6 de diciembre de 2018

"Llena de Gracia..."

INMACULADA-C-   Gn 3, 9-15.20/Ef 1, 6.11-12/Lc 1, 26-38

Según los filósofos antiguos, entre las propiedades del ser, denominadas “los trascendentales”, junto a la Verdad y la Bondad está la Belleza. Hemos sido creados para la belleza en cuanto que somos “imagen de Dios”. El pecado introduce una raíz de fealdad en lo más íntimo de nosotros;  afecta a nuestra constitución creada, en principio, buena, verdadera y bella. El pecado nos trastoca. El relato del Génesis, en la primera lectura de hoy, nos lo recuerda. Pero también pone delante de nosotros, para nuestra reflexión, la determinante voluntad de Dios, que en su misericordia, no nos deja a nuestra suerte pues “la estirpe de la mujer… herirá la cabeza de la serpiente…”

María, preservada por Dios de esa mácula original, es la porción preciosa de nuestra humanidad, limpia y dispuesta, escogida y cuidada por la Gracia para que pudiera germinar en Ella, en carne, el Hijo de Dios, la Palabra Salvadora, Redentora y Liberadora: Cristo… “el más bello de los hombres” (Cf. Salmo 44) que restituirá al ser humano su belleza original.

En Cristo, Dios se ha desbordado para con nosotros. Nos ha elegido, bendecido y constituido en “hijos”. En Cristo, “santos e irreprochables por el amor”, es decir, nuevamente bellos. Nuevo principio. En Cristo todo empieza de nuevo. Es a lo que estamos llamados y es lo que vemos cumplido ya en María. Ella es ese precioso espejo donde nos podemos mirar cada día para que la “gloria de la gracia divina”, tan generosamente concedida a nosotros por Cristo, y especialmente manifestada en la Virgen, redunde en alabanza suya.

La “Llena de gracia” responde. Con su libertad asiente… “Hágase” … Cree y confía por eso dice “sí”. María es responsable, desde su voluntad libre, a la hermosa efusión de gracia que recibe en virtud de su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo. María, con su sí, anuncia la llegada del Sí que nos salva, nos limpia y nos devuelve a nuestra primitiva hermosura. María nos mueve hoy a renovar el sí de nuestra fe que neutraliza el pecado en nosotros y nos hace optar con firmeza por la belleza que nos trae Cristo y por ser agentes de la misma en medio del mundo. Belleza imperecedera, la de un corazón firme en el Señor, lleno de amor, vida, gracia, verdad, justicia, paz, bondad…en definitiva, la santidad verdadera que rejuvenece y vitaliza.

Nosotros no hemos nacido inmaculados como, por singular privilegio de Dios, nació Ella; es más, el mal anida en nosotros en todas las fibras y en todas las formas. Estamos llenos de «arrugas» que hay que estirar y de «manchas» que hay que lavar. Es en esta labor de purificación y de recuperación de la imagen de Dios en la que María está ante nosotros como poderosa llamada, abogada de gracia, que nos acompaña a Cristo, modelo suyo y nuestro, para hacernos «conformes a su imagen» (Rm 8, 29).  La devoción a María, cuando es iluminada y eclesial, en verdad no desvía a los creyentes del único Mediador, sino que les lleva hacia Él. Quien ha tenido la experiencia auténtica de la presencia de María en la propia vida sabe que ésta se determina por entero en una experiencia de Evangelio y en un conocimiento más profundo de Cristo. Ella está idealmente ante todo el pueblo cristiano repitiendo siempre lo que dijo en Caná: «Haced lo que Él os diga». Que así sea con la Gracia de Dios.

 

1 de diciembre de 2018

"Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación"

I DOMINGO ADVIENTO -C- Jer 33,14-16/Tes 3,12-4,2/Lc 21,25-28.34

 

Dentro del escepticismo de tantos hombres y mujeres de nuestros días no es fácil lanzar un mensaje de esperanza. Precisamente el tiempo litúrgico de Adviento, con el que iniciamos el nuevo año cristiano, es esencialmente una llamada a creer que un mundo nuevo es posible. Y, más allá de las palabras tan hermosas que iremos escuchando en la liturgia, desde el gran realismo cristiano, nos invita a hacerlo posible manteniendo una actitud vigilante y una conversión permanente. La esperanza cristiana no es un castillo en el aire. Contamos con la Providencia de Dios que vela por nosotros, pero ofrecemos nuestra colaboración y nuestra actitud crítica frente a la “cultura de la satisfacción inmediata” y del conformismo que nos envuelve. Debemos mantener los ojos abiertos para ver lúcidamente la realidad de nuestro mundo sin caer en la pasividad, en la resignación o incluso en la negación de cualquier posibilidad de cambio.

La Palabra nos recuerda hoy: “Levantaos”: por muchos que sean los caminos torcidos de nuestra vida, por mucho que nos sintamos atenazados por la rutina y la monotonía de la existencia, podemos, ante ese Dios que nos busca, comenzar siempre de nuevo, cambiar lo torcido... Liberar el corazón de las ataduras y los ídolos de la vida... “Alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”: no nos podemos quedar en una vida externa, marcada por la sensación de impotencia ante los problemas, de desencanto o miedo o en una lectura e interpretación superficial de los acontecimientos; debemos elevar  la mirada, despertar al presente, a lo que acontece y está cerca; ser lúcidos y críticos ante los acontecimientos de esta nuestra aldea global,  encontrar estrellas que den luz y sabor a la existencia, dar razón de lo que creemos y esperamos abiertos al futuro...”Dios está a la vista” y existe un camino, una brújula y una estela que nos conduce a la Palabra hecha carne que nos va a manifestar un año más al Dios que cumple su promesa, que es fiel, que es  “mucho más de lo que podemos pensar”... «Llegan días en que cumpliré la promesa que hice... En aquellos días se salvará Judá», nos dice el profeta Jeremías.

           Tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida. El tren de la esperanza pasa por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vamos encontrando en nuestro camino. Siendo nosotros también liberadores, justos, alegres y solidarios podremos hacer que todos los que en él viajamos podamos construir la nueva humanidad que tanto anhelamos.  Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento; hombres y mujeres realistas sí, esperanzados también. No necesitamos que nadie nos diga que está mal el mundo -ya lo sabemos-; necesitamos que alguien nos recuerde que está en las manos de Dios por los cuatro costados. La esperanza es el mejor antídoto contra el vacío, el fatalismo o la desesperación, porque “la esperanza se actúa dando el paso siguiente”. “Que solo en el amor es mi destino”, escribía san Juan de la Cruz. El que vino en la historia vendrá de nuevo en su gloria..., mientras tanto, es nuestro tiempo. Vivamos y anticipemos con el amor mutuo, llenos de confianza en Dios y en el hombre, sin temor, aquella liberación que esperamos, tomando con responsabilidad las riendas de la vida. “Mi esperanza, decía Benedicto XVI, no soy yo, ni las cosas, es Dios”. ¡Ven Señor Jesús!, Ven a nuestro corazón y al corazón del mundo. Amén