10 de enero de 2026

"Cumplamos toda justicia"

BAUTISMO DEL SEÑOR -A- Is 42,1-4.6-7/Hch 10,34-38/ Mt 3, 13-17

 

. Jesús solicita a Juan que lo bautice, pero Juan no parece entender.   La ida de salvación que Juan predicaba era la conversión porque el Reino de los cielos está cerca y "vendrá el hacha a talar  todo árbol que no de fruto; que Jesús vendrá con la horquilla para aventar los montones de trigo, guardarlo en el granero y "quemar en el fuego que no se apaga la paja"… con estas expectativas podemos intuir que Juan se sintiera "descolocado" ante un Mesías  que tiene que huir a Egipto y ponerse en la fila de los pecadores. Juan anuncia sobre todo un juicio terrible con una misión purificadora y Jesús aparece como un humilde enviado para hacerse bautizar por un bautismo de penitencia.

 

. Ante el intento de disuasión y la resistencia de Juan que sabe que no está ante un pecador que necesite conversión, Jesús responde: "Cumplamos toda justicia" … y esto significa que ambos obedecen un deseo bien concreto de Dios. La palabra "justicia" en Matero significa: obediencia fiel a la voluntad de Dios. De este modo, recibir el bautismo es un acto de obediencia amorosa a la voluntad de Dios, no a ninguna ley o la voluntad de Juan. Dicho deseo es que Jesús se hiciera solidario, en el bautismo, del pecado del pueblo. Cercano a los pecadores, en medio a las personas, que las entiende, sin privilegios ni beneficios personales.

 

. "Cumplamos": pongamos en práctica los deseos de amor, de verdad, de servicio, de solidaridad de Dios. Dejarnos configurar por Él haciendo la voluntad del Padre. Jesús entra en el Jordán como uno más. No porque tenga pecado, sino porque ha decidido cargar con el pecado del mundo. El Hijo eterno se sumerge en la condición humana herida para que nadie quede fuera de la salvación. No hay distancia. No hay excepción. No hay vidas descartadas.

. Entonces se abre el cielo y resuena la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado». Lo cual no es una frase retórica sino una proclamación. Y aquí la fiesta nos toca de lleno. Porque esa misma palabra es pronunciada sobre cada uno de nosotros en el bautismo. No como metáfora, sino como realidad. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier fracaso, somos hijos amados.

. Ya la primera lectura nos habla del siervo, del elegido que no viene a traer venganza ni a condenar, sino que viene a traer la justicia que salva, que levanta, que dignifica. Esta justicia consiste "en abrir los ojos al ciego; sacar a los cautivos de la cárcel y de la prisión a los que habitan en tinieblas".

 

. Es la misericordia la que traspasa la justicia y la que busca restablecer el bien invitando a la conversión y al cambio, sanando las heridas que se hayan podido producir entre las personas, construyendo un mundo en el que no haya muros que dividan  y separen, que enfrenten … sino puentes que unan y lleven al encuentro y la comunión.

 

. La segunda lectura de Hechos nos recuerda que el Señor no hace "acepción de personas, sino que acepta al que le teme y practica la justicia sea de la nación que sea". Es una invitación a ver el otro al hermano, a tratar a cada uno como nos gustaría ser tratados, a pasar la vida haciendo el bien. No caminamos hacia la salvación a ciegas: caminamos dentro de ella por la Gracia del bautismo. 

27 de diciembre de 2025

Fiesta de La Sagrada Familia

Fiesta de la Sagrada Familia- Si 3,3-7/Col 3,12-21/Mt 2,13-15.19-23

 

P. Jesús Higueras

 

Aunque la escena es conocida, no por ello es menos incómoda. Dios no ahorra a la Sagrada Familia las dificultades que atraviesan todas las familias. Al contrario: las concentra. Un enemigo real, una huida nocturna, un futuro incierto. El ángel no da explicaciones largas, no da garantías. Solo una orden en la que confiar. José se levanta, toma al niño y a su madre, y obedece.

 

Este pasaje rompe cualquier imagen idealizada de la familia. En todas las casas hay problemas. En todas. También en la de Jesús. La familia no es el lugar donde todo sale bien, sino el lugar donde, a pesar de todo, el amor está llamado a triunfar. No porque sea fácil, sino porque es necesario. La Sagrada Familia no es un modelo por la ausencia de conflictos, sino por la manera de atravesarlos juntos.

 

A veces las cosas no salen como nos gustaría. Los planes se rompen, los sueños se aplazan, las seguridades desaparecen. José no había planeado huir a Egipto. María no había imaginado criar a su hijo lejos de su tierra. Jesús comienza su vida como refugiado. Y, sin embargo, ahí está la mano de Dios, no quitando el problema, sino sosteniendo el vínculo. Dios no actúa aislando, sino uniendo. No separa a José de María, ni a María del niño. Los mantiene juntos en medio del peligro.

 

La familia es el primer lugar donde aprendemos que la diferencia no es una amenaza. José y María son distintos, con historias, sensibilidades y recorridos diferentes. Y aun así, permanecen. La familia no se construye desde la uniformidad, sino desde la fidelidad. Permanecer cuando sería más fácil huir cada uno por su lado. Cuidar cuando el cansancio aprieta. Creer cuando no se entiende todo.

Por eso, cuidar la familia no es solo una cuestión privada o sentimental. Es una cuestión profundamente humana y, para el creyente, profundamente espiritual. Cuidar la familia es cuidar la voluntad de Dios, porque Dios ha querido salvar al mundo desde una familia concreta. Y es también cuidar a la humanidad entera, que hoy sufre una grave carencia de vínculos estables, de pertenencia, de hogares donde el amor sea incondicional.

La fraternidad universal no nace de grandes discursos ni de estructuras impersonales. Nace de hogares donde se aprende a perdonar, a esperar, a empezar de nuevo. Nace de familias que, aun heridas, no se rompen. Porque si todos somos hijos de Dios, entonces estamos llamados a vivir como hermanos. Y nadie aprende a ser hermano si antes no ha aprendido a ser hijo.

En este domingo de la Sagrada Familia, la Iglesia no propone una estampa perfecta, sino una familia real, vulnerable y obediente. Una familia que huye, sí, pero huye unida. Y eso es lo que salva.