5 de septiembre de 2026

"A nadie debáis más que amor mutuo"

Domingo XXIII-A- Ez 33,7-9 / Rm 13, 8-10 / Mt 18, 15-20

 

“Donde no hay amor pon amor y sacarás amor”. No conducen a ningún lugar las palabras descorteses, críticas, solapadas, calumnias... Esta actitud, ciertamente no fácil de vivir, muestra que la corrección (en la comunidad cristiana, ámbito familiar o escolar) ha de hacerse desde una autoridad moral que da el buen ejemplo, la prudencia y la energía al mismo tiempo, la humildad y el deseo de iluminar y acompañar el camino del hermano y guiarlo hacia la Verdad... y todo porque queremos a la persona y se lo hacemos ver. Más fácil criticar que corregir...

Benedicto XVI reflexionaba: “Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo coinciden en el tema de la caridad fraterna en la comunidad de los creyentes, que tiene su fuente en la comunión de la Trinidad. El apóstol san Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su plenitud en el amor, de modo que, en nuestras relaciones con los demás, los diez mandamientos y cada uno de los otros preceptos se resumen en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Rm 13, 8-10). El texto del Evangelio, tomado del capítulo 18 de san Mateo, dedicado a la vida de la comunidad cristiana, nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano, por la búsqueda del bien de la persona amada…

¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular. Donde hay caridad y amor allí está Dios. “No me pesa, es mi hermano”. Entendemos perfectamente que “amar es cumplir la Ley entera”.

Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20). La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Debemos esforzarnos en vivir esta concordia, armonía, dentro de la comunidad cristiana. Y para ello, sin duda es necesario, ejercitarse tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo. Que así sea con la Gracia de Dios.

29 de agosto de 2026

“¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma?”)

2026. XXII TO-A- Jer 20, 7-9/Rom 12, 1-2/ Mt 16, 21-27

El diálogo del domingo pasado de Jesús con Pedro confesando el mesianismo de Cristo, fue signo de apertura a la revelación, lo que le convirtió en piedra sobre la que edificar la Iglesia. Este domingo, Pedro pierde los papeles, y la condición humana le lleva a buscar intereses humanos sin contar con el Padre, convirtiéndose en “Tentador satánico” (“Lejos de mi Satanás. Eres piedra de tropiezo… piensas como los hombres…”. Y es que nadie quiere perder, fracasar... pero, al mismo tiempo, estamos llamados a vivir el amor, la verdad, la justicia… asumiendo la fragilidad y con el compromiso de darlo todo por amor, incluso en medio de la incomprensión y el sufrimiento.

“Me sedujiste Señor y me dejé seducir...me forzaste y me pudiste...La Palabra era en mis entrañas fuego ardiente... intentaba contenerla y no podía”. Se trata de dar  la vuelta a la moneda y pasar de lo que separa de Dios, a lo que une Él; pasar por la cruz, el servicio, la misericordia y el perdón, para llegar a lo bueno, lo perfecto, lo que le agrada (Rom. 12, 1-2). Si el ser humano se ajusta a este mundo, el individualismo ahoga todo lo que significa la dimensión social y comunitaria. La seducción por el Señor puede acarrear mal “problemas” (“miedo, desprecio, oprobio”, dice el profeta) al tener que denunciar y actuar contra toda opresión, en forma de persecución personal, ideológica, emocional. Pero es necesario mantener abierto el diálogo, la oración e intimidad con el Señor y recordar que, en cualquier caso, el profeta, el cristiano, es mediador.

El evangelio recuerda que quien quiere ser discípulo: “Que cargue con su cruz y me siga”. La cruz, el martirio incruento de cada día, el peso constante del mal, la falta de cirineos en el mundo son fuerza para el discípulo de Jesús. A veces hay que caminar “contra corriente” asumiendo siempre la realidad tal cual es, tanto a nivel personal como de los demás, y hacerlo no como una actitud de resignación estéril sino como un camino de humanización y con la esperanza puesta en el Señor. Esta actitud aligera el peso de la Cruz, permite compartirla  y valorar las cosas de este mundo en su justa medida (“¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma?”).

Decía el papa Francisco: “Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo. «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.

 

Pablo, en su Carta, esta enseñanza al mantener una actitud crítica frente al mundo y recordar: “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Se trata ciertamente de una lucha dura, dramática en ocasiones.... en la que Dios se manifiesta más fuerte. Que así sea con su Gracia.