17 de abril de 2021

"Soy yo en persona..."

III DOMINGO DE PASCUA – Hch 3, 13-15.17-19/1 Jn 2, 1-5/ Lc 24,35-48.

 

. "Se presentó" en medio de los discípulos.  No dice que haya atravesado ninguna puerta o ventana cerrada: simplemente "se hace ver" por los suyos.  El Resucitado ya o está atado a las condiciones que marcan la realidad del mundo en que vivimos. Como el relato del domingo pasado de Juan, hoy, en el de Lucas Jesús se presenta con el saludo: "Paz a vosotros". Frente al miedo, las dudas, se vuelve a insistir en la identidad y corporeidad de Jesús resucitado: "Soy yo en persona… palpadme, mirad mis llagas, heridas…". El texto recuerda, además, que la Resurrección es el cumplimiento de las Escrituras.

. La resurrección no es un acontecimiento puramente espiritual, esto desvirtúa nuestra fe.  En Jesús Resucitado no solo constatamos una identidad espiritual sino también una identidad corporal. Esta es la razón de insistir en las llagas y mostrarse de modo tangible: por ejemplo, comiendo. Por otro lado, la resurrección no anula la pasión y la muerte, sino que las vence.  Por eso las llagas siguen como prueba de una identidad y de una corporeidad. Real, verdadero, aunque las condiciones físicas sean distintas.

. El pensamiento griego de la época ya aceptada de algún modo la inmortalidad del alma, pero para ellos el cuerpo era un obstáculo, una especie de cárcel del hombre de la cual había de liberarse. Frente a esta postula la Biblia declara que el cuerpo ha sido creado por Dios como realidad nueva y el hombre se completa asumiendo su propio cuerpo. Por lo tanto, el objetivo del hombre no es solo estar unido a Dios con su alma inmortal, sino recibir de nuevo el cuerpo. Esto nos recuerda que el pecado no procede del cuerpo sino de la debilidad moral del hombre manchado por el pecado original y que debemos cuidar el cuerpo y valorar el equilibrio del mismo, templo de Dios.

. Cumplimiento de las escrituras:  el Antiguo testamento está latente en el Nuevo. Frente a la mera ilusión o fantasía, fue necesario también que se abriera su entender, captar que lo sucedido estaba anunciado en la Escritura y Jesús mismo se lo había anunciado a ellos, para llegar a la fe. La entrega, fracaso aparente, es en realidad el único camino salvador…. El camino del crucificado es el amor, simbolizado en las manos y el costado… Así logran pasar del signo a lo que se significaba; de la evidencia sensible a la fe ante el misterio.

 

. Los signos que fortalecen nuestra fe son el testimonio de los apóstoles que se juegan la vida y la pierden por predicar la Resurrección con valentía, como Pedro en la primera lectura, ante los testigos de su crucifixión y muerte. Compartiendo lo que somos y tenemos; al partir el pan lo reconocieron los discípulos de Emaús; al compartir el pez asado los discípulos en el evangelio… el compartir abre a la Vida nueva, resucitada. Y, como nos dice Juan en la segunda lectura, "guardando sus mandamientos". La fe se fortalece viviendo de acuerdo con lo que ella nos pide.

. Cuando nos familiarizamos con Jesús, cuando acomodamos nuestra vida a la suya y a los valores del evangelio y mantenemos la confianza en Él, en su Presencia en nuestra vida, familia y comunidad…  tenemos fe en el Resucitado. Esto nunca será perfecto, siempre estarán nuestras limitaciones personales, nuestra existencia entretejida con los dolores del vivir y el convivir y nuestra permanente actitud de "morir y resucitar" a la Vida. Jesús pasó por el dolor, pero mantuvo y proclamó la esperanza de su resurrección, que ahora vivimos y celebramos. Que así sea con la Gracia de Dios. 

