14 de agosto de 2026

“Tienes razón, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos”

XX T.O. –A-  Is 56, 1.6-7; Rom 11, 13-15.29-32; Mt 15, 21-28

La Palabra de Dios nos invita hoy a abrir el corazón a la universalidad, a derribar fronteras y a superar todo tipo de exclusiones y discriminaciones. Hay que vencer los prejuicios y los obstáculos que tan frecuentemente nos separan y enfrentan a los seres humanos. El mensaje es claro en las tres lecturas: promover relaciones de apertura, de solidaridad y de acogida generosa. Lo que realmente cuenta son dos actitudes profundamente humanas: la fe y el amor, que merecen la misericordia de Dios con todos.

En este sentido, en la primera lectura, Isaías se ha hecho eco del deseo de Dios de reunir a sus hijos dispersos para que todos encuentren acogida en su presencia. Según la legislación antigua plasmada en el Deuteronomio ni los extranjeros ni los eunucos podían pertenecer a la asamblea del pueblo de Israel. Eran discriminados por su sangre o por su condición. El profeta se decanta claramente hacia la acogida si cumplen la condición de amar al Señor, servirle, guardar el sábado y perseverar en la alianza. En el fondo está diciendo que lo importante es la fe en Dios, no el origen ni la condición, ni la raza. A la vez, señala que es preciso quitar de en medio todo aquello que impide la pronta llegada de la salvación de Dios, por eso, exhorta a guardar el derecho y a practicar la justicia como base de unas nuevas relaciones humanas. Como ven, un tema siempre actual: también hoy, las injusticias son el gran obstáculo para la convivencia y para la construcción de un "mundo mejor".

Y, en esta línea, el evangelio nos ha mostrado que en Jesús todos tenemos sitio, los de lejos y los de cerca, sea cual sea nuestra procedencia, creencias, cultura y formas de vida. La mujer cananea, “mujer”, extranjera, estaba convencida de que Jesús podía curar a su hija; la mueve la fe en Jesús y el amor a su propia hija. Y Jesús, que al principio se muestra reticente e incluso duro (“Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”- “No está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perritos”), responde a la petición insistente y también clara de la mujer que no se calla (“Tienes razón, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos”). La extraordinaria fe que ella manifiesta, su ferviente súplica y el hecho de ponerse ante Jesús con la humildad de quien todo lo espera de él logra vencer las reticencias iniciales, y Jesús le concede, no las "migajas" que caen de la mesa, como ella esperaba, sino: “que se cumpla lo que deseas”.

El papa León XIV, en su viaje a Canarias, recordó, “En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad” y, añadió: “Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”. Todos cabemos en el corazón de Dios y en la vida de la Iglesia, también los gentiles, como nos ha recordado San Pablo “alcanzan la misericordia”. Mantengamos por ello una actitud abierta, derribando las barreras que nos dividen y hacen tanto mal y manteniendo el esfuerzo por vivir siempre en la obediencia a la palabra, en la verdad y el amor a Dios que es siempre amor al hermano, acogida fraterna. Que así sea con la Gracia de Dios.  

8 de agosto de 2026

"Ánimo, soy yo, no temáis"

XIX TO – A- Rey 19, 9.11-13ª/Rom 9, 1-5/Mt 14, 22-33

 

. Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Con ello nos enseñan, también a nosotros, la necesidad que tenemos orar, de silencio, de ese estar “a solas” con el Padre, sabiendo que nos ama y nos cuida. Sin una vida profunda de oración, nuestra existencia será como esa barca zarandeada por las olas, alborotada por cualquier dificultad, sin raíces, sin estabilidad.

 

. Quien ora de verdad, va alimentando su vida de fe, va dejando que Dios “eche raíces” en él. La oración abre el corazón a Jesús, da ojos para conocerle, amarle y descubrirle en todo, incluso en medio de las dificultades, del sufrimiento y de las pruebas: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”, hemos escuchado en el evangelio. La falta de oración, en cambio, hace que se sienta a Jesús como un “fantasma”, como “alguien o algo” irreal; quien aparta su mirada de Él, termina dudando hasta perder la fe, la confianza total en su Presencia y  acción.

 

. Quien trata de manera íntima y familiar con Dios experimenta la seguridad de saberse acompañado, de saberse protegido por un amor que es más fuerte que el dolor y que la muerte. Quien ora descubre la Presencia del Dios que pasa como brisa suave (Elías); la cercanía de Cristo en medio de la tempestad y experimenta la fuerza de sus palabras: “¡Ánimo! Soy yo, no temáis”. Es necesario volver a descubrir la dicha de la oración: escucha, diálogo, presencia, contemplación…. Cristo no quiere siervos, sino amigos que vivan en íntima familiaridad con Él. Sin amor no hay oración y oramos para amar.

 

. ¿La clave?  Mantener la mirada en el Señor. Mientras Pedro tiene los ojos fijos en el Señor camina sobre el agua. Cuando aparta la mirada, se hunde. Y hacemos nuestra su oración en momentos de miedo y tinieblas porque Jesús siempre nos alarga la mano. Siempre. Todo el texto es una meditación sobre la Iglesia La imagen final de Jesús en la barca mientras todos le reconocen Hijo de Dios y se postran es la imagen más bonita de la Iglesia. Y Pedro, paradigma de la persona débil (negaciones) que no obstante todo ama a Jesús de corazón.  Como muchos de nosotros.

 

. El camino de la fe no excluye dudas ni miedo. Escribía San Agustín: “A muchos les impide ser fuertes su presunción de firmeza. Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza... Contemplad el siglo como un mar, lo que cae bajo tus pies. Si amas al siglo, te engullirá. Sabe devorar a sus amadores, no soportarlos. Pero, cuando tu corazón fluctúa invoca la divinidad de Cristo... Di: «¡Señor, perezco, sálvame!». Di: «perezco», para que no perezcas. Porque solo te libra de la carne quien murió por ti en la carne» (Sermón 76,5-6). Pero es necesario mantener la mirada en el Señor. Que así sea con la Gracia de Dios.