27 de diciembre de 2025

Fiesta de La Sagrada Familia

Fiesta de la Sagrada Familia- Si 3,3-7/Col 3,12-21/Mt 2,13-15.19-23

 

P. Jesús Higueras

 

Aunque la escena es conocida, no por ello es menos incómoda. Dios no ahorra a la Sagrada Familia las dificultades que atraviesan todas las familias. Al contrario: las concentra. Un enemigo real, una huida nocturna, un futuro incierto. El ángel no da explicaciones largas, no da garantías. Solo una orden en la que confiar. José se levanta, toma al niño y a su madre, y obedece.

 

Este pasaje rompe cualquier imagen idealizada de la familia. En todas las casas hay problemas. En todas. También en la de Jesús. La familia no es el lugar donde todo sale bien, sino el lugar donde, a pesar de todo, el amor está llamado a triunfar. No porque sea fácil, sino porque es necesario. La Sagrada Familia no es un modelo por la ausencia de conflictos, sino por la manera de atravesarlos juntos.

 

A veces las cosas no salen como nos gustaría. Los planes se rompen, los sueños se aplazan, las seguridades desaparecen. José no había planeado huir a Egipto. María no había imaginado criar a su hijo lejos de su tierra. Jesús comienza su vida como refugiado. Y, sin embargo, ahí está la mano de Dios, no quitando el problema, sino sosteniendo el vínculo. Dios no actúa aislando, sino uniendo. No separa a José de María, ni a María del niño. Los mantiene juntos en medio del peligro.

 

La familia es el primer lugar donde aprendemos que la diferencia no es una amenaza. José y María son distintos, con historias, sensibilidades y recorridos diferentes. Y aun así, permanecen. La familia no se construye desde la uniformidad, sino desde la fidelidad. Permanecer cuando sería más fácil huir cada uno por su lado. Cuidar cuando el cansancio aprieta. Creer cuando no se entiende todo.

Por eso, cuidar la familia no es solo una cuestión privada o sentimental. Es una cuestión profundamente humana y, para el creyente, profundamente espiritual. Cuidar la familia es cuidar la voluntad de Dios, porque Dios ha querido salvar al mundo desde una familia concreta. Y es también cuidar a la humanidad entera, que hoy sufre una grave carencia de vínculos estables, de pertenencia, de hogares donde el amor sea incondicional.

La fraternidad universal no nace de grandes discursos ni de estructuras impersonales. Nace de hogares donde se aprende a perdonar, a esperar, a empezar de nuevo. Nace de familias que, aun heridas, no se rompen. Porque si todos somos hijos de Dios, entonces estamos llamados a vivir como hermanos. Y nadie aprende a ser hermano si antes no ha aprendido a ser hijo.

En este domingo de la Sagrada Familia, la Iglesia no propone una estampa perfecta, sino una familia real, vulnerable y obediente. Una familia que huye, sí, pero huye unida. Y eso es lo que salva.

 

24 de diciembre de 2025

"El pueblo que caminaba en tinieblas..."

NOCHEBUENA – A-  Is 9, 1-6 – Tito 2, 11-14 – Lc 2, 1-14

. Esta noche santa y sagrada es el momento en el que la espera culmina: la espera humana se encuentra, por fin, con la esperanza divina. Lo que durante siglos fue anhelo, promesa, profecía y clamor del pueblo de Dios hoy se cumple.  Y lo hace no con ruido,  sino con luz; no con poder sino con cercanía, no con gestos grandiosos sino  con un tierno niño envuelto en pañales, en un pobre lugar.

 

. La primera lectura ilumina nuestra noche: Isaías anuncia que el pueblo que caminaba en tinieblas  vio una gran luz y esa luz es un Niño. Dios rompe la oscuridad no con un poder estruendoso, sino con la fragilidad de un recién nacido. Así actúa Él: lo decisivo llega en la pequeñez. En un pueblo herido, exhausto la luz no surge  del esfuerzo humano, sino del cielo; no es un espejismo político, es un niño frágil hasta la indefensión pero portador  de títulos imposibles: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre perpetuo, príncipe de la paz. En esa debilidad late una fuerza que no quiebra. La historia gira aquí: la Luz llega en pañales.