9 de abril de 2021

"Señor mío y Dios mío"

. II DOMINGO PASCUA-B-  Hch 4,32-35/ 1Jn 5, 1-6/ Jn 20,19-31

 

Las puertas cerradas. Miedo a los judíos, al futuro inmediato… y el Señor se hace presente: "Paz a vosotros", mostrando sus heridas y las llagas de la pasión. Hay continuidad entre el Señor crucificado y el Señor Resucitado. No es un mero sueño o una ilusión. Cristo resucitado mostrando sus llagas nos enseña que, en cualquier situación en la que nos encontremos, cualesquiera que sean nuestras heridas, podemos vivir curados interiormente y descubrir una nueva vida.

 

Cristo Resucitado cambia la forma de sentir, de pensar y de actuar. Unidos a Él, "vencemos al mundo" por la fe, "cumplimos sus mandamientos" expresión de amor; nos abrimos a la esperanza curando las llagas de nuestro corazón; nos dejamos iluminar por el Espíritu en todos los rincones de nuestro ser; nos unimos a los hermanos en una misma oración con el deseo de recibir y ofrecer paz, teniendo "un solo corazón y una sola alma".  Lo viejo es el orgullo, la tristeza, la indiferencia o, en estos tiempos, el miedo y la desesperación. Lo nuevo es el amor, la caridad fraterna, el perdón, la misericordia, la alegría… y la paz del corazón.   

 

No nos deben asustar nuestras propias dudas, como las de Tomás; de ellas saldrán grandes avances, siempre que no vivamos en la duda permanente, sino en la búsqueda profunda. La fe es como una llama, como una luz que nos vamos dando y pasando unos a otros. Experiencia íntima, personal e intransferible que tiene el ser humano en su interior y, al mismo tiempo, experiencia comunitaria, compartida. Madre Teresa escribía a una persona amiga: "Por muchos que sean tus dificultades y problemas existe una alegría que nunca se te podrá arrebatar: que Cristo ha Resucitado y vive para ti".

 

Hoy el positivismo se ha extendido especialmente por occidente. No hay lugar para Dios ni esperanza en otra vida. Frente a ello los cristianos debemos resistir la tentación de encerrarnos a causa del miedo; debemos encontrar el camino para volver a decir la verdad de Dios y la salvación eterna, así como mostrar el camino que conduce a la vida. Esto no significa huir del mundo, pero sí tener la capacidad y audacia de no identificarnos, adaptarnos, conformarnos a las sugerencias e indicaciones del mundo. Debemos apuntar al cielo, a la eternidad, volver a ser sal y luz.

 

En estos meses oscuros de pandemia el Señor el Señor resucitado nos invita a empezar de nuevo, a no perder nunca la esperanza. El resucitado da un sentido absolutamente nuevo a la vida, porque hace nuevas todas las cosas. Tanto internamente como cara a la sociedad en la que vivimos, éste es el lenguaje que más entendemos: los hechos-la vida-el compartir… En la comunidad cristiana de Jerusalén "daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor". El que cree e veras, quiere compartir y comunicar con valentía su convicción profunda a los demás. Es siempre el mejor testimonio.  El hombre está más ceca de Dios cuanto más se une a sus hermanos.

 

Pero, sólo si miramos a Cristo Resucitado y vivo descubrimos que el corazón abierto que Tomás toca es "su misericordia". Este es el gran testimonio: la paz y el perdón. En el marco familiar, social, profesional... los cristianos nacidos de la Pascua deberíamos sentirnos invitados a vivir la fe en todo momento y a mostrar actitudes de reconciliación y perdón.  Este es el gran testimonio: paz y perdón. La Pascua, el encuentro con el Resucitado, el reconocimiento del "Señor mío y Dios mío", es una clara invitación a vivir de otra manera: muriendo y resucitando cada día con Cristo, haciendo siempre y en cada momento "ese poquito que yo puedo" como decía S. Teresa a sus monjas. Que así sea con la Gracia de Dios.