3 de marzo de 2012

"ESTE ES MI HIJO AMADO, ESCUCHADLO"

DOMINGO II  DE CUARESMA -B- Gen 22,1-2.5-18/Rom 8,31-34/Mc 9,1-9

           

La figura de Abraham se nos presenta habitualmente como modelo de fe. Y con razón. Un hombre mayor que, en su ancianidad recibe como regalo explícito de Dios un hijo, garantía de que la promesa de una gran descendencia se va a cumplir. La fidelidad de Abraham había dado fruto, pero quedaba la prueba final, la más difícil: Dios le pide el sacrificio de aquel hijo. Petición aparentemente inhumana y absurda en cuanto, además, el hijo era heredero de la misma promesa de Dios. Pero la confianza de Abraham era a prueba de todo; él contaba con que a Dios no siempre es posible entenderle, pero sí que siempre es posible confiar en El. Incluso cuanto todas las apariencias parecen señalar que Dios ha abandonado al hombre. A Abraham fue eso precisamente lo que le sirvió: su confianza en Dios, aceptar que las cosas se desarrollan como él quiere, frente a todos los planes que la lógica humana hubiera podido hacer. Y Dios, que no pide un sacrificio humano sino fe, no solo le devuelve su hijo querido sino que agranda su capacidad paternal haciéndolo padre de todos los creyentes que entienden que creer es abandonarse sin condiciones en los brazos amorosos del Padre: "Padre, si es posible...". Pero a veces no es posible.

           Situación similar nos presenta la escena de la “Transfiguración”. Más allá de la majestuosidad del momento, o de la voz de la nube..., la escena es una presentación adelantada de la Resurrección: Cristo resucitado es verdaderamente el Cristo transfigurado, pero ese Cristo no es posible sin la Cruz. Por eso nos encontramos con este acontecimiento de la vida de Jesús en la cuaresma, en nuestro camino hacia la Cruz y la Pascua. Es como una clave para interpretar el camino, sabiendo que la entrega confiada al reino de Dios lleva o puede llevar hasta la muerte y resurrección. Estoy convencido de que necesitamos estas experiencias de Tabor en nuestra vida, aunque sean pequeñas y sencillas. Necesitamos que Dios se haga sentir de algún modo para que la noche no se prolongue en exceso o la dureza del camino no se haga insoportable. Es hermoso sentir su mano protectora, que nos envuelve en su regazo; su voz que conteste a nuestra llamada, que nos llame hijos y nos quite todo temor; su fuerza que nos aliente y fecunde toda nuestra vida. ¡Cuántas veces nuestra vida personal y familiar se renueva y coge de nuevo fuerzas tras una experiencia hermosa de encuentro; tras unas palabras pacificadoras o unos gestos de cariño renovado o de perdón!. Dios nos regala estas experiencias de luz y alegría porque conoce nuestra debilidad y porque son necesarias para afrontar momentos de cruz y oscuridad.

            Hoy se nos invita claramente a creer, aceptar y vivir lo que Dios nos propone. La gran tentación para el hombre  es quedarse quieto, porque en la montaña "se está muy bien", el paisaje es hermoso, el horizonte infinito y claro... (“Hagamos tres tiendas”, en palabras de Pedro). Sin embargo todos sabemos que hay que bajar al llano, a la vida diaria, de lo contrario la experiencia de Dios no es auténtica. No podemos refugiarnos en un mero espiritualismo que se desentiende de la vida concreta y de lo que pasa en nuestro mundo. Somos ciudadanos del cielo, pero ahora vivimos en la tierra, y es aquí donde debemos mostrar que Dios transforma nuestro cuerpo humilde y nos hace vivir como personas nuevas y transformadas. De este modo llegaremos a dar crédito a lo que nos dice Pablo en la carta a los Romanos: que Dios está con nosotros, de nuestra parte, de parte del hombre, y no en contra nuestra para infundirnos temor. Si Dios no ha dudado en entregarnos lo más querido, su propio Hijo, ¿cómo va a negarnos cualquier otra cosa que le pidamos? Sólo así,  con una fe como la de Abrahán, con una confianza sin límite como la de Jesús, con una esperanza por encima de todas nuestras razonables elucubraciones, podremos permanecer en la tarea de ser testigos de Jesús, mensajeros de su evangelio de paz en el mundo. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

