IV DOMINGO DE CUARESMA -A- 1 Sm 16,1b.6-7.10-13a/Ef 5,8-14/Jn 9,1-41
. Ciego de nacimiento. La gente le mira como un pecador castigado por Dios; los discípulos se preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres… pero Jesús le mira de un modo diferente. Mira el interior, el corazón. Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de la vida que lleva, del rechazo que sufre por parte de todos. La misión de Jesús es dar Luz, acoger, liberar, curar precisamente a quienes viven despreciados y humillados; devolver la conciencia de la propia dignidad, del propio valor manifestándole su amor.
. En torno a la escena están magistralmente descritas otras actitudes ante el hecho de la luz: los que son meros espectadores que no comprenden el significado del signo ni cambian en su vida; los que tienen miedo a las consecuencias de ver la luz que exige vivir de otra manera, los padres del ciego que no quieren problemas, los que se quedan en meras y estériles discusiones teológicas sobre el origen del mal, olvidando la responsabilidad y las respuestas frente a ese mal… quizás nos vernos reflejados en alguna de estas actitudes pero, podemos también, como el ciego, abrirnos a la Presencia de Dios que viene a nuestro encuentro en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida; tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.
. ¿Qué significa tener la verdadera luz, caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría del prejuicio contra los demás, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de rechazo contra quienes juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelo. Significa no dejarse guiar por la seductora y ambigua luz, es la del interés personal: si valoramos hombres y cosas en base al criterio de nuestra utilidad, de nuestro placer, de nuestro prestigio, no somos fieles a la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si vamos por este camino del buscar solo el interés personal, caminamos en las sombras. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, si el «misterio de la luna», porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el «misterio de la luna»: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor.
. Nos ha recordado San Pablo que quienes "hemos recibido el bautismo hemos pasado de las tinieblas a la luz ("erais tinieblas, ahora sois luz") y debemos practicar las obras de la luz (bondad y la justicia) buscando siempre agradar al Señor permaneciendo en la unidad del cuerpo de Cristo. Las tinieblas son estériles. "Busquemos lo que nos hace ver (verdad, misericordia…); rechacemos lo que nos ciega (prejuicios, pecado…). Miremos más al corazón de las personas; a los ojos del que sufre antes que al manual de instrucciones.... No seamos ciegos voluntarios. Vamos a encender la luz sin temor. Pidamos la Luz. Seamos luz. Que así sea con la Gracia de Dios. La humildad de quien se sabe necesitado de luz… de ahí nace la fe…
Solo la fe nos hace capaces de ver realmente: Gerardo Diego escribía:
"Están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo voy como un ciego que ve.
Tú que diste vida al ciego y a Nicodemo también,
Filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe.
Porque Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver,
Creo en Ti y quiero creer".
…, porque la fe, abre a la verdad.
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