PENTECOSTÉS
P. Jesús Higueras:
Como conclusión del tiempo de Pascua, la solemnidad de Pentecostés nos muestra la razón última por la que el ser humano ha sido creado. El hombre no nace únicamente para sobrevivir, producir, consumir o desaparecer. Ha sido llamado a participar de la misma vida de Dios. La existencia humana queda incompleta si no es visitada, sanada y elevada por el Espíritu Santo.
Muchas veces reducimos la vida a sus dimensiones más inmediatas: el trabajo, las emociones, los éxitos, los fracasos o incluso los afectos. Pero el corazón humano siempre experimenta una especie de desconcierto interior. Nada de este mundo termina de saciarle del todo. Incluso en los momentos de mayor felicidad permanece una sed más profunda, una espera que ninguna realidad creada puede llenar completamente. Y eso sucede porque el hombre ha sido hecho para algo más grande que sí mismo.
Pentecostés anuncia precisamente esa plenitud. Dios no abandona a la humanidad a sus propias fuerzas. No nos deja encerrados en nuestros límites, en nuestras heridas o contradicciones. Envía su Espíritu para habitar dentro del hombre y conducirlo hacia su verdadera realización.
El Espíritu Santo no es una energía o una fuerza que brota de Dios, ni una especie de impulso religioso interior. El Espíritu Santo es Dios mismo. Y Dios no puede separarse de su amor, porque Dios es amor. No tiene el amor como algo añadido a su ser, sino que su misma esencia consiste en amar eternamente.
Por eso, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles no llega simplemente como una ayuda exterior o un fortalecimiento psicológico. Lo que sucede es algo infinitamente más grande: Dios mismo viene a habitar en el interior del hombre. El cristianismo no consiste solo en admirar a Dios desde lejos, sino en recibir su vida dentro de nosotros.
Los santos hablaban del Espíritu Santo como el «huésped del alma». La expresión es bellísima. Dios entra en la intimidad del ser humano sin destruirlo, sin anular su personalidad, sin borrar su libertad. Al contrario: cuanto más presente está Dios en una persona, más plenamente humana se vuelve. El pecado desfigura al hombre; el amor de Dios lo reconstruye desde dentro.
Pentecostés es la fiesta de la humanidad elevada. Los apóstoles, encerrados por miedo, salen ahora llenos de fortaleza. Los que estaban paralizados comienzan a anunciar el Evangelio sin temor. No porque hayan adquirido una capacidad simplemente humana, sino porque el mismo Dios vive en ellos.
También hoy nuestra sociedad padece un profundo cansancio espiritual. Tenemos medios materiales e intelectuales para casi todo. Gozamos de un bienestar como pocas veces se ha visto es la historia, pero no sabemos muchas veces para qué vivimos. Y el hombre que pierde el sentido de su destino termina empequeñeciendo su propia existencia.
Pentecostés recuerda que hemos sido creados para mucho más que una vida cerrada sobre nosotros mismos. Hemos sido creados para ser transformados por el amor de Dios, para participar de su vida y alcanzar así la plenitud para la que fuimos llamados desde el principio.
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