30 de agosto de 2025

"... el que se humilla será enaltecido".

XXII TO-C- Si 3, 19-21.30-31 – Hb 12,18-19.22-24ª - Lc 14, 1.7-14 - II

 

Jesús Higueras

 

La humildad no es una opción a elegir entre las muchas que nos muestra el Evangelio, sino la virtud que abre a todos los demás, la condición indispensable para entrar en el Reino de los cielos.

Podríamos decir, en primer lugar, que la humildad es la virtud de las personas inteligentes. Quien cree saberlo todo, quien siempre quiere tener razón, quien vive encerrado en su soberbia, se convierte en un ser incapaz de crecer. El orgulloso está persuadido de que nada le falta; Por eso no aprende, no se deja corregir, no escucha. En cambio, el humilde sabe que siempre puede mejorar, que hay un horizonte más allá de sus propios límites. Reconoce que la verdad no le pertenece, sino que se le regala poco a poco. Así, solo el humilde es capaz de crecer indefinidamente.

La humildad es también la virtud de los que entienden que la vida es don. No hemos escogido nacer, ni elegimos los talentos que tenemos, ni los padres, ni la tierra que nos vio crecer. Todo nos ha sido dado: la existencia, la salud, el saber, las oportunidades. Quien es humilde no se atribuye el mérito absoluto de sus logros, sino que reconoce que detrás de cada paso hay una historia de gracia, de ayuda, de manos tendidas. Esta conciencia nos libra de la vanidad y, al mismo tiempo, nos vuelve agradecidos.

Además, la humildad nos recuerda que hemos sido creados para relacionarnos con los demás y para depender en muchas cosas de otras personas. La mentalidad moderna tiende a exaltar la autonomía como ideal supremo, pero el cristiano sabe que depender de Dios y de los demás no es signo de debilidad, sino de verdad. El ser humano es criatura, no creador; hijo, no dueño absoluto. Nuestra dependencia radical de Dios no nos rebaja, sino que nos eleva, porque nos coloca en la verdad de lo que somos.

Por eso Cristo nos presenta la humildad como la única puerta de entrada en su Reino. No se trata de una estrategia para caer bien ni de un barniz de amabilidad, sino de la actitud más profunda del corazón. El humilde se abre a Dios, se deja amar, se deja perdonar, se deja salvar. El orgulloso, en cambio, cierra las puertas a la gracia porque cree que se lo merece todo y nunca aceptará los dones gratuitos que se le ofrecen.

En definitiva, la humildad es la virtud que nos mantiene en la verdad, que nos abre al amor y que nos prepara para la eternidad. Solo quien se reconoce pequeño puede acoger la grandeza del don de Dios.

 

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