1 de octubre de 2025

"Señor, auméntanos la fe"

DOMINGO XXVII TO -C- Habacuc 1,2-3,2,2-4/2 Tim 1,6-8.13-14/Lc 17,5-10

. Todos los textos de la liturgia de este domingo nos hablan de la fe, que es el fundamento de toda la vida cristiana. Jesús educó a sus discípulos a crecer en la fe, a creer y a confiar cada vez más en él, para construir su propia vida sobre roca. Por esto le piden: "Auméntanos la fe" (Lc 17, 6). Es una bella petición que dirigen al Señor, es la petición fundamental: no piden bienes materiales, no piden privilegios; piden la gracia de la fe, que oriente e ilumine toda la vida; piden la gracia de reconocer a Dios y poder estar en relación íntima con él, recibiendo de él todos sus dones, la valentía, el amor y la esperanza. Sin responder directamente a su petición, Jesús recurre a una imagen paradójica para expresar la increíble vitalidad de la fe. Como una palanca mueve mucho más que su propio peso, así la fe, incluso una pizca de fe es capaz de realizar cosas impensables, extraordinarias, como arrancar de raíz un árbol grande y trasplantarlo en el mar.

. La fe, fiarse de Cristo, acogerlo, dejar que nos transforme, seguirlo sin reservas, hace posibles las cosas humanamente imposibles, en cualquier realidad. Nos da testimonio de esto el profeta Habacuc en la primera lectura. Implora al Señor a partir de una situación tremenda de violencia, de iniquidad y de opresión; y precisamente en esta situación difícil y de inseguridad, el profeta introduce una visión que ofrece una parte del proyecto que Dios está trazando y realizando en la historia: "El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe" (Ha 2, 4). El impío, el que no actúa según la voluntad de Dios, confía en su propio poder, pero se apoya en una realidad frágil e inconsistente; por ello se doblará, está destinado a caer; el justo, en cambio, confía en una realidad oculta pero sólida; confía en Dios y por ello tendrá la vida.

. También el apóstol san Pablo, en la segunda lectura de hoy, habla de la fe. Invita a Timoteo a tener fe y, por medio de ella, a practicar la caridad. Exhorta al discípulo a reavivar en la fe el don de Dios que está en él por la imposición de las manos de Pablo, es decir, el don de la ordenación, recibido para desempeñar el ministerio apostólico como colaborador de Pablo. No debe dejar apagar este don; debe hacerlo cada vez más vivo por medio de la fe. Y el Apóstol añade: "Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de amor y de templanza".

. No tengamos miedo de vivir y testimoniar la fe en los diversos ambientes de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana, ¡sobre todo en las difíciles! La fe nos da la fuerza de Dios para tener siempre confianza y valentía, para seguir adelante sin desfallecer. Fe y vida se sostienen juntas o se derrumban. Por supuesto, huir de la cruz es humano. Y tal vez también tener poca fe. Uno lo reconoce y confía en que el Señor tendrá misericordia, como la tuvo con Pedro, con la mujer pecadora...

. Santa Teresita del niño Jesús, cuya memoria celebramos el día 1 escribía en sus momentos oscuros: "Dios sabe muy bien que, aun no gozando de la alegría de la fe, procuro al menos realizar sus obras". Teresa en su "noche oscura" va aprendiendo a desprenderse de una fe "que quiere evidencias y que sólo está movida por el deseo de ver" hacia otra que "no consiste tanto en verlo todo y en atravesarlo todo, sino en amar; sobre todo, en la noche". Una fe que no se agota "por no ver" sino que, precisamente porque no ve se hace más deseosa de "ejercitarse en la bondad y en el amor". Se abandonó confiada en manos del Padre. Que así sea para todos, con la Gracia de Dios.

27 de septiembre de 2025

"Si no escuchan a Moisés y a los profetas..."

XXVI TO-C- Am 6, 1ª.4-7 / 1 Tm 6, 11-16 / Lc 16, 19-31 

. "¡Ay de los que se fían de Sión,... acostados en lechos de marfil!" (Am 6,1.4); comen, beben, cantan, se divierten y no se preocupan por los problemas de los demás. Son duras estas palabras del profeta Amós, pero nos advierten de un peligro que todos corremos. El profeta denuncia y pone ante los ojos de sus contemporáneos y de los nuestros el riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Es la misma experiencia del rico del Evangelio, vestido con ropas lujosas y banqueteando cada día en abundancia; esto era importante para él. El pobre a su puerta no era asunto suyo, no tenía que ver con él. Si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos nuestra propia identidad como personas. El rico del Evangelio no tiene nombre, es simplemente "un rico". Las cosas, lo que posee, son su rostro, no tiene otro.

 

.  Podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que los hombres, tal vez también nosotros, caigamos en el peligro de encerrarnos, de poner nuestra seguridad en las cosas, que al final nos roban el rostro, nuestro rostro humano? Esto sucede cuando perdemos la memoria de Dios. "¡Ay de los que se fían de Sión!", decía el profeta. Si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio. Quien corre en pos de la nada, él mismo se convierte en nada, dice otro gran profeta, Jeremías (cf. Jr 2,5). Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de las cosas, de los ídolos.

. La parábola recuerda que el problema no es tanto la abundancia material sino la indiferencia que genera cuando se convierte en "absoluta". Por esta razón, tenerlo todo puede convertirse en la mayor pobreza. La abundancia, sin un corazón agradecido empacha el alma, lleva a olvidar lo esencial, las cosas realmente importantes, ciega la mirada incapaz de descubrir la presencia del hermano necesitado, sentado en el umbral de tu casa, y, sobre todo, olvida que la prioridad es Dios ante quien responderemos de nuestros actos.

. Estamos llamados a custodiar y alimentar la memoria, la presencia de Dios en nosotros y en nuestros hermanos. La fe alimenta precisamente esta memoria, la del encuentro con Dios, que es quien siempre toma la iniciativa, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. En la segunda Lectura, san Pablo, dirigiéndose a Timoteo, da algunas indicaciones que pueden marcarnos también camino: "tender a la justicia, a la piedad, a la caridad, a la paciencia, a la mansedumbre manteniendo el buen combate de la fe".  Pidamos al Señor que todos seamos hombres y mujeres que custodian y alimentan la memoria de Dios en la propia vida y la saben despertar en el corazón de los demás. Que así sea con la Gracia de Dios.