ASCENSIÓN - Hch 1,1-11/Ef 1, 17-23/Mt 28, 16-20
Terminaba la homilía el domingo pasado recordando las palabras de Jesús “No os dejaré huérfanos”. Hoy retomamos la misma idea expresada en la frase final del evangelio: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Jesús permanece vivo en medio de nosotros, en el corazón de la historia; no es “solo” un personaje del pasado que, con su ejemplo y doctrina, puede aportarnos luz sobre el momento presente; es “Alguien” vivo, cuyo Espíritu nos hace vivir, caminar, soñar con esperanza. Por eso Mateo no nos ha dejado relato alguno sobre la ascensión de Jesús. Ha preferido que queden grabadas en nuestro corazón estas últimas palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con el Resucitado como compañero único de existencia y es también el fundamento de la pervivencia de la Iglesia.
Día a día, Él está con nosotros disipando las angustias de nuestro corazón y recordándonos que Dios es alguien próximo y cercano a nuestra vida. Él está ahí para que no nos dejemos dominar nunca por el mal, la desesperación o la tristeza. Él infunde en lo más íntimo de nuestro ser la certeza de que no es la violencia o la crueldad sino el amor, la energía suprema que hace vivir al hombre más allá de la muerte. Él nos contagia la seguridad de que ningún dolor es irrevocable, ningún fracaso es absoluto, ningún pecado imperdonable, ninguna frustración decisiva. Él nos ofrece una esperanza inconmovible en un mundo cuyo horizonte parece cerrarse a todo optimismo ingenuo. Él nos descubre el sentido que puede orientar nuestras vidas en medio de una sociedad capaz de ofrecernos medios prodigiosos de vida, sin poder decirnos para qué hemos de vivir. Él nos ayuda a descubrir la verdadera alegría en medio de una civilización que nos proporciona tantas cosas sin poder indicarnos qué es lo que nos puede hacer verdaderamente felices. En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento.
La Ascensión es para el creyente una llamada a “seguir esperando”, a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos que amenazan de continuo nuestro caminar hacia el hogar definitivo. Naturalmente este “seguir esperando” -paciencia- no consiste en “dimitir” ante la vida. La resignación, como falta de esperanza, nunca fue cristiana. Por el contrario, el hombre paciente resiste activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Lo que es cierto es que se opone a la prisa, ansiedad que nos hace vivir inquietos, agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo. Es una insensatez estirar el tallo de una planta para acelerar su crecimiento. Lo inteligente es regar bien la vida y saber esperar. Tener paciencia con nosotros mismos y con el caminar de la historia.
Escribía León Felipe unos versos llenos de fe y de verdad: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen Dios”. El cielo y la tierra se encuentran en nuestra vida, en el puesto que Dios nos tiene asignado, en nuestra tarea. Y esta tarea es, sobre todo, evangelizar (“¡bautizad!, ¡enseñad!”). Basta la pasión por Dios y por las cosas de su Reino. “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. Desde la Ascensión la obra de la salvación está también en nuestras manos. Que así sea con la Gracia de Dios.
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