14 de febrero de 2020

"Habéis oído que se dijo... pero yo os digo..."

VI DOMINGO TO – A-  Eclo 16, 6-21 / 1 Cor 2, 6-10 / Mt 5, 17-37

Uno de los datos más atestiguados en los evangelios es la libertad de Jesús frente a todo lo que pueda obstaculizar su misión: frente al templo y frente a la ley, frente al poder político y los dirigentes religiosos, frente a las tradiciones antiguas y las nuevas corrientes que circulaban por la sociedad judía. Pero no es un contestatario que se oponía por que sí; su fundamento estaba en la obediencia al Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. Jesús, que se mostró siempre libre para amar recordando que “no es el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre” y hablando con una autoridad reconocida y valorada por todos, quiere, sin embargo, revalidar la Antigua Alianza en su integridad, por eso, confirma la autoridad de Moisés y de los profetas. Nada de sus enseñanzas y normas, expresión de la alianza de Dios con el pueblo, está suprimido ni caducado. Pero, con una salvedad: que el espíritu no sea ahogado por la letra, que la ley no se separe de la profecía, porque en la base de la Ley está la liberación. “Yo soy el Dios que te saqué de Egipto”, con estas palabras empieza la declaración del Sinaí, lo cual significa que las prescripciones religiosas y legales eran consecuencia de la profunda liberación y garantía de la misma.

Por eso, la expresión evangélica: “dar plenitud” es descubrir el verdadero sentido de las prescripciones. La ley es como un indicador de dirección en el camino, que no está para aferrarse a encaramarse a él sino para señalar, orientar y marcar los límites; es una señal luminosa en la noche que nos advierte lo que no debemos olvidar: “Cuando el sabio señala la luna, sólo el necio se queda mirando el dedo”; es necesario mirar al ideal, a la meta y ponerse en camino hacia la libertad y el amor. Al mismo tiempo, la ley puede ser también “el camino de la vida” y cuando la formulación es negativa (“No harás…, no matarás…”) es el reverso de una invitación a liberarse de todo lo que estorba el impulso hacia Dios, a abrirse, a crecer en verdad, a amar. Jesús libera la Palabra, aprisionada por las tradiciones de los hombres, cautiva de la historia pasada, para mostrar que Dios sigue actuando hoy y su espíritu nos habla a nosotros pidiendo una respuesta en el plano del amor y del interior, porque es en el corazón donde el hombre pone a prueba su fidelidad a Dios y su apertura a los hermanos.

“Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo…”: El mandamiento de “no matar” sólo se cumple en plenitud, cuando amamos al prójimo, incluso al que nos ha ofendido, y le perdonamos de corazón. El mandamiento “no cometerás adulterio” no se refiere únicamente al hecho físico, sino al deseo psicológico. El mandamiento “el que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”, interpretado sólo literalmente deja a la mujer en inferioridad legal frente al hombre; la plenitud de esta ley exige que sea el amor el que regule las relaciones entre los esposos. El mandamiento “no jurarás en falso” es verdadero, pero la plenitud de esta ley exige ir más allá de lo que dice la letra, exige que mi palabra y la palabra del otro sean palabras fieles y, en consecuencia, que sea suficiente decir “sí” o “no” para cerrar un pleito o un negocio. En definitiva, que el cumplimiento de la letra de la ley, en sí misma, no nos salva; lo que nos salva es cumplir la ley en su plenitud, es decir, que la ley sea siempre expresión de mi amor a Dios y al prójimo. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

25 de enero de 2020

"Convertíos..."

III DOMINGO T.O.-A-  Is 8,23-9,3/1Cor 1,17-13.17/Mt 4,12-23

La cosa empezó en la “Galilea de las gentes”. Nazaret, que no estaba en los planes de nadie, salvo en los de Dios, era un lugar desconocido. Tal vez por eso, José y María pensaron que era el mejor sitio posible para criar al niño que iba creciendo. Nadie sospecharía, salvo los vecinos, que aquel hogar, uno de tantos…, era una lámpara en la que brillaba una gran luz… la única luz. Pero como en cualquier proceso de crecimiento humano, era necesario un tiempo de maduración para que esa luz cogiera consistencia y credibilidad, antes de exponerla a la intemperie de los caminos y a las oscuridades humanas. En el hogar de Nazaret no había divisiones y juntos, en familia, aprendieron a tener un mismo pensar y sentir. Jesús no era “propiedad” de María y José; lo era de Dios y ellos eran sus custodios y responsables primeros de su formación, una formación para la libertad.

Cuando Jesús salió del agua del Jordán, señalado por Juan el Bautista como “el Hijo de Dios”, tenía plena conciencia de su identidad y de por dónde había de empezar. No fue casualidad el cambio de residencia: Cafarnaúm. Si el Reino de Dios ha de ser anunciado a todos, sin excepción, mejor un cruce de caminos y de culturas, un sitio significativo y que facilite el encuentro con hombres y mujeres que multipliquen el efecto de la misión. No se trata de una misión de contenido ideológico, ni de conveniencias. Se trata del encuentro con Dios allí donde Él se muestra tal cual es: Jesucristo. Cafarnaúm era una ciudad de mujeres y hombres acostumbrados al trabajo y al trato con diferentes personas. Allí ser judío, romano, recaudador de impuestos, pescador, prostituta o jefe de la sinagoga se entremezclaba: vidas cruzadas. La de Jesús, Dios-con-nosotros, se entremezcló también. Y allí, encontró a los primeros a quienes invitó a seguirle…

Andrés, Simón, Santiago, Juan, Mateo…  estaban avezados a echar las redes y al trabajo duro. Jesús sabía que aquellas personas, como todas las que se encuentran al borde del camino de la vida, tenían un fondo de grandeza, una inquietud. Es fácil entender que antes de invitarles a la aventura, los conociera personalmente.  Jesús sabe que su misión predicadora tendrá éxito si logra implicar a otros en ella; sabe también que no es solo activismo social… La invitación de Jesús, siempre personal, por tu nombre, hecha desde   el camino mismo por el que se ha de andar. La vida cristiana es una llamada a ponerse en camino. Cada uno con su mochila… y atento a la de los otros. Cada uno con el mismo objetivo. Cada uno con la misma invitación. Cada uno con la mirada puesta en el único que da sentido a todo y que ilumina toda andadura, aunque parezca uno más.

Lo primero de todo un cambio personal. No mantenerse en el camino equivocado y tomar la decisión de ponerse en la dirección correcta, que es la de Jesús que siempre va delante. De lo mío hacia lo de El para implicarnos en lo suyo, que es la cercanía del Reino de Dios, que se hace vida de todos. Varias palabras que iluminan las opciones: convertíos… ven… sígueme… dejarlo todo inmediatamente… recorrer los caminos… anunciar el Reino… sanar las dolencias del pueblo.

Pero, en este camino, personal y comunitario a la vez, no podemos repetir errores como los de la comunidad de Corinto.  Si somos cristianos, lo somos, porque seguimos a Jesucristo allá a donde Él va. Pero, a veces, obispos, sacerdotes, laicos…, nos enredamos en divisiones por intereses variados, mensajes equivocados o que no “molesten” al mundo, confusión y defensa de “banderas propias” (a favor o contra el santo Padre), confusión que nos mantiene en el “lío” …. Tenemos que recordar que no es Jesús quien tiene que seguir a la Iglesia… sino la Iglesia a Jesús. No es la Iglesia la luz, sólo un candelabro… Jesús es la Luz. Aprendamos la lección del Maestro: conviértete, ven, sígueme y así estará más cerca el Reino de Dios. Que así sea con su Gracia.