24 de mayo de 2026

Ven Espíritu Santo

PENTECOSTÉS

 P. Jesús Higueras:


Como conclusión del tiempo de Pascua, la solemnidad de Pentecostés nos muestra la razón última por la que el ser humano ha sido creado. El hombre no nace únicamente para sobrevivir, producir, consumir o desaparecer. Ha sido llamado a participar de la misma vida de Dios. La existencia humana queda incompleta si no es visitada, sanada y elevada por el Espíritu Santo.

 

Muchas veces reducimos la vida a sus dimensiones más inmediatas: el trabajo, las emociones, los éxitos, los fracasos o incluso los afectos. Pero el corazón humano siempre experimenta una especie de desconcierto interior. Nada de este mundo termina de saciarle del todo. Incluso en los momentos de mayor felicidad permanece una sed más profunda, una espera que ninguna realidad creada puede llenar completamente. Y eso sucede porque el hombre ha sido hecho para algo más grande que sí mismo.

 

Pentecostés anuncia precisamente esa plenitud. Dios no abandona a la humanidad a sus propias fuerzas. No nos deja encerrados en nuestros límites, en nuestras heridas o contradicciones. Envía su Espíritu para habitar dentro del hombre y conducirlo hacia su verdadera realización.

 

El Espíritu Santo no es una energía o una fuerza que brota de Dios, ni una especie de impulso religioso interior. El Espíritu Santo es Dios mismo. Y Dios no puede separarse de su amor, porque Dios es amor. No tiene el amor como algo añadido a su ser, sino que su misma esencia consiste en amar eternamente.

 

Por eso, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles no llega simplemente como una ayuda exterior o un fortalecimiento psicológico. Lo que sucede es algo infinitamente más grande: Dios mismo viene a habitar en el interior del hombre. El cristianismo no consiste solo en admirar a Dios desde lejos, sino en recibir su vida dentro de nosotros.

Los santos hablaban del Espíritu Santo como el «huésped del alma». La expresión es bellísima. Dios entra en la intimidad del ser humano sin destruirlo, sin anular su personalidad, sin borrar su libertad. Al contrario: cuanto más presente está Dios en una persona, más plenamente humana se vuelve. El pecado desfigura al hombre; el amor de Dios lo reconstruye desde dentro.

Pentecostés es la fiesta de la humanidad elevada. Los apóstoles, encerrados por miedo, salen ahora llenos de fortaleza. Los que estaban paralizados comienzan a anunciar el Evangelio sin temor. No porque hayan adquirido una capacidad simplemente humana, sino porque el mismo Dios vive en ellos.

 

También hoy nuestra sociedad padece un profundo cansancio espiritual. Tenemos medios materiales e intelectuales para casi todo. Gozamos de un bienestar como pocas veces se ha visto es la historia, pero no sabemos muchas veces para qué vivimos. Y el hombre que pierde el sentido de su destino termina empequeñeciendo su propia existencia.

 Pentecostés recuerda que hemos sido creados para mucho más que una vida cerrada sobre nosotros mismos. Hemos sido creados para ser transformados por el amor de Dios, para participar de su vida y alcanzar así la plenitud para la que fuimos llamados desde el principio.

16 de mayo de 2026

"¿Qué hacéis mirando el cielo?"

ASCENSIÓN - Hch 1,1-11/Ef 1, 17-23/Mt 28, 16-20

 

Terminaba la homilía el domingo pasado recordando las palabras de Jesús “No os dejaré huérfanos”. Hoy retomamos la misma idea expresada en la frase final del evangelio: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Jesús permanece vivo en medio de nosotros, en el corazón de la historia; no es “solo” un personaje del pasado que, con su ejemplo y doctrina, puede aportarnos luz sobre el momento presente; es “Alguien” vivo, cuyo Espíritu nos hace vivir, caminar, soñar con esperanza. Por eso Mateo no nos ha dejado relato alguno sobre la ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en nuestro corazón estas últimas palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el Resucitado como compañero único de existencia y es también el fundamento de la pervivencia de la Iglesia.

 

Día a día, Él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a nuestra vida. Él está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. Él infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor, la energía suprema que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. Él nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad capaz de ofrecernos medios prodigiosos de vida, sin poder decirnos para qué hemos de vivir. Él nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que nos puede hacer verdaderamente felices. En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento.

La Ascensión es para el creyente una llamada a “seguir esperando”, a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. Naturalmente este “seguir esperando” -paciencia- no consiste en “dimitir” ante la vida. La resignación, como falta de esperanza, nunca fue cristiana. Por el contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Lo que es cierto es que se opone a la prisa, ansiedad que nos hace vivir inquietos, agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.

 

Escribía León Felipe unos versos llenos de fe y de verdad: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios”. El cielo y la tierra se encuentran en nuestra vida, en el puesto que Dios nos tiene asignado, en nuestra tarea.  Y esta tarea es, sobre todo, evangelizar (“¡bautizad!, ¡enseñad!”). Basta la pasión por Dios y por las cosas de su Reino. “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”.  Desde la Ascensión la obra de la salvación está también en nuestras manos. Que así sea con la Gracia de Dios.