16 de noviembre de 2018

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán"

DOMINGO XXXIII T. O. -B- Dan 12,1-3/Heb 10,11-14.18/Mc 13,24-32

 

Hoy, a punto de terminar el año litúrgico, la Palabra de Dios, mediante un lenguaje misterioso, simbólico, plástico, intenta introducirnos en el misterio del fin del tiempo y de la historia. Oculto tras una representación de enorme viveza (“los que duermen en el polvo despertarán”, “el sol se hará tinieblas, caerán las estrellas...”) hay un mensaje divino que nos enfrenta con la certeza de que todo lo humano tiene su fin; todo lo humano, hasta las cosas mejores de la vida, tiene fecha de caducidad. Quizás por eso las personas no acabamos de encontrar esa alegría y esa felicidad que promete el mundo y que, cuando creemos que se acerca, se aleja, como una sombra, de nuestro corazón. 

 

El fin de la vida y el fin del tiempo. El ropaje literario, propio de la apocalíptica judía, que aparece en tiempos de persecución (Antíoco IV Epifanes y posiblemente Nerón) no debe angustiarnos y menos todavía ocultarnos el mensaje de revelación de Dios: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Para Mc la destrucción de Jerusalén y del Templo sirve de símbolo de los tiempos finales. Igualmente, la imagen de la higuera desde que florece en primavera hasta que maduran los higos sirve para señalar el tiempo intermedio entre la historia concreta y el final de la misma. Hay pues una relación entre el tiempo y la eternidad, entre el fin de la vida y el fin del tiempo. Ambos finales, que llegan con la muerte, se viven a la luz de la esperanza cristiana.

 

Desde el realismo de la vida, sabemos también que mientras el mundo exista no dejarán de suceder los signos de los que habla Jesús, fruto de la locura y de la barbarie de los hombres: guerras, odio, desolación y muerte. Es la cara oscura del pecado que asola la tierra y muchas veces, sumerge a los creyentes en la duda sobre la victoria final. Es preciso velar, resistir la tentación del sueño, porque la palabra de Cristo -eso es lo cierto- no dejará de cumplirse, como las yemas de la higuera que anuncian el verano. Esta es la verdad definitiva: el cielo y la tierra pasarán, las palabras de Cristo no pasarán. Y estas palabras no sitúan sabiamente en la incertidumbre de lo cierto. Cristo está a la puerta, llama. Si le abrimos entrará, se sentará junto a nosotros…

 

El futuro está en manos de Dios (“Y mañana Dios dirá…”, decimos en lenguaje coloquial). Sin embargo, nosotros, debemos construirlo, no desde la angustia o el miedo, sino viviendo el presente que está en nuestras manos con una actitud vigilante, positiva, esperanzadora. Para nosotros, creyentes, el final de la historia no es catástrofe sino salvación para los elegidos, el acontecimiento último de la historia de la salvación. Para eso Cristo murió en la cruz, “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio” y ahora, junto al Padre, nos espera para darnos, cuando Él quiera, el abrazo de la comunión definitiva y perfecta, del amor.

 

Mientras tanto vivimos y caminamos en esperanza; no una” falsa esperanza” que pone en nosotros o en las cosas y medios todas las expectativas, sino la “esperanza que no defrauda” porque está arraigada, anclada en Cristo y nos remite a Dios y a los hermanos pasando con realismo por “las distintas estaciones de la vida”. .  Lutero dijo una vez. “Si mañana fuese el fin del mundo hoy plantaría un manzano”. Jesús nos enseña este valor para vivir; no se entrega a muchas cavilaciones sobre la situación del mundo, sino que interviene salvíficamente donde los hombres y mujeres le necesitan. Y mañana, lo recuerdo de nuevo “Dios dirá”. Por eso no hay que hundirse. Mantener siempre la paz en el corazón. Que así sea con la Gracia de Dios.