IV DOMINGO ADVIENTO -A- Is 7, 10-14/Rom 1, 1-7/Mt 1, 18-28
En este cuarto domingo de Adviento, el Evangelio nos relata los hechos que precedieron el nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de san José, el prometido esposo de la Virgen María.
José y María vivían en Nazaret; aún no vivían juntos, porque el matrimonio no se había realizado todavía. Mientras tanto, María, después de acoger el anuncio del Ángel, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Cuando José se dio cuenta del hecho, quedó desconcertado. El Evangelio no explica cuáles fueron sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él busca cumplir la voluntad de Dios y está preparado para la renuncia más radical. En lugar de defenderse y hacer valer sus derechos, José elige una solución que para él representa un enorme sacrificio. Y el Evangelio dice: «Como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado» (1, 19).
Esta breve frase resume un verdadero drama interior, si pensamos en el amor que José tenía por María. Pero también en esa circunstancia José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, repudiar a María en privado. Hay que meditar estas palabras para comprender cuál fue la prueba que José tuvo que afrontar los días anteriores al nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac (cf. Gn 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre una vía diversa, una vía de amor y de felicidad: «José —le dice— no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20).
Este Evangelio nos muestra toda la grandeza del alma de san José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande: la paternidad como cuidado del Mesías. Ser el que custodie, proteja y guarde la integridad del hogar de Nazaret. José entiende que este hijo viene de parte de Dios para que se cumplan los oráculos de los profetas y el pueblo de Israel alcance la salvación. José no entiende, pero confía. No pregunta, no exige explicaciones, obedece libremente porque sabe que Dios le ama, no engaña; cambia el rumbo de su proyecto, acoge una paternidad no elegida y esto no es debilidad, es fortaleza interior; actúa por fe. De este modo, aceptando el designio de Dios José se encuentra plenamente a sí mismo y muestra una disponibilidad interior a la voluntad de Dios que nos interpela también a nosotros mismos y nos muestra un camino de libertad interior auténtica.
Nos disponemos entonces a celebrar la Navidad contemplando a María y a José: María, la mujer llena de gracia que tuvo la valentía de fiarse totalmente de la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que prefirió creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén. Y lo hacemos, como nos ha recordado Pablo abiertos a la fe, desde el misterio profundo de la Encarnación, de la acogida de una Presencia que descoloca. Como un tesoro, una gracia que viene de parte de Dios y nos ofrece continuamente el camino de salvación, una nueva oportunidad. Que así sea con la Gracia de Dios.
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