4 de marzo de 2010

"SEÑOR, DÉJALA TODAVÍA ESTE AÑO"

III Domingo CUARESMA -C- Ex 3,1-8a/1 Cor 10,1-6.10-12/Lc 13,1-9

           

El texto del Éxodo de hoy es fundamental en la religiosidad bíblica. Un episodio que acontece en el monte Horeb (Sinaí), que expresa la radicalidad del monoteísmo judío ("Escucha Israel: el Señor Dios es solamente uno, al que se debe amar con todo el corazón, con toda la mente, con todo el ser"). La narración subraya la grandeza y la trascendencia de Yahwé, que se manifiesta en la zarza que arde sin consumirse. Moisés que se acerca con curiosidad para "mirar un espectáculo admirable" debe descalzarse porque está pisando un lugar sagrado y se tapa la cara "temeroso de ver a Dios".

            Pero no se trata solo de la experiencia de un Dios que desborda el pensamiento humano y que exige una actitud de reverencia y adoración. Es un Dios que entra en la historia concreta de los hombres y no es insensible hacia las injusticias y opresiones que ellos sufren ("He visto la opresión...he oído sus quejas...me he fijado en sus sufrimientos...voy a librarlos y llevarlos a una tierra..."). Y cuando Moisés pregunta su nombre la respuesta "Yo soy el que soy", no es tanto una definición filosófica de Dios ("el que existe en sí mismo y por sí mismo") sino "yo soy el que estoy con vosotros, el que actúo y actuaré con vosotros". Es un Dios liberador, que actúa en la historia por la compasión hacia los desfavorecidos.

            El evangelio de hoy, en esta línea, nos invita a reflexionar sobre las actitudes sociales de Jesús. Es el único texto evangélico en el que se alude claramente a la violencia política de aquel tiempo: los galileos sacrificados por Pilatos. Al mismo tiempo se refiere a una tragedia de la vida laboral: los 18 trabajadores sepultados al derrumbarse el muro de la torre de Siloé. Ante estos dos hechos, Jesús no entra en declaraciones de tipo político o sindical. Afirma que estos hechos no deben explicarse como consecuencia de las culpas de las víctimas o de un castigo del cielo, sino que deben ser interpretados como una llamada a la conversión de sus oyentes. Aquí está el germen de una verdadera revolución que tiene como punto de partida la conversión y el cambio del corazón. A veces corremos el riesgo de quedarnos ciegos ante nuestra propia culpa. Tratamos de buscar al culpable y lo encontramos siempre en los demás. Pero todos sabemos que nuestra sociedad no cambiará por el hecho de que cada uno apunte al vecino, sino por la liberación personal del pecado que impide el amor a Dios y al prójimo.

            Jesús nos enfrenta con el realismo de la vida y de la historia y con las responsabilidades propias de cada uno. Nos lleva a reflexionar sobre los acontecimientos, a descubrir el sentido hondo de los hechos sociales, políticos..., en los que todos estamos implicados. Nos recuerda que son signo de la precariedad del hombre sobre el mundo y de la maldad que nos rodea y amenaza por la culpa que vamos segregando todos. Al mismo tiempo, estos hechos nos conducen, desde la fe, a sentir la solidaridad en la culpa, por insignificantes que puedan parecer nuestras faltas personales y nos reclaman la conversión, la apertura al misterio del amor de Dios que nos recuerda que el cambio es posible. Dios no quiere la muerte del pecador, sino "que se convierta y viva". No cabe el pesimismo sombrío; sino la conversión y la esperanza en un cambio fundamental que permita a la persona y a la comunidad humana realizar su destino. No cabe desmoralizarse si las cosas van mal, inhibirse, sino ponerse manos a la obra para enderezar el rumbo torcido y colocar la vida en su ruta verdadera. Dios sabe esperar. Conoce el corazón del hombre y sabe que convertirse no es fácil. Por eso la parábola de la higuera es de gran consuelo para el hombre débil y no pocas veces estéril en sus esfuerzos de conversión. Dios espera y actúa ("cavaré alrededor...).

Tenemos que huir de las falsas seguridades ("El que se cree seguro ¡cuidado!, no caiga", nos ha recordado san Pablo). Que así sea con la Gracia de Dios.