para andar y llegar a una meta, sin embargo, el problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados, viven perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento. Quien e acerca a Jesús encuentra una Persona, un camino que te lleva hacia el Padre. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús. Él es el camino que nos lleva a Dios como Padre.

 

“Yo soy la verdad”. La verdad es para experimentarla como bondad, como amor, encuentro, frente a la mentira, que engendra división e infelicidad. En el mundo bíblico la verdad (emet) no es una idea, sino una realidad que se hace, se realiza, se lleva a la práctica. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

 

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.  Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.

Camino, verdad y vida, pues, son cosas concretas que se viven, que se hacen, que se experimentan. Estas son cosas que todos buscamos en nuestra historia: queremos caminos que nos lleven a la felicidad; amamos la verdad, porque la mentira es la negación del ser y de lo bueno; queremos vivir, no morir, vivir siempre, eternamente. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

Cuando Jesús es el centro podemos vivir con serenidad, abrirnos sin miedo a los demás, como nos narra la primera lectura. Acercarse a Jesús, el Señor que ha muerto por nosotros y ha resucitado para darnos la vida, significa que todos podemos gozar de las prerrogativas de lo más santo y sagrado. Por eso nace un nuevo pueblo, una nueva comunidad santa y sacerdotal que entraña una plenitud espiritual. Que así sea con la Gracia de Dios.