9 de julio de 2009

"ELLOS SALIERON A PREDICAR..."

. XV TO –B-  Am 7, 12-15 /  Ef 1, 3-14  /  Mc 6, 7-13

        El día de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI, abría oficialmente al Año Sacerdotal. Un Jubileo que, entre otras cosas, está destinado a rezar por todos aquellos que hemos sido llamados al Ministerio Sacerdotal en medio de la comunidad. Al leer la segunda lectura de la liturgia de este día, San Pablo nos anima a continuar en nuestra tarea: ¡Dios nos ha elegido!. Y, si el Señor nos ha señalado, nos acompaña en nuestros avatares, dificultades, proyectos, inquietudes y desvelos. No podemos defraudar a Aquel que, en Cristo, nos llama a "ser irreprochables por el amor".  Pero, los elegidos no solamente son o somos los sacerdotes; todos, desde el momento de nuestro Bautismo, insertados en el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, estamos convocados y urgidos a desarrollar –con nuestros carismas, habilidades, dones, talentos e inteligencia- una misión personal que nada ni nadie en nombre de nosotros podrá realizar;  cada uno, allá donde está, debe  iluminar su vida cristiana para dar así vida y luz  a todo lo que le rodea.

Y es que nuestra fe, además de personal, ha de comunicarse. No podemos recluirla en la caja de cristal que existe en el corazón de cada persona. La fe  se expande allá donde existe un afán evangelizador; donde los cristianos, sintiéndonos tocados y elegidos por Dios, no nos replegamos  sobre nosotros mismos y nuestras estructuras y somos capaces de ser profetas  y anunciadores del Evangelio. Los enviados no pueden ser siempre "los otros". Hoy, como siempre,  además de sacerdotes, sabemos que todos,  hombres y mujeres, estamos llamados a acoger  el encargo de  Jesús: "id por el mundo" para hacer el bien.  Lo haremos, por supuesto, en comunidad. No está bien llevar a cabo, las cosas de Dios, en solitario. Intentaremos quitar hierro a tantas situaciones que se producen en nuestro entorno;  nos alejaremos de todo aquello que nos haga pensar que, la evangelización, depende sólo y exclusivamente del factor humano y, mirando al mundo –sin imposiciones y con propuestas concretas- intentaremos llevarles la alegría del Evangelio. Jesús insiste en la urgencias de anunciar y establecer el Reino de Dios cuanto antes, pero nos hace ver que lo importante es el anuncio, no tanto los medios empleados en la evangelización. Por eso nos dice que no llevemos talega, ni alforja, ni sandalias. Por muchos recursos que se empleen hoy en la pastoral, lo fundamental será siempre la transmisión de nuestra experiencia de encuentro con Jesús de Nazaret y la confianza ilimitada en Dios.

        Esto exige en nosotros una conversión de vida y una disponibilidad radical para escuchar su Palabra y anunciarla con valentía. Podríamos decir que se pide a los Doce (y a todos los hombres y mujeres en misión): la comunión ("los fue enviando de dos en dos"), la pobreza ("un bastón y sandalias para el camino", nada más"), la coherencia de una conducta humilde ("quedaos en la casa donde entréis...",  sin buscar otra mejor...),  la libertad de espíritu ( " y si un lugar no os recibe ni os escucha... sacudios el polvo de los pies..."),  la coherencia y valentía para acercarse al corazón de las personas y expulsar el miedo. No hay que temer el rechazo: Amós no calló,  Jesús mismo fue rechazado por los suyos y hoy nos acompaña en la misión, por eso estamos alegres y seguros de que merecerá la pena. Si echamos una mirada a nuestro mundo nos damos cuenta de la urgencia de la evangelización y ¡Cómo no vamos a estar contentos de que el Señor nos haya elegido para anunciar una Buena Noticia! Hemos sido elegidos para ser santos por el amor y destinados a ser hijos de Dios. Y recordemos, Dios no elige a los capaces,  pero nos hace capaces de la misión desde nuestra pobreza.¿Se puede pedir más?. Que así sea con la Gracia de Dios.

3 de julio de 2009

"¿NO ES ÉSTE EL HIJO DEL CARPINTERO...?

