V DOMINGO DE CUARESMA- Ez 37, 12-14/Rom 8, 8-11/ Jn 11, 1-45 -II
Hoy descubrimos, en el signo de la resurrección de Lázaro, que él, Jesús, "es la Vida". Ya la lectura de Ezequiel nos introduce en el tema: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir, pueblo mío y os traerá a la tierra de Israel". Palabras dirigidas a los desterrados de Babilonia que significan un anuncio esperanzador de reconstrucción de la libertad. El pueblo poco a poco va entendiendo que "Dios no es un Dios d muertos sino de vivos", capaz de vencer a la muerte y de conducir al hombre, por la fuerza del amor, a la superación del dolor, la esclavitud, el temor....
Es la idea que nos transmite hoy el evangelio de Juan. Una escena llena de emoción, humanidad, cercanía...Jesús, ante sus amigos, comparte el dolor. Impresionan siempre las lágrimas de un hombre o una mujer. Impresionan las lágrimas del Hijo del hombre. Más de una vez lloró Jesús: de compasión, de pena, de dolor; él, que había venido a enjugar nuestras lágrimas... es capaz de hacerlo precisamente porque ha sabido llorar. Jesús tenía que experimentar nuestras dolencias, para poder ser compasivo. "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15).
Nadie nos puede decir: si creéis en la resurrección de los muertos y en la vida futura, ¿por qué os afligís tanto por la muerte de un ser querido?, ¿dónde está vuestra fe y vuestra esperanza? No. La esperanza del futuro ilumina la realidad presente, pero no la destruye. Es como el que, ante el nacimiento de un niño, no se alegrara, porque algún día tendrá que morir. Todo tiene que ser vivido, y con intensidad. En todas las muertes y desgracias, Jesús llora con nosotros; es compasivo y misericordioso. Esta es su primera respuesta ante el dolor y la muerte: la compasión y las lágrimas. Esta es su primera medicina. Aunque no hiciera otra cosa, ya es una buena noticia el decirnos que Dios también llora, que Dios es aquel que llora por la muerte de un amigo, que Dios es aquel que llora siempre con nosotros.
Al mismo tiempo Jesús nos dice: "Sal fuera", "Sal del sepulcro", "Sal de ti", "Deja de atarte pies y manos con tus propias vendas" (mediocridad, rutina, miedo, pesimismo, muerte espiritual...), invitándonos a experimentar esa vida nueva que él nos ofrece, a vivir a fondo nuestro bautismo amando con el amor que él nos ama, a no perder la ilusión por la vida, la confianza en las personas, mirada en el futuro.... Lo hacemos desde la certeza de la fe que nos recuerda que la muerte no es la meta, el fin; aunque inevitable, es un tránsito hacia la salvación que es la vida eterna que empieza ya aquí. Lo único que puede vencer a la muerte es el amor. La vida espera de nosotros una actitud positiva, de lucha y esperanza...Nos afligimos, clatro que sí, pero no como quienes no tienen esperanza. ¡El hombre es un ser para la vida! Desde la venida de Cristo hemos quedado libres, no del mal de sufrir, sino del mal de hacerlo inútilmente.
Pablo nos llama a vivir no según la carne (criterios del mundo y el egoísmo-individualismo que lleva a la muerte) sino según el Espíritu (según Dios). Por eso, frente a todos aquellos hechos (violencia, terrorismo, abusos, maltratos...) que parecen obedecer a una cultura de la muerte o a una insensibilidad moral frente a la dignidad de toda vida humana..., los creyentes en la Vida debemos trabajar y defender la vida en todos sus momentos y situaciones. Que así sea con la Gracia de Dios.
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