3 de marzo de 2011

"...SINO EL QUE CUMPLE LA VOLUNTAD DE MI PADRE QUE ESTÁ EN EL CIELO"

IX TO-A- Dt 11, 18.26-28 / Rom 3, 21-25.28 / Mt 7, 21-27

 

Los pasajes del libro del Deuteronomio y del evangelio, subrayan claramente la necesidad que tenemos de cumplir los preceptos del Señor. Porque no basta con escucharlos y recordarlos si después nos desviamos del camino que nos marcan; como no basta confesar con los labios que Jesús es el Señor, si no cumplimos fielmente lo que nos dice. Santiago escribe: “la fe sin obras es fe muerta”, y san Pablo nos dice hoy: "Sostenemos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley".  ¿La fe o las obras?, ¿qué es lo que salva? En el corazón del mensaje surge la dialéctica, pero no es lícito separar los dos extremos, ya que  ambos pertenecen al núcleo del mensaje.

El que nos salva es Dios en Jesucristo. La fe, ella misma gracia de Dios, es la aceptación agradecida de esa salvación. Por eso el mensaje cristiano es “evangelio”, buena noticia, porque en él se proclama la iniciativa y la obra de Dios en favor nuestro, el perdón que nos concede a todos siendo, como somos, pecadores. Porque Dios,  libre y  gratuitamente,  nos ha pasado de la muerte a la vida y nos ha hecho sus hijos. De modo que no tenemos nada de qué presumir delante de Dios ni delante de los  hombres, y mucho que agradecer. La conciencia de esta salvación nos hace humildes, generosos, alegres..., porque es la experiencia de la gracia de Dios. Queda así descartada la autosuficiencia y el orgullo espiritual.

Las obras, necesarias e importantes, nacen de la fe, de la nueva vida que hemos recibido; esto es, las obras que hacemos son con el impulso del espíritu de Cristo y dejándonos llevar de ese espíritu que nos ha sido dado. De este modo,  las obras son la manifestación y la realización de la fe; son como frutos de un árbol, su testimonio. Por ello,  la exigencia de las obras nace de lo que somos. San Pablo no se cansará nunca de fundar el compromiso ético en la acogida del evangelio. Primero, el indicativo: "Sois hijos de Dios...", "habéis resucitado con Cristo..."; pero inmediatamente después, unido como el cuerpo al alma, el imperativo moral: "vivid como hijos de Dios", "buscad las cosas de arriba". La justificación es un don gratuito de Dios en Jesucristo, no solo fruto del esfuerzo humano, si bien, el mismo Jesús, que evangeliza a los pobres y a los pecadores anunciándoles la llegada del reino de Dios, recuerda siempre la necesidad de la conversión.

Creer es también “comprometerse”, porque es obedecer,  responder a la palabra de Dios con el alma, el corazón y con toda la vida. No es solo recordar, saber o retener unas verdades, sino vivir.  Y esto elimina, de una parte, toda clase de ritualismos sin alma; y, de otra, cualquier especie de espiritualismo sin cuerpo. Porque la fe se realiza en las obras: “Muéstrame tu fe sin obras que yo, con mis obras, te mostraré mi fe” (Santiago). En la vida existen ocasiones en las que la única forma de decir algo es hacer, poner en práctica, incluso cuando se trata de callar y escuchar.  

Hay que volver a la prudencia  señalada por Jesús: edificar nuestra vida exclusivamente sobre él; aunque caiga la lluvia, vengan las tormentas, soplen los vientos y embistan contra nosotros, seguiremos conservando la  fidelidad, porque está cimentada  sobre “la roca”, la palabra veraz y la vida de Jesús. Hoy se puede contemplar  toda una generación de náufragos, sin hogar y sin cobijo en su dimensión religiosa, que oyeron las palabras de Jesús, pero no las pusieron en práctica;  pensaron hacer frente a las tormentas de la vida sin oración, sin interioridad, sin convicciones...y todo era ”pura arena”, buena voluntad sin fundamentos; no se puede edificar algo que perdure de cualquier manera.  La fe, que  es confianza inquebrantable en Dios, alimentada por la oración, nos  pide “escuchar” y “cumplir” su  voluntad.  Que así sea con la Gracia de Dios.