24 de julio de 2026

"Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar... y discernir..."

XVII TO-A- Reyes 3, 5.7-12/ Rom 8, 28-30/ Mt 13, 44-52

 

. “Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar  a tu pueblo y discernir el bien del mal”, suplica Salomón, rey joven que se enfrenta a la responsabilidad de gobernar el pueblo. Esta fue la sabiduría de Salomón: reconocer su debilidad, sus dudas, miedos y búsquedas “soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar”) y, desde esa actitud, pedir honradez y sensatez de vida para cumplir bien su misión. Una petición que bien podríamos hacer nuestra, para actuar siempre conforme al querer de Dios.

 

. Hoy, en el evangelio, Jesús, con diferentes imágenes, nos describe el misterio del Reino de Dios. Una siembra, un tesoro escondido, una perla fina… un descubrimiento valioso al que se corresponde con renuncias también valiosas: vender todo lo que se tiene para conseguirlo. Es una elección precisa que implica caminar, buscar, hallar, discernir, comprar, comprometerse: en la medida en que es importante el hallazgo así es importante la elección, una elección que, en el fondo es una apuesta, pero una apuesta que nos hace felices, que cumple las expectativas y por eso se puede renunciar a todo lo demás. La parábola nos recuerda el valor de aquello por lo que apostamos la vida. La fe no es un rinconcito de la existencia, es el tesoro encerrado en el corazón por el que tiene sentido todo lo demás.

 

. Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano, pero cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. Lo vendió todo; había encontrado el tesoro y fue feliz, vivió la “perfecta alegría”.

 

. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes, pero  eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte. Y es que, bien lo sabemos, el cristiano no puede vivir la fe como una pesada carga de deberes y obligaciones sino como n descubrimiento gozoso que puede cambiar y cambia toda la vida.

 

Decía el papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de aquellos que se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (cf. Exort. ap. Evangelii gaudium , 1).  Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a la necesidad y a la acogida de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles.

 

San Pablo recuerda que “toda la humanidad” está llamada a ser comunidad de “muchos hermanos”, para recibir el “perdón de Dios” y alcanzar la gloria de la Resurrección. La verdadera vocación del hombre es conformar la vida a Cristo; el destino último y definitivo de la persona es la unión con Cristo. “A los que aman todo les sirve para bien”.  Que así sea con la Gracia de Dios.

18 de julio de 2026

Re: "... el justo debe ser humano"



El sáb, 18 jul 2026 a las 10:07, jesus diaz (<jesus.diaz@manyanet.org>) escribió:

XVI TO –A- Sab 12, 12.16-19 / Rom  8, 26-27 / Mt 13, 24-43

Escuchamos hoy una nueva parábola. La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo remite al concepto de “división”. Todos sabemos que el demonio es un “sembrador de cizaña”, aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos. Los servidores quisieran quitar inmediatamente la hierba mala, pero el dueño lo impide con esta motivación: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo” (Mt 13, 29). Cizaña y trigo podrían confundirse.

La enseñanza de la parábola es doble. En primer lugar:  el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Es curioso, el maligno va de noche a sembrar la cizaña, en la oscuridad, en la confusión; él va donde no hay luz para sembrar la cizaña. Este enemigo es astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.

Y, en segundo lugar: la contraposición entre la impaciencia de los servidores y la paciente espera del propietario del campo, que representa a Dios. Nosotros a veces tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos... No olvidemos la oración del soberbio: “Oh Dios, te doy gracias porque yo soy bueno, no soy como los demás hombres, malos...” (cf. Lc 18, 11-12). Dios, en cambio, sabe esperar. Él mira el “campo” de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios, nuestro Dios, es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.

La actitud del propietario es la actitud de la esperanza fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y es gracias a esta paciente esperanza de Dios que la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final puede llegar a ser buen trigo. Pero, también es verdad, que la paciencia evangélica no es indiferencia al mal; no se puede crear confusión entre bien y mal. Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios; el mal será quitado y eliminado en el tiempo de la cosecha, tiempo del juicio. Al final todos seremos juzgados con la misma medida con la cual hemos juzgado: la misericordia que hemos usado hacia los demás será usada también con nosotros

El libro de la Sabiduría nos dice que Dios juzga con justicia y también con compasión e indulgencia, nunca caprichosamente. Obrando así, nos enseña a nosotros que el justo debe ser humano, comprensivo y benevolente cuando juzga a los demás... y nos da la esperanza de que, en el pecado, hay siempre lugar para el perdón si nos arrepentimos de corazón. No podemos olvidar que somos humanos, por ahí hay, tantas veces, que empezar. Que así sea con la Gracia de Dios.