26 de julio de 2025

"Señor, enséñanos a orar..."

Jesús Higueras:

 

"En el Evangelio de mañana domingo escucharemos cómo los discípulos se acercan a Jesús y le dicen: «Señor, enséñanos a orar». Esta petición, sencilla y a la vez tan humana, nace de ver cómo Jesús se retiraba frecuentemente a orar. Algo en su manera de dirigirse al Padre les conmovía. No pedían aprender técnicas, ni fórmulas. Querían aprender a relacionarse con Dios como Jesús mismo lo hacía: con confianza, con intimidad, con profundidad.

Muchos creyentes, sin embargo, vivimos la oración como un deber o una costumbre vacía ya de contenido. «Orar me aburre», dicen algunos, como si fuera una obligación externa que hay que cumplir por tradición o por miedo al enfado divino. Pero cuando la oración se convierte en una relación personal de cariño, todo cambia. No es lo mismo recitar palabras que hablar con Alguien. Y no es lo mismo hablar con un juez lejano que con un Padre que te ama.

 

Por eso, la imagen que cada uno tiene de Dios determina profundamente su oración. Si lo vemos como un ser severo, distante o indiferente, nuestra oración será temerosa, mecánica o incluso inexistente. Pero si creemos en un Dios que nos conoce, que nos busca, que se alegra con nosotros y sufre con nosotros, entonces orar será como volver a casa. La oración no es tanto decir cosas a Dios como dejar que Él nos diga algo. Es abrir el corazón, dejarse mirar, escuchar el susurro de su presencia en medio del ruido cotidiano.

 

La fe no es solo creer en ciertas verdades, sino sobre todo confiar, caminar en la vida con Alguien. Sin esa comunicación constante, la fe se convierte en teoría, en costumbre, en memoria de algo que ya no late. Como una planta sin agua, como una llama sin oxígeno, así se apaga la fe cuando no se cultiva en la oración.

 

Jesús no enseñó a orar como un ritual, sino como un modo de vivir. El «Padre nuestro» no es una fórmula mágica, sino una forma de situarse en el mundo: como hijos que confían, que piden, que perdonan, que esperan. Por eso, cuando los discípulos le dijeron «enséñanos a orar», Jesús les estaba enseñando a vivir en la presencia de Dios, a respirar en su amor, a mirar el mundo con sus ojos.

 

Quizás hoy también nosotros podríamos volver a decir: «Señor, enséñanos a orar». No porque no sepamos rezar oraciones, sino porque anhelamos una fe viva, cálida, que nazca del encuentro íntimo con Dios. Y Él, como entonces, volverá a enseñarnos. Porque orar es, ante todo, amar".

 

19 de julio de 2025

"María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada"

XVI TO-C- Gen 18, 1-10a; Col. 1, 24-28; Lc 10, 38-42

 

. Betania es esa casa familiar en la que se recuperan las fuerzas y se experimenta el valor de la amistad. Es el lugar donde se comparten, sin miedo, los anhelos y deseos más profundos sin tener que protegerse de quienes buscaban "echarle mano". Este es el Evangelio de la amistad, donde abiertamente Jesús habla con sus amigos y amigas del querer del Padre y del camino a Jerusalén que tiene que recorrer.

 

. El texto nos muestra a Marta y María; dos mujeres distintas, dos hermanas que juntas presentan la totalidad del ser. El Señor rompe con esa idea que había en su tiempo de que las mujeres no podían estar en los primeros puestos escuchando el mensaje de los maestros; desbanca el lugar reservado para los hombres que se creían los únicos con ese privilegio. María, desde la confianza con Él, se ha atrevido a sentarse junto a Sus pies a escuchar su palabra. Simboliza nuestra dimensión contemplativa, la necesidad de encuentros profundos con Jesús. María personifica a quienes escogen vivir desde la riqueza interior.

 

. Marta nos enseña el valor de una vida de servicio, de prestar atención a las necesidades, de prepararlo todo para que los demás estén bien y pueda gozar de la llegada del amigo. Es también la mujer creyente, la que aguarda la resurrección de su hermano Lázaro. La mujer de fe profunda: "Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". Es un ejemplo de vida entregada. Representa a quienes optan por hacer más hermoso y humano el mundo que nos rodea. Representa a las personas íntegras, que aman ardientemente a Jesús, que se ocupan de lo que aparentemente no se percibe y están atentas a generar un buen ambiente, que acogen y son hospitalarias (como nos ha recordado el texto del Génesis en la primera lectura).

 

. María, en su silencio, nos ofrece la clave: se coloca a los pies del Maestro porque entiende que la paz interior es más importante que la eficacia exterior. En la serenidad de su alma, María enseña que la verdadera hospitalidad no consiste en servir platos con las manos inquietas, sino en abrir el corazón para acoger al Huésped que nos trae la vida eterna. La eficacia sin paz se vuelve una carga; la paz interior, en cambio, da sentido y belleza incluso a las tareas más sencillas.

 

. El Señor, rompiendo las tradiciones, proclama que contemplación, escucha de la Palabra y cotidianidad están dentro de los mismos parámetros. Nos invita a integrar, como vemos reflejado en su vida, estas dos dimensiones. Solo desde una escucha activa y fecunda es como podremos construir el Reino, servir y transmitir la misericordia encarnada de Dios Padre Madre. 

 

. Jesús no rechaza el trabajo, pero sí nos advierte de la dispersión. Marta y María no son dos actitudes opuestas o irreconciliables, sino dos dimensiones que deben integrarse: primero la escucha, después el servicio. Solo quien sabe detenerse ante Jesús podrá servir con amor y no con tensión o ansiedad. Así, nuestra vida será fecunda, no por lo que producimos, sino por la paz y el amor que entregamos. Ojalá en nuestra vida encontremos "momentos Betania" para cultivar el ser, lo profundo del corazón, la escucha… Que así sea con la Gracia de Dios.