2 de octubre de 2019

"Señor auméntanos la fe"

DOMINGO XXVII TO -C- Habacuc 1,2-3,2,2-4/2 Tim 1,6-8.13-14/Lc 17,5-10

 

Dice el dicho japonés: “el camino es según el compañero”. El camino supuestamente más cómodo por las mejores autopistas y con el mejor de los coches, puede ser incómodo, desagradable y aburrido si lo es el compañero que va con nosotros. Y el camino de montaña, sembrado de piedras y raíces, empinado entre riscos, puede convertirse en el recuerdo más maravilloso de nuestra vida según la mano del compañero en el que nos apoyamos y confiamos. Esto es lo que nos da la fe. No nos da un camino privilegiado y cómodo.  Nos da un compañero que nos enseña desde el comienzo cuál y cómo va a ser el camino.  Un compañero que se define a Sí mismo como Pastor que camina delante por senderos de montaña, Pastor cuya mano fuerte está siempre al alcance de la nuestra por si resbalamos en el camino, que conoce bien sus caminos, aunque a nosotros no nos lo parezca.

 

La fe es un don de Dios que nos permite descubrir su presencia en el vivir de cada día, en nuestra historia. Es la respuesta libre a la iniciativa de Dios que se revela y manifiesta. No nos hemos dado la fe a nosotros mismos, como no nos hemos dado la vida. Es un don que hemos recibido de otro y que tenemos la responsabilidad de transmitir a otros. Es un acto personal ciertamente pero no es un acto aislado. Debemos vivirla con los demás. Por ello, pedir hoy el don de la fe es pedirle a Dios que nos ayude a reconocerlo en nuestras vidas, en nuestra historia y poder así vivir su presencia y su palabra con mayor plenitud; que nos ayude para poder entender los acontecimientos de nuestra vida, del mundo, para que podamos orar con esperanza por la paz y la justicia, para que no cesemos de hacer presente su amor y su perdón con nuestro testimonio.

 

Fe y vida o se sostienen juntas o juntas se derrumban. Una fe basada en una humildad profunda (reconocimiento de la propia pequeñez frente a Dios: “Hemos hecho lo que teníamos que hacer”); en una fe esperanzada en la intervención de Dios que no disminuye frente a las tribulaciones y sufrimientos; que actúa con justicia y para bien de los que ama y una fe testimoniada porque es don, pero también tarea y responsabilidad. La fe hace milagros: pequeños si es poca la fe; grandes si el creyente se hace tan pequeño y confiado que manifiesta la gloria y la fuerza de Dios.

 

Precisamente el Papa Francisco nos recuerda en el mensaje para este mes de octubre, mes misionero extraordinario que somos “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo. La celebración de este mes nos ayudará en primer lugar a volver a encontrar el sentido misionero de nuestra adhesión de fe a Jesucristo, fe que hemos recibido gratuitamente como un don en el bautismo. Nuestra pertenencia filial a Dios no es un acto individual sino eclesial: la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es fuente de una vida nueva junto a tantos otros hermanos y hermanas. Y esta vida divina no es un producto para vender —nosotros no hacemos proselitismo— sino una riqueza para dar, para comunicar, para anunciar; este es el sentido de la misión. Gratuitamente hemos recibido este don y gratuitamente lo compartimos (cf. Mt 10,8), sin excluir a nadie. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, y a la experiencia de su misericordia, por medio de la Iglesia, sacramento universal de salvación (cf. 1 Tm 2,4; 3,15; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48).

Son muy hermosas las palabras de Pablo a Timoteo en la segunda lectura.   Reaviva el don que recibiste, no te avergüences de dar testimonio, toma parte en los duros trabajos del evangelio, vive con fe y amor en Cristo Jesús… porque Dios nos ha dado un espíritu de energía, amor y buen juicio. Y mantén siempre la humildad (“Señor aumenta mi fe”) y la confianza total (“He hecho lo que tenía que hacer”). Todo por amor y con amor al Señor en los hermanos. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

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