11 de febrero de 2012

"SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME"

DOMINGO VI TO -B- Lev 13,1.2.44-46/1ª Cor10,31-33/Mc 1,40-45

 

            El libro del Levítico es el tercero del Pentateuco (la Ley). Es una especie de compendio de toda la normativa ritual y cultural que ha de seguir el pueblo. El texto de hoy pertenece a un grupo de prescripciones sobre la pureza. Trata de regular una de las enfermedades más despreciables para aquella cultura: la lepra. Esta enfermedad hace del enfermo un apestado que ha de evitar el contacto con otras personas. Era un “muerto en vida”,  severamente repudiado. Quien entrara en contacto con él  se impregnaba de impureza. Por eso el leproso era excluido de la comunidad, no se le permitía entrar en áreas pobladas, debía llevar la cabeza y el rostro cubierto y anunciar su presencia. Como era considerada “castigo divino” el sacerdote era el único que podía diagnosticar la enfermedad y reconocer su curación. El enfermo perdía todo rasgo humano y toda gracia divina.

            Hoy san Marcos, que inicia su evangelio con las palabras “Comienzo de la buena noticia de Jesús, hijo de Dios”,   nos presenta a Jesús como buena noticia para el grupo más marginado de Israel. En esta ocasión es el propio enfermo quien pide la curación (“Si quieres puedes limpiarme”). No podía ser de otra manera dado su aislamiento familiar y social. Jesús “sintiendo lástima”-“conmovido” (es primera vez que Marcos deja asomar el mundo interior de Jesús), extendió la mano, lo tocó, dijo: “Quiero: queda limpio”. Por encima de lo que se cree social y religiosamente correcto, las palabras de Jesús transforman  la situación de marginación, liberan a la persona y, para reintegrarle de nuevo en la sociedad que lo había expulsado, le pide que se presente al sacerdote para que haga los trámites necesarios para su reincorporación cultual. Jesús, sospechoso al contravenir las disposiciones legales se queda en las afueras. Allí acudía la gente y allí enseña:

. que hay que sentir compasión, tocar, implicarse en la cercanía del hermano enfermo o excluido...”Cristiano, decía Charles Peguy es, sencillamente el que da la mano”, el que tiene una atención personal  para el hombre; quien no pierde la sensibilidad frente al dolor ajeno,  no solo el que hace profundas reflexiones bíblico-teológicas o diseña estrategias de última generación para la actividad pastoral;

. que Dios no excluye a nadie del culto, ni de su presencia, a causa de la debilidad. Al contrario, los enfermos han de tener un lugar privilegiado en la comunidad cristiana, pues Jesús tuvo una mano tendida especialmente a los que sufren; el trato y la  cercanía humana es el principio de la sanación;

.  que lo que mancha al hombre no es lo de fuera, sino lo que brota del corazón. La enfermedad sigue siendo un misterio pero no un castigo de Dios que nos aísla de El. “La frontera entre el bien y el mal no pasa entre los hombres dividiéndolos en dos grupos de buenos y malos; la frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada uno” (A. Solzhenitsyn).

Hay que acercarse al hombre “primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (Juan Pablo II) y hacerlo desde el amor, la compasión, la ternura. Y con libertad del mismo Cristo. Esa libertad que, en palabras de san Pablo,  es una convicción interior que lleva a actuar según la voluntad de Dios, a favor de la comunidad, buscando el bien del otro,  especialmente el más débil. Y además, con la certeza de saber que, por mal que vayan las cosas... siempre podemos acercarnos a Jesús con las palabras del leproso: “Si quieres...”- Y  El Señor “quiere siempre...”Que así sea con la Gracia de Dios.