15 de septiembre de 2019

"La alegría de Dios"

XXIV DOMINGO TO -C-      Ex 32, 7-11.13-14/1 Tim 1, 12-17/ Lc 15, 1-32

 

Texto del Papa Francisco: En la Liturgia de hoy se lee el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida, y después la más amplia de todas las parábolas, típica de san Lucas, la del padre de los dos hijos, el hijo “pródigo” y el hijo que se cree justo, que se cree santo. Todas estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es gozoso, es interesante esto, Dios es gozoso, y ¿cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que encuentra a su ovejita; la alegría de una mujer que encuentra su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a recibir en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida. Ha vuelto a casa.

¡Aquí está todo el Evangelio, aquí, eh, aquí está todo el Evangelio, está el Cristianismo! ¡Pero miren que no es sentimiento, no es “ostentación de buenos sentimientos”! Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, los abismos negativos que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto. Y ésta es la alegría de Dios. Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Cada uno de nosotros, cada uno de nosotros es esa oveja perdida, esa moneda perdida, cada uno de nosotros es ese hijo que ha desperdiciado su propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo.

Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona jamás. Pero es un Padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como hijos, en su casa, porque no deja jamás, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está de fiesta por cada hijo que vuelve. Está de fiesta porque es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros, pecadores, va a Él y pide su perdón.

¿Cuál es el peligro? Es que nosotros presumimos que somos justos, y juzgamos a los demás. Juzgamos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarlos a muerte, en lugar de perdonar. ¡Entonces sí que corremos el riesgo de permanecer fuera de la casa del Padre! Como ese hermano mayor de la parábola, que en lugar de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enoja con el padre que lo ha recibido y hace fiesta. Si en nuestro corazón no hay misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, incluso si observamos todos los preceptos, porque es el amor el que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor por Dios y por el prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y esto es el amor de Dios, su alegría, perdonar. Nos espera siempre. Quizá alguien tiene en su corazón algo grave, pero he hecho esto, he hecho aquello, Él te espera, Él es Padre. Siempre nos espera.

Si nosotros vivimos según la ley del “ojo por ojo, diente por diente”, jamás salimos de la espiral del mal. El Maligno es astuto, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar al mundo. En realidad, ¡sólo la justicia de Dios nos puede salvar! Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo. ¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez para siempre al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36).

Hoy es la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y se nos recuerda que la Cruz es Luz, es Purificación y es Vida porque es Cristo.

 

26 de julio de 2019

"Señor, enséñanos a orar..."

XVII TO – C- Gén 18, 20-21.23-32 /Col 2, 12-14 /Lc 11, 1-13

Escuchamos hoy el diálogo que entabla Dios con Abraham: Yahvé le confiesa a Abraham sus planes de castigar a las pecadoras ciudades de Sodoma y Gomorra.  Dos cosas llaman la atención de este diálogo:

En primer lugar, la íntima amistad que se trasluce entre Dios y nuestro padre en la fe, Abraham. Dios conversa con Abraham como con un amigo fiel, y entre amigos no hay secretos, por eso le confiesa cuáles son sus intenciones. La misma confianza muestra Abraham al recordarle a Yahvé que sería impropio de Él castigar al justo junto con el malvado. Y esa es, precisamente, la segunda cosa que llama nuestra atención en este diálogo: la intercesión llevada a cabo por Abraham para evitar que la acción justiciera de Dios produzca “daños colaterales”. Estamos ante una comprensión todavía primitiva de Dios que habrá de perfeccionarse a lo largo de los siglos. Pero este peculiar regateo con Dios en el que se embarca Abraham ya supone un importante avance en la manera de entender lo que es propio, y lo que no, de la Divinidad.

El rostro de Dios que poco a poco se va desvelando en el AT, se nos muestra definitivamente en Jesús que hoy se presenta como hombre de oración. En numerosas ocasiones se nos habla en los Evangelios de que se retiraba a solas para orar. Como Hijo, su relación de intimidad con el Padre y el Espíritu Santo que se manifiesta en su oración es de una cualidad única e incomprensible para nosotros, incorporados, por Él, a una relación filial nueva, por la Encarnación. Por eso, Jesús no sólo nos enseña a orar, sino que él mismo es quien hace posible una nueva forma de orar, una nueva forma de relacionarse con Dios.

La oración del padrenuestro es una oración breve y concisa, especialmente en comparación con el habitual estilo de oración judío, pero a la vez precisa y completa. Una oración que refleja una intimidad de relación con Dios que recuerda el encuentro de Mambré. Jesús nos dice en ella, de forma muy directa, lo que enseña a través de parábolas y gestos: dirigíos a Dios como vuestro Padre -sin más, de tú a tú, sin las perífrasis reverenciales propias del judaísmo- y pedidle lo verdaderamente necesario. Dios quiere que se lo pidamos.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario al padrenuestro, nos dice que el padrenuestro es la oración principal porque es la que nos enseñó el propio Jesucristo. En ella se dan de manera perfecta las cinco cualidades que deben existir en toda oración: Confianza en Dios, a quien podemos dirigirnos como Padre gracias a Jesucristo; rectitud, pues nos indica qué es lo que debemos pedir a Dios; orden, al referirse a lo que es fundamental; devoción verdadera, que brota de la caridad perfecta hacia Dios y el prójimo y humildad, al reconocernos necesitados de Dios.

La oración en el cristianismo es la puesta en práctica y realización efectiva de la fe; no es solo un quehacer, es una actitud: la de vivir la propia vida en la presencia de Dios. En el Evangelio de hoy, Jesús es muy contundente a la hora de señalar que en esa actitud orante que debe tener nuestra vida tiene que estar presente la petición a Dios, y una petición insistente, perseverante, de “cosas buenas”, según Mateo (Mt 7, 11), es decir, del Espíritu Santo, según Lucas.

La oración de petición, es la expresión natural de la relación de confianza incondicional en Dios, la cual es el centro de la vida del creyente. Cuando en los momentos difíciles de la vida acudo a Dios en busca de auxilio, le estoy reconociendo como Salvador, y esa es, precisamente, la esencia de nuestra fe. Una fe que nos hace confiar en que toda oración es escuchada por Dios. El que la respuesta muchas veces no sea la por nosotros deseada, no significa que nuestra oración no haya sido escuchada. Porque el principal cambio que debe producir en nosotros el encuentro confiado con Dios es la transformación de nuestro propio corazón, más que la de las circunstancias que nos rodean. Que así sea con la Gracia de Dios.