29 de agosto de 2026

“¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma?”)

2026. XXII TO-A- Jer 20, 7-9/Rom 12, 1-2/ Mt 16, 21-27

El diálogo del domingo pasado de Jesús con Pedro confesando el mesianismo de Cristo, fue signo de apertura a la revelación, lo que le convirtió en piedra sobre la que edificar la Iglesia. Este domingo, Pedro pierde los papeles, y la condición humana le lleva a buscar intereses humanos sin contar con el Padre, convirtiéndose en “Tentador satánico” (“Lejos de mi Satanás. Eres piedra de tropiezo… piensas como los hombres…”. Y es que nadie quiere perder, fracasar... pero, al mismo tiempo, estamos llamados a vivir el amor, la verdad, la justicia… asumiendo la fragilidad y con el compromiso de darlo todo por amor, incluso en medio de la incomprensión y el sufrimiento.

“Me sedujiste Señor y me dejé seducir...me forzaste y me pudiste...La Palabra era en mis entrañas fuego ardiente... intentaba contenerla y no podía”. Se trata de dar  la vuelta a la moneda y pasar de lo que separa de Dios, a lo que une Él; pasar por la cruz, el servicio, la misericordia y el perdón, para llegar a lo bueno, lo perfecto, lo que le agrada (Rom. 12, 1-2). Si el ser humano se ajusta a este mundo, el individualismo ahoga todo lo que significa la dimensión social y comunitaria. La seducción por el Señor puede acarrear mal “problemas” (“miedo, desprecio, oprobio”, dice el profeta) al tener que denunciar y actuar contra toda opresión, en forma de persecución personal, ideológica, emocional. Pero es necesario mantener abierto el diálogo, la oración e intimidad con el Señor y recordar que, en cualquier caso, el profeta, el cristiano, es mediador.

El evangelio recuerda que quien quiere ser discípulo: “Que cargue con su cruz y me siga”. La cruz, el martirio incruento de cada día, el peso constante del mal, la falta de cirineos en el mundo son fuerza para el discípulo de Jesús. A veces hay que caminar “contra corriente” asumiendo siempre la realidad tal cual es, tanto a nivel personal como de los demás, y hacerlo no como una actitud de resignación estéril sino como un camino de humanización y con la esperanza puesta en el Señor. Esta actitud aligera el peso de la Cruz, permite compartirla  y valorar las cosas de este mundo en su justa medida (“¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma?”).

Decía el papa Francisco: “Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo. «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.

 

Pablo, en su Carta, esta enseñanza al mantener una actitud crítica frente al mundo y recordar: “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Se trata ciertamente de una lucha dura, dramática en ocasiones.... en la que Dios se manifiesta más fuerte. Que así sea con su Gracia.

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