VII TO -C- 1 Sam 26,2.7-9.12-13/1Cor 15,45-49/Lc 6,27-38
"Amar a los enemigos, no juzgar, no condenar, perdonar" son algunas de las enseñanzas más difíciles que nos dejó Jesús que "no devolvió mal por mal, que puso la otra mejilla, que perdonó y oró" por quienes le ejecutaron en la cruz. Estas actitudes y decisiones implican dejar atrás todo sentimiento de venganza, de odio, de maldición y condena… y esto no es nada fácil. "Por naturaleza" tendemos a protegernos y a responder al daño sufrido sea físico o moral; nos sale como impulso "espontánea". Sin embargo, sabemos también que es posible reaccionar de un modo diferente porque nuestras decisiones no están marcadas solo por los sentimientos, primera fuerza instintiva, sino también por la razón.
Jesús enseñó, con su palabra y sus acciones, a no devolver mal por mal, a no buscar venganza, a responder al mal con la fuerza del bien, a ser misericordiosos y esto se traduce en actos concretos de bondad también hacia aquellos que nos tratan mal. "Si tu enemigo tiene hambre dale de comer; si tiene sed, dale de beber" escribe san Pablo (Rom 12, 20). Esta fuerza para amar a quien no nos ama, para rezar por nuestro enemigo nos viene del cultivo de nuestra interioridad, del corazón y también de la fuerza del Espíritu que sostiene nuestra debilidad.
"Poner la otra mejilla", "amar al enemigo" … no es el repliegue del perdedor, del derrotado sino la acción de quien tiene una fuerza interior más grande; de quien ha comprendido que solo el bien puede vencer la espiral del mal y abrir una brecha en el corazón del enemigo desenmascarando lo absurdo de su violencia y de su odio; de quien ha experimentado y sabe que el amor verdadero no depende solo de sentimientos sino de la decisión consciente de desear y querer el bien del otro. En estas actitudes hay una extraordinaria grandeza humana y moral, un amor que transforma no solo a quien lo recibe sino a quien lo ofrece.
El papa Francisco, cuenta esta experiencia real:
"Hace algún tiempo tuve la oportunidad de dialogar con dos testigos excepcionales de la esperanza, dos padres: uno israelí, Rami, y otro palestino, Bassam. Ambos han perdido a sus hijas en el conflicto que ensangrienta Tierra Santa desde hace ya demasiadas décadas. Pero, sin embargo, en nombre de su dolor, del sufrimiento que sintieron por la muerte de sus dos pequeñas hijas -Smadar y Abir- se han convertido en amigos, más aún, en hermanos: viven el perdón y la reconciliación como un gesto concreto, profético y auténtico. Conocerlos me dio tanta, tanta esperanza. Su amistad y fraternidad me enseñaron que el odio, concretamente, puede no tener la última palabra. La reconciliación que experimentan como individuos, profecía de una reconciliación mayor y más amplia, es un signo invencible de esperanza".
Rezar por quien nos ha tratado mal; la oración, es lo primero para transformar el mal en bien porque purifica el corazón con la Gracia y Presencia del Espíritu. "Con la medida que midiereis se os medirá también a vosotros".
Que así sea con la Gracia de Dios.