6 de junio de 2026

"Alzad la mirada"...

2026. CORPUS -A-  Dt 8, 2-3.14b-16a / 1 Cor 10, 16-17 / Jn 6, 51-59

 

El libro de la Didajé (“Doctrina”-“Enseñanza”), escrito probablemente a finales del siglo I contiene un bello texto sobre la Eucaristía: “Como este pan partido estaba disperso por las montañas y, amasado, es uno, que sea reunida tu Iglesia, desde las extremidades de la tierra, en tu Reino”. La imagen de los granos dispersos por las colinas que se reúnen en un único pan nos introduce en el sentido de esta fiesta: el Señor nos invita a la Eucaristía en el domingo, día primero de la semana en el que recordamos la Resurrección.

 

Venimos, desde diferentes lugares, por nosotros mismos, con toda nuestra vida..., nos reunimos como comunidad. Nos saludamos. Somos acogidos en el amor, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Purificamos confiadamente nuestro corazón..., nos dejamos configurar e interpelar por la Palabra; desde lo hondo del corazón, de nuestro ser y de nuestra experiencia ofrecemos lo que somos y tenemos; acogemos a Jesús que se entrega realmente; nos reconciliamos entre nosotros, compartimos la misma mesa... damos gracias a Dios y somos enviados para llevar la paz al mundo... La Eucaristía es presencia de Jesús:

 

. como PALABRA que nos llama. Sin esta invitación que resuena en nuestra vida, sin la promesa del Reino...el signo del pan y del vino queda “vacío”;

 

. como PAN (Cuerpo de Cristo):la Eucaristía es comunión, presencia de Cristo en nosotros. La unión con Cristo y la unión con los hermanos forman dos aspectos de un único misterio. La verdadera comunión se fundamenta en Cristo que se da como alimento para todos, pero Cristo solo puede revelarse plenamente donde, como dice Pablo, une a todos los hermanos en un solo cuerpo. Decía Gandhi: «Si Dios se encarnara hoy, lo haría en forma de pan» para dejarse comer, para saciar todas las hambres.  Es lo que hizo Jesús. Por eso, unida a la fiesta del Corpus, está siempre la acción de Cáritas a favor de los más necesitados.

 

. como SANGRE (sacrificio): la Eucaristía es presencia de Cristo que se entrega por los hombres. Beber su cáliz significa introducirnos en su sacrificio, hacer que nuestra vida sea ofrenda por los otros. La unidad cristiana se arraiga en el sacrificio de Cristo por los otros por ello recibir la Eucaristía significa convertirnos en vida entregada. Escribía Madre Teresa: “Celebren bien la Eucaristía... Si yo me dedico a los más marginados y los atiendo es porque acabo de comulgar. Al mismo Cristo que he recibido... es al que veo en el prójimo...”;

 

. como VIVENCIA DEL ESPÍRITU que consagra (el mismo espíritu de Jesús “hace” que el pan y el vino se conviertan en signo y principio de unidad entre nosotros, los creyentes).  Bebemos de un solo cáliz, comemos de un solo pan y, por la vida recibida, formamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Es mucho más que una hermandad de raza, de pueblo, de amistad e incluso de sangre humana: es la hermandad vital de los que viven de la misma vida en el mismo cuerpo, alimentados por la misma carne y la misma sangre. Una hermandad que pide comunión y solidaridad sin fisuras, en todo y para todos.

 

Con el santo Padre león XIV que desde hoy nos visita, “Alcemos la Mirada” hacia Cristo, presente en la Eucaristía, en la Cruz, en los hermanos, especialmente los que sufren y “alimentemos” nuestro espíritu con su Presencia sacramental, real, en la Palabra, en la Comunión, en los Sacramentos… en la vida de cada día: “El que come mi pan vivirá para siempre”.  Que así sea con la Gracia de Dios.

31 de mayo de 2026

"... para que el mundo se salve por Él".


P. Jesús Higueras:

 

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio más profundo de la fe cristiana: la intimidad misma de Dios. Y quizá lo primero que descubrimos al asomarnos a ese misterio es algo que rompe muchas imágenes falsas que el ser humano ha proyectado sobre Él. Dios no es un ser solitario, aislado en una eternidad vacía, que crea el mundo por necesidad, aburrimiento o simple deseo de compañía. En el corazón de Dios ya existe desde siempre una plenitud absoluta de vida y de amor.

 

Cuando pronunciamos los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo, no estamos usando símbolos poéticos ni metáforas lejanas. Estamos confesando que Dios es comunión. En Él existen relaciones reales y eternas de conocimiento y de amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo vive vuelto hacia el Padre y el Espíritu Santo es el vínculo vivo de ese amor infinito. Dios no es soledad: Dios es familia, encuentro, donación mutua.

Por eso el cristianismo no cree en una divinidad fría o impersonal. El Dios revelado por Jesucristo conoce, ama, habla, escucha y se entrega. Esa es su identidad más profunda. La Trinidad nos enseña que el amor no es algo que Dios hace de vez en cuando; el amor es lo que Dios es eternamente. Toda la creación nace precisamente de esa sobreabundancia de amor que existe en su interior.

 

Y aquí aparece una consecuencia decisiva para nuestra propia vida. El libro del Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si Dios fuera un ser cerrado sobre sí mismo, entonces la plenitud humana consistiría en el individualismo, en la autosuficiencia o en vivir únicamente para uno mismo. Pero si Dios es Trinidad, entonces el ser humano solo alcanza su identidad cuando aprende también a vivir en relación.

 

Hemos sido creados para el encuentro. Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos salir de nosotros mismos. El egoísmo puede proporcionar una satisfacción inmediata, pero termina encerrando el corazón y empobreciendo la existencia. En cambio, quien vive pensando en los demás, quien se entrega, quien sabe compartir su tiempo, su escucha, su paciencia y su vida, comienza a parecerse al mismo Dios.

 

La Santísima Trinidad ilumina también muchas heridas del mundo actual. Vivimos en una sociedad que, a pesar de estar hiperconectada tecnológicamente, experimenta cada vez más soledad, aislamiento y dificultad para establecer vínculos verdaderos. Muchas personas viven rodeadas de información, pero faltas de comunión. Precisamente por eso la fiesta de hoy resulta tan actual. El ser humano no está hecho para vivir encerrado en sí mismo, sino para construir relaciones verdaderas basadas en el amor y en la entrega.

Cada familia unida, cada amistad sincera, cada acto de servicio silencioso y cada reconciliación son un pequeño reflejo de la Trinidad. Allí donde alguien sale de sí mismo para amar, Dios se hace visible.

Celebrar la Santísima Trinidad no significa resolver un problema matemático sobre cómo pueden ser tres y uno al mismo tiempo. Significa contemplar que el origen último de todo cuanto existe es el amor. Y significa recordar que la plenitud del ser humano no se encuentra en poseer más, imponerse más o aislarse más, sino en aprender a amar como ama Dios: viviendo para los demás.