15 de julio de 2009

"VENID A UN SITIO TRANQUILO..."

XVI TO – B-  Jer 23, 1- Ef 2, 13-18- Mc 6, 30-34

 

            Los apóstoles, enviados por Jesús a los pueblos y aldeas de alrededor, vuelven a reunirse con él y le cuentan todo lo que han hecho, enseñado, vivido. Jesús, tras su experiencia enriquecedora en medio de la gente,  les acoge y les invita a ir a un lugar tranquilo; es como si, tras la misión,  quisiera enseñarles que hay que saber pasar  de la compañía a la soledad, de la multitud al silencio, del trabajo apostólico a la contemplación. Es necesario recuperar el sentido de la misión y de todo aquello que se hace, por eso, todos necesitamos tiempos de descanso para fortalecer el cuerpo y también el espíritu; para entrar en nosotros mismos y cultivar el sentido de nuestra dignidad y vocación; para gozar de la libertad frente a las cosas y las prisas; para estar juntos desde la gratuidad y el compartir. "Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu tan necesario para nosotros que estamos aturdidos por tanto ruido, tumulto, voces... silencio de Nazaret", pedía Pablo VI en su visita a la ciudad de la Sagrada Familia en el ya lejano 1964.

Baltasar Gracián (1601-1658),  en una de sus reglas de vida titulada: "Comprender la vida repartida racionalmente", proponía tres viajes para hacer en tiempo de descanso: el primero es el viaje a los muertos para recordar la fragilidad humana frente a la eternidad  divina que hará renacer nuestras cenizas; el segundo es el viaje a los vivos para abrir bien los ojos y ser capaces de ver lo bueno que hay en el mundo, la amistad, el encuentro, el compartir... todo aquello que no es fácil valorar en el ajetreo cotidiano y el tercero es el viaje al interior de uno mismo para descubrir el recogimiento, la mirada profunda, auténtica, el rostro y la Palabra de Dios que nos susurra al oído... No todo es trabajo. No demos vueltas al círculo. La barca de nuestra vida tiene dos remos, los del lema de san Benito: "Ora et labora", reza y trabaja. Si no manejamos más que un remo,  no avanzamos y damos vueltas en el mismo sitio. Por eso, mantengamos un equilibrio en el remar de nuestra vida. "Venid vosotros a un sitio tranquilo y descansad un poco".

            Pero, "eran tantos los que iban y venían...como ovejas sin pastor". En la primera lectura, Dios se presenta como el Pastor por excelencia de las ovejas de Judá. Con el paso de los siglos la imagen de Dios-Pastor se encarna y refleja en Jesucristo, Buen Pastor. ¿Qué hace un pastor bueno? Ante todo, sentir profundamente una sincera compasión por las ovejas descarriadas, desorientadas, perdidas. Después, reunir a las ovejas bajo su guía, para evitar por un lado que los lobos las atrapen y devoren, y por otro para dar a todas el alimento de la verdad y del bien. Luego, cuidará de que crezcan y se multipliquen, y de esta manera prolonguen en la historia de las generaciones sus maravillas en favor de los hombres.  Finalmente, elegirá otros pastores que le ayuden en su labor de guía y con ellos continuará llevando a las ovejas a verdes praderas y a frescas aguas (Evangelio puro, virtudes, razón, vida moral, bien, belleza....).

El Buen Pastor necesita muchos y buenos pastores porque nuestro mundo necesita entrañas de misericordia  ante quien se siente solo y abandonado. Hablando a los creyentes, de la inseparable relación entre  amor  a Dios y amor al prójimo,  Benedicto XVI, en su primera Encíclica, nos ha recordado que : "el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios"(Deus caritas est, 17). Que la actitud de Jesús, de servicio y entrega hasta la muerte; de reconciliación y de paz, como nos ha dicho san Pablo en el texto a los Efesios, sea la referencia primera y última del actuar  de todos los miembros de la Iglesia, en particular de los llamados al ministerio de acompañar y guiar como buenos pastores, a la comunidad. Que así sea con la Gracia de Dios.