 

. El Evangelio nos muestra cómo irrumpe esa luz: no en un palacio resplandeciente sino en la periferia del mundo; no entre los que dominan sino entre los que velan la noche; no rodeada de honores sino entre quienes apenas cuentan en la sociedad. La gloria de Dios resplandece  en el momento más inesperado, el lugar menos probable, donde el mundo no mira incluso desprecia. Desde esa cuna la historia ya no camina a ciegas: la luz tiene rostro y respira entre nosotros ("Yo soy la Luz del mundo. Quien me sigue no camina en tinieblas", dice Jesús). Todo converge en esa cuna: las promesas antiguas, la sed de justicia , el gemido de la humanidad…

 

. La carta a Tito va al centro de la teología de esta noche: "La gracia de Dios ha aparecido". No una doctrina más, no un código ético, no una idea inspiradora…ha aparecido una Persona: Jesús, la Gracia hecha rostro, manos, mirada y cercanía. Él purifica, Él educa, Él transforma, El reorienta nuestra vida desde el centro verdadero de la misma. Puede parecer "atrevido" pensar-reflexionar así en un mundo dominado por la tecnología, la IA, el dominio aparente del futuro… pero que se olvida de "lo humano", oculta el dolor, la soledad, el pecado…

 

. "Un niño envuelto en pañales": es escandaloso pero cierto: lo infinito cabe en lo pequeño, lo eterno se hace cercano. El niño del pesebre es el mismo que vivirá en Nazaret, predicará al pueblo, será elevado en la cruz: la cuna y la cruz muestran el mismo amor que se entrega, la misma fuerza divina que abraza la fragilidad. Y es que el cristianismo no nació de una idea, sino de una "carne"; no de un concepto abstracto, sino de un "vientre", de un cuerpo, de un sepulcro. La fe cristiana, en su esencia más auténtica, es histórica, se basa en hechos concretos, en rostros, en gestos, en palabras pronunciadas en una lengua, en una época, en un entorno. Dios eligió hablar una lengua, caminar en una tierra, habitar lugares, casas, calles… dejar huellas de su Misterio de Amor.  "Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia". Dios con nosotros. No estamos solos.

 

. La tradición mística habla de una venida interior: Cristo naciendo en el alma.  Pues "¿De qué sirve que Cristo nazca en Belén si no nace también en mí?".  Esta noche pedimos a Cristo que encuentre un lugar en nuestro corazón, que su Luz toque nuestras sombras, que su amor pacifique nuestras diferencias, que su presencia ordene nuestra vida con la paz del cielo. Es un misterio, el de Belén, que no se repite físicamente pero sí espiritualmente; que celebramos como memoria viva no simple recuerdo; como reactivación viva de la salvación. No buscamos un refugio en el pasado sino habitar el presente con conciencia para construir un futuro con raíces.

 

 . La Palabra se hizo carne de una vez para siempre pero  su fruto se actualiza en cada alma que se abre al misterio… quien se deja tocar por esta gracia no vuelve a ser el mismo. Que la Luz que brilló en Belén ilumine nuestras vidas, familias, comunidades, mundo, nuestros miedos, oscuridades… Feliz Nochebuena, Feliz Natividad del Señor. 

20 de diciembre de 2025

"Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer"

IV DOMINGO ADVIENTO -A- Is 7, 10-14/Rom 1, 1-7/Mt 1, 18-28

En este cuarto domingo de Adviento, el Evangelio nos relata los hechos que precedieron el nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de san José, el prometido esposo de la Virgen María.

