12 de diciembre de 2024

"Y nosotros, ¿Qué tenemos que hacer?"

. III DOM. DE ADVIENTO -C-  Sof 3,14-18a/Fil 4,4-7/Lc 3,10-18 

El Evangelio de este domingo de Adviento muestra nuevamente la figura de Juan Bautista, y lo presentan mientras habla a la gente que acude a él, junto al río Jordán, para hacerse bautizar. Dado que Juan, con palabras penetrantes, exhorta a todos a prepararse a la venida del Mesías, algunos le preguntan: "¿Qué tenemos que hacer?". Estos diálogos se revelan de gran actualidad.

La primera respuesta se dirige a la multitud en general. El Bautista dice: "El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo" (v. 11). Aquí podemos ver un criterio de justicia, animado por la caridad. La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario; la caridad impulsa a estar atento al prójimo y salir al encuentro de su necesidad, en lugar de hallar justificaciones para defender los propios intereses. Justicia y caridad no se oponen, sino que ambas son necesarias y se completan recíprocamente. "El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa", porque "siempre se darán situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo" (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 28).

La segunda respuesta, que se dirige a algunos "publicanos", o sea, recaudadores de impuestos para los romanos. Ya por esto los publicanos eran despreciados, también porque a menudo se aprovechaban de su posición para robar. A ellos el Bautista no dice que cambien de oficio, sino que no exijan más de lo establecido (cf. v. 13). El profeta, en nombre de Dios, no pide gestos excepcionales, sino ante todo el cumplimiento honesto del propio deber. El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: "No robar" (cf. Ex 20, 15).

La tercera respuesta se refiere a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder, por lo tanto, tentada de abusar de él. A los soldados Juan dice: "No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga" (v. 14). También aquí la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás: una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.

Considerando estos diálogos, impresiona la gran concreción de las palabras de Juan: puesto que Dios nos juzgará según nuestras obras, es ahí, justamente en el comportamiento, donde hay que demostrar que se sigue su voluntad. Y precisamente por esto las indicaciones del Bautista son siempre actuales: también en nuestro mundo tan complejo las cosas irían mucho mejor si cada uno observara estas reglas de conducta. Roguemos pues al Señor, por intercesión de María, para que nos ayude a prepararnos a la Navidad llevando buenos frutos de conversión.

Uno de los cuales es, sin duda, la alegría: un anuncio profético destinado a toda la humanidad y de modo particular a los más necesitados. Como en tiempos del profeta Sofonías, la palabra del Señor se dirige de modo privilegiado precisamente a quienes soportan pruebas, a los "heridos de la vida y huérfanos de alegría". La invitación a la alegría no es un mensaje alienante, ni un estéril paliativo, sino más bien una profecía de salvación, una llamada a un rescate que parte de la renovación interior. Que así sea con la Gracia de Dios.

6 de diciembre de 2024

"Hágase en mí, según tu Palabra"

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA

2024.  Génesis 3, 9-15.20; Efesios 1,3-6.11-12; Lucas 1,26-38

El relato del Génesis resulta fascinante. Dios "baja a pasear al jardín", para dialogar con en armonía pero Adán "se esconde"; había comido del fruto prohibido buscando "ser como Dios" y se descubrió desnudo, avergonzado y reconociéndose víctima de un engaño sin asumir su responsabilidad, culpando a Eva que, como el, "se dejó seducir" por la tentación.  El trasfondo de todo ello es una desconfianza absoluta respecto del Creador, una actitud de rebeldía que distorsiona la visión de la realidad, interfiere en la relación con Dios generando falsos temores y suspicacias. El ser humano no se deja hacer, no es dócil a la acción del Creador, no acepta su condición de "criatura" ni entiende que esta es su gran dignidad.  Quiere ir a lo suyo y se deja engañar por quien no quiere su bien.

Frente a esta realidad y estas actitudes de recelo y desconfianza, de desnudez y derrota, el relato bíblico contrapone una promesa: "Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando ti la hieras en el talón". En esta promesa de la victoria final del bien frente al mal que siempre acecha, la Iglesia ha visto siempre la figura de María en el sentido de que ella no se deja llevar por el miedo, ni las dudas, ni la desconfianza y se pone a disposición de Dios. A pesar de ser consciente de sus limitaciones, se fía de Él, de su bondad y de su poder. Sabe que no quiere ningún mal para ella ni para la humanidad y que "para Dios nada hay imposible". María conforma toda su vida a los planes de Dios, le obedece en todo, por eso su conducta estará limpia de todo pecado; el mal original de nuestros primeros padres no causará mella en su persona: será Inmaculada desde su Concepción; llena de amor y del Espíritu, "toda santa" (hermanos orientales).

La figura, y todo el ser de la Virgen María, nos invita hoy a vivir y testimoniar este proyecto de esperanza y de lucha contra el mal. En la meta de nuestro caminar está alcanzar la santidad:  ser personas santas e inmaculadas que no huyen de la Presencia de Dios con el rostro lleno de vergüenza tras el pecado, sino que confían en su promesa de salvación que se hace realidad tras el "Sí incondicional" de María y la victoria de su Hijo Jesús Resucitado, sobre todo mal.  María nos mueve  a renovar el sí de nuestra fe que neutraliza el pecado en nosotros  (no hemos nacido inmaculados como, por singular privilegio, nació ella) y nos hace optar con firmeza por la belleza que nos trae Cristo, belleza imperecedera, la de un corazón firme en el Señor, lleno de amor, vida, gracia, verdad, paz, bondad…en definitiva, de la santidad verdadera que rejuvenece y vitaliza, que vence al mal que nos asedia desde el principio, que nos regenera interiormente y nos ayuda a no perder la confianza en Dios.

Que" nuestro amor crezca cada día más"; que seamos limpios e irreprochables; que nuestros frutos sean agradables a Dios, como nos recuerda Pablo en su carta a los Filipenses.  Que así sea con la Gracia de Dios.