9 de julio de 2009

"ELLOS SALIERON A PREDICAR..."

. XV TO –B-  Am 7, 12-15 /  Ef 1, 3-14  /  Mc 6, 7-13

        El día de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI, abría oficialmente al Año Sacerdotal. Un Jubileo que, entre otras cosas, está destinado a rezar por todos aquellos que hemos sido llamados al Ministerio Sacerdotal en medio de la comunidad. Al leer la segunda lectura de la liturgia de este día, San Pablo nos anima a continuar en nuestra tarea: ¡Dios nos ha elegido!. Y, si el Señor nos ha señalado, nos acompaña en nuestros avatares, dificultades, proyectos, inquietudes y desvelos. No podemos defraudar a Aquel que, en Cristo, nos llama a "ser irreprochables por el amor".  Pero, los elegidos no solamente son o somos los sacerdotes; todos, desde el momento de nuestro Bautismo, insertados en el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, estamos convocados y urgidos a desarrollar –con nuestros carismas, habilidades, dones, talentos e inteligencia- una misión personal que nada ni nadie en nombre de nosotros podrá realizar;  cada uno, allá donde está, debe  iluminar su vida cristiana para dar así vida y luz  a todo lo que le rodea.

Y es que nuestra fe, además de personal, ha de comunicarse. No podemos recluirla en la caja de cristal que existe en el corazón de cada persona. La fe  se expande allá donde existe un afán evangelizador; donde los cristianos, sintiéndonos tocados y elegidos por Dios, no nos replegamos  sobre nosotros mismos y nuestras estructuras y somos capaces de ser profetas  y anunciadores del Evangelio. Los enviados no pueden ser siempre "los otros". Hoy, como siempre,  además de sacerdotes, sabemos que todos,  hombres y mujeres, estamos llamados a acoger  el encargo de  Jesús: "id por el mundo" para hacer el bien.  Lo haremos, por supuesto, en comunidad. No está bien llevar a cabo, las cosas de Dios, en solitario. Intentaremos quitar hierro a tantas situaciones que se producen en nuestro entorno;  nos alejaremos de todo aquello que nos haga pensar que, la evangelización, depende sólo y exclusivamente del factor humano y, mirando al mundo –sin imposiciones y con propuestas concretas- intentaremos llevarles la alegría del Evangelio. Jesús insiste en la urgencias de anunciar y establecer el Reino de Dios cuanto antes, pero nos hace ver que lo importante es el anuncio, no tanto los medios empleados en la evangelización. Por eso nos dice que no llevemos talega, ni alforja, ni sandalias. Por muchos recursos que se empleen hoy en la pastoral, lo fundamental será siempre la transmisión de nuestra experiencia de encuentro con Jesús de Nazaret y la confianza ilimitada en Dios.

        Esto exige en nosotros una conversión de vida y una disponibilidad radical para escuchar su Palabra y anunciarla con valentía. Podríamos decir que se pide a los Doce (y a todos los hombres y mujeres en misión): la comunión ("los fue enviando de dos en dos"), la pobreza ("un bastón y sandalias para el camino", nada más"), la coherencia de una conducta humilde ("quedaos en la casa donde entréis...",  sin buscar otra mejor...),  la libertad de espíritu ( " y si un lugar no os recibe ni os escucha... sacudios el polvo de los pies..."),  la coherencia y valentía para acercarse al corazón de las personas y expulsar el miedo. No hay que temer el rechazo: Amós no calló,  Jesús mismo fue rechazado por los suyos y hoy nos acompaña en la misión, por eso estamos alegres y seguros de que merecerá la pena. Si echamos una mirada a nuestro mundo nos damos cuenta de la urgencia de la evangelización y ¡Cómo no vamos a estar contentos de que el Señor nos haya elegido para anunciar una Buena Noticia! Hemos sido elegidos para ser santos por el amor y destinados a ser hijos de Dios. Y recordemos, Dios no elige a los capaces,  pero nos hace capaces de la misión desde nuestra pobreza.¿Se puede pedir más?. Que así sea con la Gracia de Dios.