XIV TO – B -Ez 2, 2-5 - 2Cor 12, 7-1 -  Mc 6, 1-6

El domingo pasado los textos litúrgicos nos invitaban a reflexionar sobre la fuerza y el poder de la fe. Hoy están centrados en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante ellas. Destacamos tres:

 La primera es la de los israelitas: a los que vivían en el siglo VI a. C. les chocó y se les hizo un verdadero drama el ver que Jerusalén era conquistada por los babilonios, que les deportaron en gran número a su propio país. ¿Dónde estaba la fidelidad de Yahvéh a sus promesas? ¿Dónde está, se preguntaban los israelitas, el brazo poderoso de Yahvéh? Se sentían abandonados, en rebeldía, pero en lugar de buscar solución a sus dudas sobre la fidelidad de Dios, se aferran a ellas,  se encierran en su obstinación y con ello su corazón se endurece ante la voz de Dios que sigue hablándoles por medio de Ezequiel. En lugar de buscar resolver sus dudas de fe, se hunden más en ellas, incapaces de descubrir en la voz del profeta  un signo de que Dios sigue estando preocupado por su pueblo. 

La segunda actitud es la de los habitantes de Nazaret:  Ellos no pueden dudar de

los signos y prodigios que ha hecho Jesús en Cafarnaum y en los pueblos de su alrededor,  pero les cuesta  creer que un hombre corriente, y de su pueblo, como es Jesús, logre hacer tales cosas. Sin duda que ellos se habrían dado cuenta desde antes.  Algo raro y extraño ha sucedido, aunque no sepan qué es. Ellos conocían la familia tan normal de Jesús,  su infancia y juventud, sus padres, su oficio, sus parientes; lo habían visto crecer como uno entre tantos... sabían que no había estudiado en ninguna escuela rabínica, ni pertenecía a la casta sacerdotal,  no era miembro de familia  honorable que pudiera haberle transmitido su ciencia o su poder...  y, quizás, por ello,  no  podían  creer lo que  cuentan de él.  Es evidente que no hay cosa peor para la fe que acostumbrarse a vivir con el misterio a nuestro lado, perdiendo toda capacidad de asombro en            lo         cotidiano...
            La tercera actitud, muy diversa de las anteriores, es la de Pablo. La visión de Damasco ha marcado para siempre su vida. Lo que le pasa tiene que explicarlo desde ese momento  sobrecogedor  y profundo. Y así, desde esa experiencia de fe, llega a dos conclusiones:

1. Ante las crisis de fe está presente la gracia de Cristo para enfrentarse a ellas con decisión y valentía. El creer encuentra dificultades en cualquier época y en cualquier punto de la tierra.  Algunas son las de siempre, pues la fe es un don y hay que acogerlo en la oración y con humildad, pero, otras son actuales: el desinterés más o menos marcado por lo que no sea inmediato y aporte algo útil al hombre hoy, aquí y ahora; la excesiva confianza en la razón científica, en prejuicio de la razón filosófica que predispone para la fe; el espíritu relativista dominante;  amplios sectores de la sociedad, en los que "Dios" es un punto de vista más, en concurrencia con otros aparentemente más atractivos; no pocas veces se menciona también la imagen de una Iglesia retrógrada, enrocada en el pasado en la propuesta de algunas verdades dogmáticas o morales... en fin, podríamos añadir mas  dificultades a la lista.
            2.  En la debilidad, es donde soy más fuerte, pero no con mi fuerza, sino con la fuerza de Dios. La prueba de la fe es un momento extraordinario para acrecentarla y consolidarla. Con todo, esa experiencia no libra del aguijón de la "carne" (¿una enfermedad? ¿la conciencia de su debilidad ante la misión? ¿el sentir el peso del propio pecado?). También Pablo pasó por el escándalo de la fe;  tuvo dificultades, se sintió débil y en la debilidad  se mantiene firme porque una voz en su interior le repite: "Te basta mi gracia".  Si mil tentaciones no hacen una caída, tampoco mil dificultades hacen una sola duda de fe, ni una sola. Que así sea con la Gracia de Dios.