II DOMINGO PASCUA -A- Hech 2,42-47/1 pe 1,3-9/Jn 20,19-31
“El día primero de la semana entró Jesús y se puso en medio de ellos”. Es el día del Señor, en el que desde hace dos mil años la comunidad cristiana se va reuniendo para celebrar la Eucaristía, para participar de la mesa de la Palabra y el Pan. Es el día en el que experimentamos de una manera más intensa la presencia del Resucitado, esa presencia que ha de llenarnos de alegría y esperanza, como animó y cambió la vida a los primeros discípulos.
Al celebrar la Pascua del Señor no solo recordamos la resurrección, sino que está presente en la comunidad reunida, en la Palabra proclamada y particularmente en ese Pan y ese Vino que él mismo ha querido darnos como alimento para el camino. Por eso el domingo es el día del Señor y “nuestro día”, el de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de la comunidad. El día de la “misericordia”.
En el libro de los Hechos -escucharemos en Pascua- se nos ha descrito cómo era la primera comunidad:
. Es una comunidad de creyentes. “Creemos que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios”, escuchamos en el Evangelio. Y aunque “no hemos visto personalmente a Jesucristo, lo amamos; no le vemos, pero creemos firmemente en El”, como dice Pedro. Todo esto lo tenemos en común, es nuestra fe.
. Es una comunidad sacramental. La fe en Cristo se expresa y aumenta en los sacramentos. En el bautismo “por el que nacemos de nuevo” y por el que somos agregados a la Iglesia. En la Reconciliación, que Jesús encargó a su Iglesia y muestra su misericordia infinita. Y en la Eucaristía, memorial de su Pasión y Resurrección.
. Es una comunidad fraterna y misionera. La fe se hace vida en la búsqueda de caminos de unidad y de compartir. Esto hace creíble el testimonio en medio de la sociedad; gracias a ese ejemplo el “Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Estamos llamados a construir fraternidad; somos “discípulos-misioneros” que llevan la alegría de la Pascua a las propias familias y ambientes.
Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Tenían sus problemas, no eran “perfectos”, pero habían recibido misericordia y vivían con misericordia; eran “una sola alma y un solo corazón” y esta unidad la mantenían y cuidaban mediante la escucha de la Palabra, la celebración de la fracción del Pan, la acción caritativa. No es ideología, es cristianismo. Hoy, “el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo”. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil: “Señor mío y Dios mío”. Sólo así construiremos un mundo nuevo. Que así sea con la Gracia de Dios.