7 de marzo de 2026

"Danos agua que beber"

III DOMINGO DE CUARESMA-A-  Ex 17,3-7/Rom 5,1-2.5-8/Jn 4,5-42 - 

La primera lectura de este tercer domingo de Cuaresma es un reflejo del miedo que siempre trae consigo cualquier cambio: ese vértigo que nos hace añorar seguridades que nos encadenan cuando el horizonte se muestra árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde van a experimentar que Dios no mira desde la distancia, sino que «camina con ellos» y que la precariedad que padecen es pasajera. La verdadera libertad no es nunca ausencia de dificultades.

Que el agua -ese elemento imprescindible para poder sobrevivir- salga de una roca, no deja de ser una imagen que sacude nuestra lógica. Dios se manifiesta precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible. Ahora bien, no es un mago que elimina el obstáculo, sino una fuente que surge desde dentro mismo de la situación. Porque Dios no se manifiesta como un esclavo de nuestros caprichos ni responde a la magia de un bastón. Él es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

Ahora bien, es necesario "dejar el cántaro", como la samaritana. El evangelio de este domingo nos muestra que Jesús rompe el muro de los prejuicios. Los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema. Y Jesús muestra que Él se sitúa por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos; por encima de cualquier barrera ideológica. Nos enseña a dejar de lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría. 

La escena, además, ocurre junto a un pozo, el pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. Y la conversación es sobre el agua y el espíritu invitándonos a un nuevo nacimiento, a un nuevo comienzo. Una vida marcada por búsquedas frustradas, naufragios afectivos, desencantos que impiden refrescar su vida. Y, sin embargo, desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y descoloca a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.

Toda la vida humana está atravesada por la sed. Sed de amor, sed de verdad, sed de reconocimiento, sed de plenitud. Son deseos profundamente legítimos y limpios. Pero la experiencia nos muestra que muchas veces el mundo no logra saciarlos. Buscamos en relaciones, en proyectos o en éxitos algo que calme esa inquietud interior, y sin embargo la sed vuelve a aparecer. San Agustín lo expresó con una frase que resume toda la historia espiritual del hombre: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Solo Cristo puede saciar verdaderamente el corazón humano. Y precisamente Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que ser justificados es vivir de la Gracia; porque la Gracia tiene la enorme capacidad de sanar, limpiar, recomponer y restaurar a quien se siente roto y deshecho. Es una inyección de amor capaz de llenar de vida a la persona. Por pura Gracia.