José y María vivían en Nazaret; aún no vivían juntos, porque el matrimonio no se había realizado todavía. Mientras tanto, María, después de acoger el anuncio del Ángel, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Cuando José se dio cuenta del hecho, quedó desconcertado. El Evangelio no explica cuáles fueron sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él busca cumplir la voluntad de Dios y está preparado para la renuncia más radical. En lugar de defenderse y hacer valer sus derechos, José elige una solución que para él representa un enorme sacrificio. Y el Evangelio dice: «Como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado» (1, 19).

Esta breve frase resume un verdadero drama interior, si pensamos en el amor que José tenía por María. Pero también en esa circunstancia José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, repudiar a María en privado. Hay que meditar estas palabras para comprender cuál fue la prueba que José tuvo que afrontar los días anteriores al nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac (cf. Gn 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre una vía diversa, una vía de amor y de felicidad: «José —le dice— no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20).

Este Evangelio nos muestra toda la grandeza del alma de san José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande: la paternidad como cuidado del Mesías. Ser el que custodie, proteja y guarde la integridad del hogar de Nazaret. José entiende que este hijo viene de parte de Dios para que se cumplan los oráculos de los profetas y el pueblo de Israel alcance la salvación.  José no entiende, pero confía. No pregunta, no exige explicaciones, obedece libremente porque sabe  que Dios le ama, no engaña; cambia el rumbo de su proyecto, acoge una paternidad no elegida y esto no es debilidad, es fortaleza interior; actúa por fe. De este modo, aceptando el designio de Dios José se encuentra plenamente a sí mismo y muestra una disponibilidad interior a la voluntad de Dios que nos interpela también a nosotros mismos y nos muestra un camino de libertad interior auténtica.

Nos disponemos entonces a celebrar la Navidad contemplando a María y a José: María, la mujer llena de gracia que tuvo la valentía de fiarse totalmente de la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que prefirió creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén. Y lo hacemos, como nos ha recordado Pablo abiertos a la fe, desde el misterio profundo de la Encarnación, de la acogida de una Presencia que descoloca. Como un tesoro, una gracia que viene de parte de Dios y nos ofrece continuamente el camino de salvación, una nueva oportunidad. Que así sea con la Gracia de Dios.

12 de diciembre de 2025

"¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!".

III Adv-A- Is 35,1-10/St 5,7-10/ Mt 11,2-11

 

La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan (que  había señalado al Señor pero ahora está en la soledad de la cárcel y siente desorientación, silencio, frustración…) no nace del juicio a Juan sino de una delicada comprensión de su situación. En lugar de reclamarle mayor firmeza invita a contemplar lo que ya está sucediendo: la luz recupera espacios donde antes dominaba la sombras, la dignidad vuelve a levantar a quienes antes habían quedado al borde del camino, la esperanza se abre paso en nuestro día a día…

 

Jesús se revela  en hechos sencillos que nos sostienen y renuevan; llega poco a poco, no como un estallido deslumbrante o un fogonazo espiritual… o intervenciones grandiosas. El evangelio muestra  un modo distinto de obrar: una cercanía que se manifiesta en gestos discretos, en palabras que alivian, en presencia que reconforta sin imponerse. La acción de Dios, tantas veces inadvertida, avanza con la suavidad de quien conoce nuestro ritmo y no lo violenta.

 

Jesús deja entrever además la dificultad que acompaña todo discernimiento. Ni la misión de uno ni la del otro fueron entendidas por todos. Algo similar nos ocurre a nosotros. Hay tramos en los que la oración es árida y el sentido parece esquivo, incluso duele. Sin embargo, en estas zonas opacas continúa escribiéndose una historia de salvación… lo que Dios construye rara vez  coincide con nuestras propias previsiones pero siempre conduce hacia una experiencia más honda.

