28 de octubre de 2023

"Amarás a Dios... y al prójimo...."

2023.  DOMINGO XXX TO -A- Ex 22, 21-27 / Tes 1, 5c-10 / Mt 22, 34-40

El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. Algunos fariseos se pusieron de acuerdo para poner a prueba a Jesús (cf. 22, 34-35). Uno de ellos, un doctor de la ley, le hizo esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» (v. 36). Jesús, citando el libro del Deuteronomio, le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» (vv. 37-38). Y hubiese podido detenerse aquí. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado el doctor de la ley.

Dijo: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Tampoco este segundo mandamiento Jesús lo inventa, sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo— revelando que ellos son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos dejó un bellísimo comentario al respecto en su primera encíclica Deus caritas est, (nn. 16-18):

Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.

Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor.

En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está en la cima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.

Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús conduce hacia su realización esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.

Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordemos: el amor es la medida de la fe. Y la fe es el alma del amor. Que así sea con la Gracia de Dios.

19 de agosto de 2023

"Mujer, qué grande es tu fe..."

XX T.O. –A-  Is 56, 1.6-7; Rom 11, 13-15.29-32; Mt 15, 21-28

La Palabra de Dios nos invita hoy a abrir el corazón a la universalidad, a derribar fronteras y a superar todo tipo de exclusiones y discriminaciones. Hay que vencer los prejuicios y los obstáculos que tan frecuentemente nos separan y enfrentan a los seres humanos. El mensaje es claro en las tres lecturas: promover relaciones de apertura, de solidaridad y de acogida generosa. Lo que realmente cuenta son dos actitudes profundamente humanas: la fe y el amor, que merecen la misericordia de Dios con todos.

En este sentido, en la primera lectura, Isaías se ha hecho eco del deseo de Dios de reunir a sus hijos dispersos para que todos encuentren acogida en su presencia. Según la legislación antigua plasmada en el Deuteronomio ni los extranjeros ni los eunucos podían pertenecer a la asamblea del pueblo de Israel. Eran discriminados por su sangre o por su condición. El profeta se decanta claramente hacia la acogida si cumplen la condición de amar al Señor, servirle, guardar el sábado y perseverar en la alianza. En el fondo está diciendo que lo importante es la fe en Dios, no el origen ni la condición, ni la raza. A la vez, ha señalado que es preciso quitar de en medio todo aquello que impide la pronta llegada de la salvación de Dios. Por eso, el Profeta ha exhortado a guardar el derecho y a practicar la justicia como base de unas nuevas relaciones humanas. Las injusticias son, también hoy, el gran obstáculo para la convivencia y para la construcción de un "mundo nuevo".

Y, en esta línea, el evangelio nos ha mostrado que en Jesús todos tenemos sitio, los de lejos y los de cerca, sea cual sea nuestra procedencia, creencias, cultura y formas de vida. La mujer cananea, "mujer", extranjera, estaba convencida de que Jesús podía curar a su hija; la mueve la fe en Jesús y el amor a su propia hija. Y Jesús, que al principio se muestra reticente e incluso duro ("Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel"- "No está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perritos"), responde a la petición insistente y también clara de la mujer que no se calla ("Tienes razón, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos"). La extraordinaria fe que ella manifiesta, su ferviente súplica y el hecho de ponerse ante Jesús con la humildad de quien todo lo espera de él, logra vencer las reticencias iniciales, y Jesús le concede, no las "migajas" que caen de la mesa, como ella esperaba, sino el pan del reino que se reparte con esplendidez a quienes tienen fe: "que se cumpla lo que deseas".

Nosotros sabemos que sólo Jesús puede hacer que nuestra vida cambie. Él siempre está cerca; es necesario acercarse y gritar si hace falta. Su Presencia abre horizontes nuevos de vida. Todo lo que viene de Él es don y regalo de Dios nuestro Padre cuya voluntad es la salvación de todas las personas. Nadie está excluido. Sólo espera un "si" de nuestra parte: el "sí" de la fe audaz, adulta, madura, perseverante y llena de confianza. Es la fe que acoge su Palabra.  Todos cabemos en el corazón de Dios y en la vida de la Iglesia, también los gentiles, como nos ha recordado San Pablo "alcanzan la misericordia". Mantengamos por ello una actitud abierta, derribando las barreras que nos dividen y hacen tanto mal y manteniendo el esfuerzo por vivir siempre en la obediencia a la palabra, en la verdad y el amor a Dios que es siempre amor al hermano, acogida fraterna. Que así sea con la Gracia de Dios.