1 de noviembre de 2026

"Bienaventurados..."

P. Jesús Higueras:

 

La solemnidad de Todos los Santos nos invita a levantar la mirada y contemplar el destino al que está llamada toda vida humana. Los santos son aquellos que están llenos de Dios. Han permitido que su presencia vaya ocupando el centro de sus vidas hasta quedar completamente transformados por su amor. La santidad no consiste, por tanto, en alcanzar una perfección humana a fuerza de voluntad, sino en dejar que Dios habite en nosotros y actuar libremente desde esa presencia.

 

Todos estamos llamados a ese camino. Cada vez que, mediante nuestra libertad, acogemos a Dios, le abrimos un espacio en nuestro interior y permitimos que su amor transforme nuestros pensamientos, deseos y decisiones, crecemos en santidad. No se trata de una conquista reservada a unos pocos elegidos, sino de una vocación que alcanza a todos los bautizados y, en último término, a todo ser humano.

 

Hoy recordamos también a tantos amigos, familiares y seres queridos que han llegado antes que nosotros a la meta. Personas con las que hemos compartido vida, que nos han querido, acompañado y enseñado tantas cosas. Al terminar su peregrinación terrena y llegar al encuentro definitivo con Dios, esperamos que se encuentren ya plenamente llenos de ese amor que aquí solo pudieron experimentar de manera limitada. Nuestro amor por ellos no es únicamente una mirada agradecida al pasado; es también una invitación a mirar hacia el futuro. Nos recuerdan que nuestro destino es el cielo y que la muerte no tiene la última palabra.

 

Pero ¿cuál es el camino para llegar a esa plenitud? Jesús mismo nos lo ha mostrado. No se trata tanto de imitar sus perfecciones humanas como de hacer nuestras sus bienaventuranzas. En ellas encontramos el retrato de su propio corazón y, al mismo tiempo, el camino que conduce a la verdadera felicidad.

Ser pobre de espíritu, tener un corazón limpio, trabajar por la paz, sufrir por causa de la justicia, ser misericordioso… No son simplemente actitudes virtuosas que adornan una vida religiosa. Son los principios que configuran la humanidad de Cristo y que, cuando los hacemos nuestros, nos permiten vivir de acuerdo con la verdad más profunda de nuestra naturaleza. Las bienaventuranzas nos descubren una felicidad que no depende del éxito, del reconocimiento, de la seguridad material o de que las circunstancias sean siempre favorables.

 

Por eso, los santos no son necesariamente quienes mejor han hecho todas las cosas, quienes nunca se han equivocado o quienes han tenido una vida extraordinaria a los ojos del mundo. Son aquellos que, en medio de sus circunstancias concretas, han permanecido unidos al amor de Dios. Hombres y mujeres que, con sus limitaciones y dificultades, han permitido que la gracia hiciera fecunda su existencia. Su grandeza no está tanto en lo que han conseguido como en el amor que han dejado crecer dentro de ellos.

 

La fiesta de Todos los Santos nos recuerda así una verdad que con frecuencia olvidamos: la vida verdadera no se agota en el tiempo. Todo lo que aquí construimos, poseemos o alcanzamos tiene un carácter provisional. La plenitud para la que hemos sido creados sólo se realizará en la eternidad, cuando podamos contemplar a Dios cara a cara y descansar definitivamente en su amor.

 

Mientras tanto, cada día es una oportunidad para recorrer ese camino. Los santos que hoy celebramos nos preceden, nos acompañan y nos animan. Son la prueba de que el Evangelio puede hacerse vida y de que la felicidad prometida por Jesús no es una ilusión. Es nuestro destino.

 

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