14 de marzo de 2026

"... ahora sois luz".

IV DOMINGO DE CUARESMA -A- 1 Sm 16,1b.6-7.10-13a/Ef 5,8-14/Jn 9,1-41

 

. Ciego de nacimiento. La gente le mira como un pecador castigado por Dios; los discípulos se preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres… pero Jesús le mira de un modo diferente. Mira el interior, el corazón.  Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de la vida que lleva, del rechazo que sufre por parte de todos. La misión de Jesús es dar Luz, acoger, liberar, curar precisamente a quienes viven despreciados y humillados; devolver la conciencia de la propia dignidad, del propio valor manifestándole su amor.

 

. En torno a la escena  están magistralmente descritas otras actitudes ante el hecho de la luz: los que son meros espectadores que no comprenden el significado del signo  ni cambian en su vida; los que tienen miedo a las consecuencias de ver la luz que exige vivir de otra manera, los padres del ciego que no quieren problemas, los que se quedan en meras y estériles discusiones teológicas sobre el origen del mal, olvidando la responsabilidad y las respuestas frente a ese mal… quizás nos vernos  reflejados en alguna de estas  actitudes pero, podemos también,   como el ciego, abrirnos a la Presencia de Dios  que viene a nuestro encuentro en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida;  tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.

 

. ¿Qué significa tener la verdadera luz, caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría del prejuicio contra los demás, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de rechazo contra quienes juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelo.  Significa no dejarse guiar por la seductora y ambigua luz, es la del interés personal: si valoramos hombres y cosas en base al criterio de nuestra utilidad, de nuestro placer, de nuestro prestigio, no somos fieles a la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si vamos por este camino del buscar solo el interés personal, caminamos en las sombras. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, si el «misterio de la luna», porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el «misterio de la luna»: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor.

 

. Nos ha recordado San Pablo que quienes "hemos recibido el bautismo hemos  pasado de las tinieblas a la luz ("erais tinieblas, ahora sois luz") y debemos  practicar las obras de la luz (bondad y la justicia) buscando siempre agradar al Señor permaneciendo en la unidad del cuerpo de Cristo.  Las tinieblas son estériles.  "Busquemos lo que nos hace ver (verdad, misericordia…); rechacemos lo que nos ciega (prejuicios, pecado…). Miremos más al corazón de las personas; a los ojos del que sufre antes que al manual de instrucciones.... No seamos ciegos voluntarios. Vamos a encender la luz sin temor. Pidamos la Luz. Seamos luz. Que así sea con la Gracia de Dios. La humildad de quien se sabe necesitado de luz… de ahí nace la fe…

 

Solo la fe nos hace capaces de ver realmente: Gerardo Diego escribía:

"Están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver;

por la oscuridad del mundo voy como un ciego que ve.

Tú que diste vida al ciego y a Nicodemo también,

Filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe.

Porque Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver,

Creo en Ti y quiero creer".

…, porque la fe,  abre a la verdad.

7 de marzo de 2026

"Danos agua que beber"

III DOMINGO DE CUARESMA-A-  Ex 17,3-7/Rom 5,1-2.5-8/Jn 4,5-42 - 

La primera lectura de este tercer domingo de Cuaresma es un reflejo del miedo que siempre trae consigo cualquier cambio: ese vértigo que nos hace añorar seguridades que nos encadenan cuando el horizonte se muestra árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde van a experimentar que Dios no mira desde la distancia, sino que «camina con ellos» y que la precariedad que padecen es pasajera. La verdadera libertad no es nunca ausencia de dificultades.

Que el agua -ese elemento imprescindible para poder sobrevivir- salga de una roca, no deja de ser una imagen que sacude nuestra lógica. Dios se manifiesta precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible. Ahora bien, no es un mago que elimina el obstáculo, sino una fuente que surge desde dentro mismo de la situación. Porque Dios no se manifiesta como un esclavo de nuestros caprichos ni responde a la magia de un bastón. Él es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

Ahora bien, es necesario "dejar el cántaro", como la samaritana. El evangelio de este domingo nos muestra que Jesús rompe el muro de los prejuicios. Los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema. Y Jesús muestra que Él se sitúa por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos; por encima de cualquier barrera ideológica. Nos enseña a dejar de lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría. 

La escena, además, ocurre junto a un pozo, el pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. Y la conversación es sobre el agua y el espíritu invitándonos a un nuevo nacimiento, a un nuevo comienzo. Una vida marcada por búsquedas frustradas, naufragios afectivos, desencantos que impiden refrescar su vida. Y, sin embargo, desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y descoloca a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.

Toda la vida humana está atravesada por la sed. Sed de amor, sed de verdad, sed de reconocimiento, sed de plenitud. Son deseos profundamente legítimos y limpios. Pero la experiencia nos muestra que muchas veces el mundo no logra saciarlos. Buscamos en relaciones, en proyectos o en éxitos algo que calme esa inquietud interior, y sin embargo la sed vuelve a aparecer. San Agustín lo expresó con una frase que resume toda la historia espiritual del hombre: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Solo Cristo puede saciar verdaderamente el corazón humano. Y precisamente Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que ser justificados es vivir de la Gracia; porque la Gracia tiene la enorme capacidad de sanar, limpiar, recomponer y restaurar a quien se siente roto y deshecho. Es una inyección de amor capaz de llenar de vida a la persona. Por pura Gracia.