 

La duda de Juan permite  entrever que la fe se sostiene en una adhesión que permanece incluso cuando los contornos se desvanecen. Ese niño que nació, nace y nacerá se presenta como el regalo decisivo:  Dios se hace cercano, accesible,  capaz de entablar una presencia auténtica con la humanidad. Una relación que se fortalece tanto en la claridad como en la oscuridad de la noche y que encuentra en la fidelidad  su expresión más verdadera. Mientras caminamos, incluso en las dudas, él sigue trabajando en silencio. Esta es nuestra misión: seguir abriendo paso a la esperanza, aunque no lo entendamos del todo. La vida aunque parezca frágil sigue abriéndose paso.

 

En este sentido, el adviento nos ayuda a educar la mirada para reconocer que lo pequeño, lo que aparentemente no cuenta, es también lugar de epifanía. Un gesto de reconciliación, una serenidad inesperada en medio del cansancio, una muestra de afecto… todos ellos son signos que, sin alardes, permiten descubrir la acción de Dios en el mundo, una "acción" y una "presencia" tan sencilla y humilde, tan desconcertante,  que "¡Bievaventurado quien no se escandalice de mí!".  Que así sea con la Gracia de Dios.

6 de diciembre de 2025

"Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor..."

II DOMINGO DE ADVIENTO -A- Is 11,1-10/Rom 15,4-9/Mt 3,1-12

Jesús Higueras:

San Juan Bautista no escogió el desierto de Judea para inaugurar su ministerio por ser original o por rareza. Fue allí porque sólo en un lugar desnudo de ruidos y falsos apoyos el hombre vuelve a escucharse por dentro y, desde esa verdad, puede oír a Dios. El precursor del Mesías levantó su voz en medio de la soledad para recordarnos algo esencial: la presencia de Cristo no se reconoce en la dispersión, sino en el silencio fecundo donde el alma se abre a la gracia.

Hoy necesitamos ese desierto más que nunca. Vivimos rodeados de mensajes, pantallas, redes sociales, opiniones y noticias urgentes. Sin embargo, el ruido más dañino no es el exterior, sino el que llevamos dentro: preocupaciones que nos agobian, miedos que evitamos afrontar, pensamientos que se atropellan sin orden. Es un murmullo constante que nos impide oír el susurro más importante: la voz de Dios en nuestra conciencia.

Pero nos cuesta detenernos. En cuanto asoma la posibilidad de estar a solas con nuestra verdad, buscamos distracciones. A veces preferimos el ruido, aunque nos desgaste, antes que la claridad que nace del silencio. ¿Por qué? Porque en ese silencio aparecen nuestras heridas, nuestras incoherencias, nuestras dependencias. Y también surge la pregunta que más nos incomoda: «¿Estoy viviendo con sentido?»

El desierto –ese que Juan habitó con radicalidad– nos obliga a dejar de huir. Allí no hay pretextos. Allí el hombre se ve tal cual es. Y ese encuentro, aunque nos dé miedo, es decisivo; sin él, no hay conversión posible.

El Bautista no se anunciaba a sí mismo. Llamaba a la conversión para poder reconocer al Mesías que ya estaba en medio del pueblo. Su misión consistía en recordarnos que Dios llega cuando el hombre deja espacio. Y ese espacio no se abre con muchas palabras ni con promesas ambiguas, sino con silencio. Un silencio que no es ausencia. Es gestación. Es tierra fértil donde la gracia prende sin resistencia. Cuando uno calla por dentro, Cristo puede hablar. Cuando cesa el ruido interior, aparece una certeza nueva: Dios nos busca más de lo que nosotros le buscamos a Él.

El desierto de Juan sigue siendo actual. No hace falta viajar a Judea para entrar en él. Basta con detener el paso, apagar lo accesorio, mirar adentro sin miedo y dejar que Dios ilumine lo que encuentre. El silencio que tanto evitamos es, en realidad, el lugar donde comenzamos a vivir de verdad.

San Juan Bautista nos invita hoy a lo mismo que entonces: preparad el camino al Señor. Y ese camino se traza en el silencio interior donde Dios, sin estridencias, susurra la presencia de su Hijo. Allí empieza la Navidad. Allí nace la esperanza.