8 de agosto de 2026

"Ánimo, soy yo, no temáis"

XIX TO – A- Rey 19, 9.11-13ª/Rom 9, 1-5/Mt 14, 22-33

 

. Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Con ello nos enseñan, también a nosotros, la necesidad que tenemos orar, de silencio, de ese estar “a solas” con el Padre, sabiendo que nos ama y nos cuida. Sin una vida profunda de oración, nuestra existencia será como esa barca zarandeada por las olas, alborotada por cualquier dificultad, sin raíces, sin estabilidad.

 

. Quien ora de verdad, va alimentando su vida de fe, va dejando que Dios “eche raíces” en él. La oración abre el corazón a Jesús, da ojos para conocerle, amarle y descubrirle en todo, incluso en medio de las dificultades, del sufrimiento y de las pruebas: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”, hemos escuchado en el evangelio. La falta de oración, en cambio, hace que se sienta a Jesús como un “fantasma”, como “alguien o algo” irreal; quien aparta su mirada de Él, termina dudando hasta perder la fe, la confianza total en su Presencia y  acción.

 

. Quien trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado, de saberse protegido por un amor que es más fuerte que el dolor y que la muerte. Quien ora descubre la Presencia del Dios que pasa como brisa suave (Elías); la cercanía de Cristo en medio de la tempestad y experimenta la fuerza de sus palabras: “¡Ánimo! Soy yo, no temáis”. Es necesario volver a descubrir la dicha de la oración: escucha, diálogo, presencia, contemplación…. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en íntima familiaridad con Él. Sin amor no hay oración y oramos para amar.

 

. ¿La clave?  Mantener la mirada en el Señor. Mientras Pedro tiene los ojos fijos en el Señor camina sobre el agua. Cuando aparta la mirada, se hunde. Y hacemos nuestra su oración en momentos de miedo y tinieblas porque Jesús siempre nos alarga la mano. Siempre. Todo el texto es una meditación sobre la Iglesia La imagen final de Jesús en la barca mientras todos le reconocen Hijo de Dios y se postran es la imagen más bonita de la Iglesia. Y Pedro, paradigma de la persona débil (negaciones) que no obstante todo ama a Jesús de corazón.  Como muchos de nosotros.

 

. El camino de la fe no excluye dudas ni miedo. Escribía San Agustín: “A muchos les impide ser fuertes su presunción de firmeza. Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza... Contemplad el siglo como un mar, lo que cae bajo tus pies. Si amas al siglo, te engullirá. Sabe devorar a sus amadores, no soportarlos. Pero, cuando tu corazón fluctúa invoca la divinidad de Cristo... Di: «¡Señor, perezco, sálvame!». Di: «perezco», para que no perezcas. Porque solo te libra de la carne quien murió por ti en la carne» (Sermón 76,5-6). Pero es necesario mantener la mirada en el Señor. Que así sea con la Gracia de Dios.

24 de julio de 2026

"Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar... y discernir..."

XVII TO-A- Reyes 3, 5.7-12/ Rom 8, 28-30/ Mt 13, 44-52

 

. “Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar  a tu pueblo y discernir el bien del mal”, suplica Salomón, rey joven que se enfrenta a la responsabilidad de gobernar el pueblo. Esta fue la sabiduría de Salomón: reconocer su debilidad, sus dudas, miedos y búsquedas “soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar”) y, desde esa actitud, pedir honradez y sensatez de vida para cumplir bien su misión. Una petición que bien podríamos hacer nuestra, para actuar siempre conforme al querer de Dios.

 

. Hoy, en el evangelio, Jesús, con diferentes imágenes, nos describe el misterio del Reino de Dios. Una siembra, un tesoro escondido, una perla fina… un descubrimiento valioso al que se corresponde con renuncias también valiosas: vender todo lo que se tiene para conseguirlo. Es una elección precisa que implica caminar, buscar, hallar, discernir, comprar, comprometerse: en la medida en que es importante el hallazgo así es importante la elección, una elección que, en el fondo es una apuesta, pero una apuesta que nos hace felices, que cumple las expectativas y por eso se puede renunciar a todo lo demás. La parábola nos recuerda el valor de aquello por lo que apostamos la vida. La fe no es un rinconcito de la existencia, es el tesoro encerrado en el corazón por el que tiene sentido todo lo demás.

 

. Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano, pero cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. Lo vendió todo; había encontrado el tesoro y fue feliz, vivió la “perfecta alegría”.

 

. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes, pero  eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte. Y es que, bien lo sabemos, el cristiano no puede vivir la fe como una pesada carga de deberes y obligaciones sino como n descubrimiento gozoso que puede cambiar y cambia toda la vida.

 

Decía el papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de aquellos que se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (cf. Exort. ap. Evangelii gaudium , 1).  Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a la necesidad y a la acogida de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles.

 

San Pablo recuerda que “toda la humanidad” está llamada a ser comunidad de “muchos hermanos”, para recibir el “perdón de Dios” y alcanzar la gloria de la Resurrección. La verdadera vocación del hombre es conformar la vida a Cristo; el destino último y definitivo de la persona es la unión con Cristo. “A los que aman todo les sirve para bien”.  Que así sea con la Gracia de Dios.