XVI TO –A- Sab 12, 12.16-19 / Rom 8, 26-27 / Mt 13, 24-43
Escuchamos hoy una nueva parábola. La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo remite al concepto de “división”. Todos sabemos que el demonio es un “sembrador de cizaña”, aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos. Los servidores quisieran quitar inmediatamente la hierba mala, pero el dueño lo impide con esta motivación: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo” (Mt 13, 29). Cizaña y trigo podrían confundirse.
La enseñanza de la parábola es doble. En primer lugar: el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Es curioso, el maligno va de noche a sembrar la cizaña, en la oscuridad, en la confusión; él va donde no hay luz para sembrar la cizaña. Este enemigo es astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.
Y, en segundo lugar: la contraposición entre la impaciencia de los servidores y la paciente espera del propietario del campo, que representa a Dios. Nosotros a veces tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos... No olvidemos la oración del soberbio: “Oh Dios, te doy gracias porque yo soy bueno, no soy como los demás hombres, malos...” (cf. Lc 18, 11-12). Dios, en cambio, sabe esperar. Él mira el “campo” de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios, nuestro Dios, es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.
La actitud del propietario es la actitud de la esperanza fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y es gracias a esta paciente esperanza de Dios que la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final puede llegar a ser buen trigo. Pero, también es verdad, que la paciencia evangélica no es indiferencia al mal; no se puede crear confusión entre bien y mal. Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios; el mal será quitado y eliminado en el tiempo de la cosecha, tiempo del juicio. Al final todos seremos juzgados con la misma medida con la cual hemos juzgado: la misericordia que hemos usado hacia los demás será usada también con nosotros.
El libro de la Sabiduría nos dice que Dios juzga con justicia y también con compasión e indulgencia, nunca caprichosamente. Obrando así, nos enseña a nosotros que el justo debe ser humano, comprensivo y benevolente cuando juzga a los demás... y nos da la esperanza de que, en el pecado, hay siempre lugar para el perdón si nos arrepentimos de corazón. No podemos olvidar que somos humanos, por ahí hay, tantas veces, que empezar. Que así sea con la Gracia de Dios.
18 de julio de 2026
Re: "... el justo debe ser humano"
4 de julio de 2026
"Venid a mi..."
XIV TO-A- Zac 9, 9-10 / Rom 8, 9.11-13 / Mt 11,25-30
. “Venid a mi”: una invitación directa, personal. No “venid” a mi doctrina, a mis enseñanzas, a mi ley… “Venid a mí”, a mi persona, a mi ser, a estar junto a mí, conmigo. Es el “encuentro con Cristo”, fruto de una relación de amor no solo de estrategias, esfuerzos personales, técnicas… se trata de estar, caminar juntos, de sostenernos “desde dentro” de nosotros mismos, desde allí donde el amor se hace Presencia, encuentro, luz……
La invitación de Jesús toca el fondo del corazón humano que “busca serenidad, paz, descanso” en medio de las circunstancias de la vida. Es necesario aprender a vivir y vivir desde la humildad; dejar de apoyarnos únicamente en nuestras fuerzas y acogernos a la misericordia de Dios. Somos amados, por eso “descansamos en Él”.
No hay vida sin dificultades, conflictos, peligros, miedos, sufrimientos. Jesús mismo vivió la incomprensión y la Cruz. Pero, en todo, estamos invitados a vivir la serenidad y la paz interior que brota de la comunión con Dios; es la serenidad de quien sabe que la vida está sostenida por las manos del Padre y habitada por su Espíritu. El Señor no elimina mágicamente todas las dificultades de la vida; lo que hace es transformar el corazón de quien confía en Él…
En la unión con Jesús se descubre que la verdadera paz no depende de que todo salga bien sino de saberse acompañado en todo momento. El descanso del alma es la experiencia de descanso en Dios, confiando en que nada ni nadie puede separarnos de su amor. En Él el corazón encuentra una morada firme donde permanecer en medio de la tormenta, la necesidad de control se convierte poco a poco en abandono filial.
Jesús nos hace también una invitación: “Tomad mi yugo”; el «yugo» del Señor “llevadero y su carga ligera” consiste en cargar con el peso de los demás con amor fraternal. Una vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados a su vez a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro.
San Pablo nos recuerda que el Espíritu de Dios habita en nosotros; la vida cristina no es solo un esforzarse más o cumplir unas normas, es, ante todo, una transformación interior. La prioridad del Espíritu, frente a las apetencias de la “carne” (que en Pablo no designa al cuerpo humano sino a las tendencias que nos alejan de Dios), es camino de santidad y salvación. La cuestión es dar entrada en nuestra vida (cuerpo, alma) al Espíritu que es de Cristo y de Dios. Sólo la Presencia de Jesucristo en la vida justifica; sólo la presencia de quien es Bueno nos hace buenos... Tenemos la ocasión de aceptar la sombra refrescante que el propio Jesús nos ofrece, “descansando confiadamente en el Él”. Que así sea con la Gracia de Dios.