XVII TO-A- Reyes 3, 5.7-12/ Rom 8, 28-30/ Mt 13, 44-52
. “Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir el bien del mal”, suplica Salomón, rey joven que se enfrenta a la responsabilidad de gobernar el pueblo. Esta fue la sabiduría de Salomón: reconocer su debilidad, sus dudas, miedos y búsquedas “soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar”) y, desde esa actitud, pedir honradez y sensatez de vida para cumplir bien su misión. Una petición que bien podríamos hacer nuestra, para actuar siempre conforme al querer de Dios.
. Hoy, en el evangelio, Jesús, con diferentes imágenes, nos describe el misterio del Reino de Dios. Una siembra, un tesoro escondido, una perla fina… un descubrimiento valioso al que se corresponde con renuncias también valiosas: vender todo lo que se tiene para conseguirlo. Es una elección precisa que implica caminar, buscar, hallar, discernir, comprar, comprometerse: en la medida en que es importante el hallazgo así es importante la elección, una elección que, en el fondo es una apuesta, pero una apuesta que nos hace felices, que cumple las expectativas y por eso se puede renunciar a todo lo demás. La parábola nos recuerda el valor de aquello por lo que apostamos la vida. La fe no es un rinconcito de la existencia, es el tesoro encerrado en el corazón por el que tiene sentido todo lo demás.
. Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano, pero cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. Lo vendió todo; había encontrado el tesoro y fue feliz, vivió la “perfecta alegría”.
. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes, pero tú eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte. Y es que, bien lo sabemos, el cristiano no puede vivir la fe como una pesada carga de deberes y obligaciones sino como n descubrimiento gozoso que puede cambiar y cambia toda la vida.
Decía el papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de aquellos que se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (cf. Exort. ap. Evangelii gaudium , 1). Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a la necesidad y a la acogida de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles.
San Pablo recuerda que “toda la humanidad” está llamada a ser comunidad de “muchos hermanos”, para recibir el “perdón de Dios” y alcanzar la gloria de la Resurrección. La verdadera vocación del hombre es conformar la vida a Cristo; el destino último y definitivo de la persona es la unión con Cristo. “A los que aman todo les sirve para bien”. Que así sea con la Gracia de Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario