21 de febrero de 2025

"Con la medida que midiereis se os medirá..."

VII TO -C- 1 Sam 26,2.7-9.12-13/1Cor 15,45-49/Lc 6,27-38

 

"Amar a los enemigos, no juzgar, no condenar, perdonar" son algunas de las enseñanzas más difíciles que nos dejó Jesús que "no devolvió mal por mal, que puso la otra mejilla, que perdonó y oró" por quienes le ejecutaron en la cruz. Estas actitudes y decisiones implican dejar atrás todo sentimiento de venganza, de odio, de maldición y condena… y esto no es nada fácil. "Por naturaleza" tendemos a protegernos y a responder al daño sufrido sea físico o moral; nos sale como impulso "espontánea". Sin embargo, sabemos también que es posible reaccionar de un modo diferente porque nuestras decisiones no están marcadas solo por los sentimientos, primera fuerza instintiva, sino también por la razón.

Jesús enseñó, con su palabra y sus acciones, a no devolver mal por mal, a no buscar venganza, a responder al mal con la fuerza del bien, a ser misericordiosos y esto se traduce en actos concretos de bondad también hacia aquellos que nos tratan mal. "Si tu enemigo tiene hambre dale de comer; si tiene sed, dale de beber" escribe san Pablo (Rom 12, 20). Esta fuerza para amar a quien no nos ama, para rezar por nuestro enemigo nos viene del cultivo de nuestra interioridad, del corazón y también de la fuerza del Espíritu que sostiene nuestra debilidad.

"Poner la otra mejilla", "amar al enemigo" … no es el repliegue del perdedor, del derrotado sino la acción de quien tiene una fuerza interior más grande; de quien ha comprendido que solo el bien puede vencer la espiral del mal y abrir una brecha en el corazón del enemigo desenmascarando lo absurdo de su violencia y de su odio; de quien ha experimentado y sabe que el amor verdadero no depende solo de sentimientos sino de la decisión consciente de desear y querer el bien del otro. En estas actitudes hay una extraordinaria grandeza humana y moral, un amor que transforma no solo a quien lo recibe sino a quien lo ofrece.

El papa Francisco, cuenta esta experiencia real:

"Hace algún tiempo tuve la oportunidad de dialogar con dos testigos excepcionales de la esperanza, dos padres: uno israelí, Rami, y otro palestino, Bassam. Ambos han perdido a sus hijas en el conflicto que ensangrienta Tierra Santa desde hace ya demasiadas décadas. Pero, sin embargo, en nombre de su dolor, del sufrimiento que sintieron por la muerte de sus dos pequeñas hijas -Smadar y Abir- se han convertido en amigos, más aún, en hermanos: viven el perdón y la reconciliación como un gesto concreto, profético y auténtico. Conocerlos me dio tanta, tanta esperanza. Su amistad y fraternidad me enseñaron que el odio, concretamente, puede no tener la última palabra. La reconciliación que experimentan como individuos, profecía de una reconciliación mayor y más amplia, es un signo invencible de esperanza".

 

Rezar por quien nos ha tratado mal; la oración, es lo primero para transformar el mal en bien porque purifica el corazón con la Gracia y Presencia del Espíritu. "Con la medida que midiereis se os medirá también a vosotros".

Que así sea con la Gracia de Dios.

14 de febrero de 2025

"Felices..."

DOMINGO VI TO -C- Jer 17,5-8/ Cor 15,12.16-30/Lc 6,17-26 - II

 

La Palabra de Dios de este domingo nos presenta dos caminos: el de la confianza en Dios, que conduce a la bienaventuranza, y el de la confianza solo en el hombre, que conduce a la malaventuranza. Lo anticipan el profeta Isaías y el Salmo 1: quien confía en el Señor es como un árbol plantado junto a la corriente o junto a la acequia, está frondoso y produce buen fruto. Lucas, mucho más radical que Mateo, ofrece al hombre dos opciones que conducen a la felicidad o a la infelicidad Todos buscamos ser felices, dichosos y bienaventurados, pero, en ocasiones, nos cuesta confiar en las palabras de Jesús que nos señala el auténtico camino de la felicidad. Buscamos y preferimos "otras seguridades" más tangibles, materiales.

 

Jesús invierte el orden de valores de este mundo, lo pone todo al revés. Por eso su mensaje es revolucionario y universal. Un "gentío" (no solo judíos) lo escuchó en el llano, subrayando el carácter universal y marcadamente social del mensaje. Jesús nos muestra "su camino" hacia la felicidad. Muchas veces se ha querido deformar u ocultar la exigencia radical del Evangelio. Pero sus palabras son claras, no hay duda de que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a vivir de otra manera, pero tiene la seguridad de que va a ser feliz. La razón de la bienaventuranza no es "la situación actual" claramente rechazable (llanto, hambre, incomprensión, persecución…) sino la "nueva condición" que recibimos de Dios como un "don": "serán consolados", "heredarán la tierra", "serán saciados", "serán perdonados", "serán llamados hijos de Dios"...  se han mantenido fieles frente a quienes han "preferido" "el consuelo del mundo" (alabanza, éxito, poder…)."Ay de vosotros", dice Lucas.

 

Bienaventurado es "el que está en condición de gracia" y que avanza en la amistad de Dios. Las Bienaventuranzas iluminan las acciones de la vida cristiana y revelan que la presencia de Dios en nosotros nos hace verdaderamente felices, aunque en ocasiones, Dios elige caminos difíciles de comprender: el de nuestros propios límites y derrotas, pero es allí donde manifiesta la fuerza de su salvación y nos concede la verdadera alegría. La experiencia humana nos muestra que el que va por el camino del bien sabe a dónde va; los que emprenden el camino de la vida por las vías del mal saben por dónde empiezan, pero no por dónde acabarán. Los clásicos dirían: se trata de elegir entre "el mundo y Dios" (elección de criterios, estilos, acciones…) y, en esa decisión, se configura o desfigura nuestro "rostro de discípulos". El instante es una gota de eternidad… y podemos elegir.  

 

Claro que las bienaventuranzas proponen un ideal de vida que, como todo ideal, es inalcanzable en su totalidad. En la medida en que seamos capaces de "vivirlas" estaremos más cerca de Dios. No debemos desanimarnos si nunca llegamos a la perfección que este ideal sugiere. San Pablo en la segunda lectura nos recuerda la esencia de nuestra fe: la resurrección de Cristo y ello significa que nuestra confianza en Dios no es solo para esta vida sino para la eternidad. No estamos llamados a vivir solo para el presente sino a vivir intensamente el presente con la certeza de que Dios nos ha preparado una vida plena en Él. Que así sea con la Gracia de Dios.