14 de febrero de 2026

"Feliz quien camino en la Ley del Señor"

VI DOMINGO TO – A-  Eclo 16, 6-21 / 1 Cor 2, 6-10 / Mt 5, 17-37

 

La Ley dada a Israel no fue provisional ni una carga absurda. Fue pedagogía divina. A través de mandamientos concretos, de normas morales y culturales, Dios enseñó a su pueblo a distinguir el bien del mal, a ordenar la vida, a reconocer su señorío:  "Tienes delante de ti fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras; muerte y vida… a cada uno se le dará lo que prefiera……. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel su voluntad…". La historia de la salvación es un itinerario, un camino de aprendizaje y cumplimiento de la ley (nos lo ha recordado el Salmo: "Feliz quien camina en la Ley del Señor"), que alcanza en Cristo su culminación. Jesús no borra la Ley; la lleva a su verdad más honda. La plenitud no consiste en añadir preceptos, sino en revelar el corazón de lo que ya estaba contenido en ellos: "No he venido a abolir la ley sino a dar plenitud".

 

¿Y cuál es la plenitud de la ley? El amor. La Ley es un medio; el fin es la comunión con Dios y la transmisión de su amor a los demás. Cuando la norma se absolutiza y se convierte en un fin en sí misma, degenera en legalismo estéril. Pero cuando se comprende como camino hacia el amor, adquiere todo su sentido. Jesús lo muestra con claridad: La plenitud de la Ley es la misericordia, ese amor concreto que se inclina sobre la miseria del otro y la abraza. Por eso:

 

. No basta con no matar; hay que desterrar el odio, el menosprecio, el insulto del corazón; es necesario respetar el don de la vida, cuidarla en nosotros y en quienes nos rodean, tratar al otro como hermano, procurar la comunión, dar la vida para que otros vivan.

 

. No basta con no cometer adulterio; hay que purificar la mirada. aprender a mirar a la persona, no como objeto para satisfacer nuestros deseos, sino como alguien lleno de dignidad, llamado a la eternidad como templo que es de Dios; una mirada que aprecia la belleza sin degradarla en modo alguno.

 

. No hay que jurar en falso. Hay que cuidar las palabras y su valor extraordinario para expresar la honestidad de la vida, la sinceridad y transparencia, la veracidad de los propios pensamientos y actos. No hay camino verdadero de comunión, amistad y encuentro personal si la comunicación no es verdadera… y no es necesario invocar el nombre de Dios para justificar nuestras acciones si nuestras palabras son sinceras y nacen de un corazón y de un pensamiento puro.

 

Cristo da plenitud a la Ley porque la devuelve a su fuente: el corazón del Padre. Y quien acoge esa plenitud descubre que la obediencia deja de ser una carga para convertirse en respuesta agradecida. Entonces la norma ya no oprime; orienta. Y la vida, sostenida por muchos pequeños actos de fidelidad, se transforma en un testimonio silencioso de que el amor es la verdadera ley que no pasa. Que así sea con la Gracia de Dios.

7 de febrero de 2026

Sal y Luz ...

P. Jesús Higueras

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente

Al decir a sus discípulos «vosotros sois la sal de la tierra», Jesús utiliza una imagen profundamente cotidiana para su tiempo: la sal. Antes de la refrigeración, la sal no servía solo para dar sabor, sino sobre todo para conservar los alimentos. Para impedir que aquello que era tan necesario para subsistir se echara a perder con el paso del tiempo. Sin la sal, la corrupción era inevitable.

 

La corrupción, en su sentido más profundo, no es solo un delito ni un escándalo público. Es la descomposición de algo valioso. Se corrompe la carne cuando pierde su integridad; se corrompe el alma cuando se aparta de la verdad; se corrompe una sociedad cuando pierde el sentido del bien. Por eso la palabra de Jesús atraviesa los siglos y llega intacta hasta hoy. Vivimos rodeados de ejemplos de corrupción: en la política, donde el poder se convierte en fin y no en servicio; en las empresas, cuando el beneficio se impone a la dignidad de la persona; incluso dentro de la Iglesia, cuando algunos olvidan que su autoridad nace del Evangelio y no de sí mismos. Nada de esto es nuevo, pero sí especialmente visible y doloroso.

 

Frente a este panorama, Jesús no propone un sistema ideológico ni una estrategia de control externo. Propone una vida. Solo la verdad, la bondad y el bien preservan al ser humano de la descomposición interior. Y esas realidades no son conceptos abstractos. Tienen un rostro. Jesucristo se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida. En Él no hay doblez, no hay cálculo, no hay corrupción. Por eso seguir a Jesús no es adherirse a una moral fría, sino acoger una hoja de ruta segura para no extraviarse y para no estropear el propio corazón.

 

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente. No transmite la fe principalmente con palabras, sino con obras: con la honradez en lo pequeño, con la fidelidad en lo oculto, con la misericordia concreta hacia el que sufre. Ahí está su fuerza.

 

Cuando el cristiano vive unido a Jesús, se convierte sin darse cuenta en antídoto contra la corrupción del alma y de la sociedad. Su vida conserva, sana y orienta. Y entonces ocurre algo más: la sal se vuelve luz. No una luz que deslumbra, sino una luz que permite ver, que ayuda a no tropezar. En un mundo que se descompone con facilidad, Cristo sigue confiando en los suyos y les transmite esta exigencia y responsabilidad: vosotros sois la sal de la tierra. La cuestión decisiva es si aceptamos vivir como tal.