3 de noviembre de 2013

"Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida"

DOMINGO XXXI TO -C- Sb 11, 23-12, 2/2 Ts 1, 11-2, 2/Lc 19, 1-10

 

El texto del libro de la Sabiduría es hermoso y consolador: Dios no solo es el “creador” en el sentido de ser el origen de todo y de todos. Dios es el que “mantiene”, “sostiene”, “sustenta” la vida. Es, ¡qué hermosa expresión!,  “amigo” de la vida. Sabemos que ante el Señor no somos más que un grano de arena en la balanza, una gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra;  conocemos por propia experiencia nuestra debilidad y nuestro pecado, nuestro efímero pasar por la existencia. Pero también sabemos, porque la Palabra de Dios así nos lo dice, que el Señor se compadece de todos, a todos perdona y “corrige poco a poco” y a todos ama, porque somos suyos y Él no “odia” nada de lo que  ha hecho.  Cada ser humano, aunque pueda parecer despreciable lleva, en palabras del libro de la Sabiduría,  “el soplo incorruptible” del Dios vivo,  cuya   omnipotencia le inclina a la compasión; es capaz de acoger a Dos cuando se siente amado, perdonado, incluso cuando no tiene nada  que ofrecerle o se sienta solo un pobre pecador.

 

Un magnífico ejemplo de esta pedagogía divina la encontramos en el evangelio de hoy.  Hay veces en que no vivimos una vida sana, hemos dejado perder nuestra vida. Jesús, se nos acerca con una mirada compasiva,  sin agobiar, sin querer arrasar sino con unas entrañas verdaderamente de misericordia;  en un gesto provocador, se invita a sí mismo, manifestando que su misión es: “salvar lo perdido”. Deja a la multitud de admiradores que lo reciben en Jericó y va a casa de un pecador despreciado.  Y Zaqueo “bajó en seguida y lo recibió muy contento”. Cuando se dejó encontrar por Dios, cambió toda su vida. Hasta entonces su casa, su existencia, había estado llena de egoísmo e intereses materiales; desde que Dios entró en su  corazón... todo cambió, todo se dejó iluminar por una luz nueva: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. El encuentro con Jesús es pacificador y transformador: Zaqueo recupera su dignidad de hijo de Dios y cambia su vida: su mirada está ahora puesta en el prójimo... Ha experimentado el amor misericordioso e incondicional de Dios y esto le llena de alegría y le da una nueva visión de las cosas. 

 

No caigamos en la tentación de pensar que Dios nos ha abandonado o que, por las razones que sean, hemos dejado de ser “dignos de su amor y de su perdón”. Sé que no es fácil “mantener la confianza inquebrantable en su amistad” pero no debemos caminar  tristes y sin esperanza por la vida. Hoy nos dice Jesús, “voy a hospedarme en tu casa”-“quiero entrar en lo más íntimo de tu vida” (no nos dice en primer lugar: “Eres un pecador, un ladrón, un adúltero...”). No cerrar las puertas a estas palabras de Jesús, nos llevará a transformar nuestras actitudes. No tengamos miedo, demos el primer paso: dejémonos encontrar por Dios y toda nuestra vida cambiará. Porque también nosotros somos hijos de Abrahán. Y el Hijo del hombre ha venido a salvarnos, a liberarnos del temor, a darnos vida, a “hospedarse, si le dejamos, en nuestra casa”.

 

Es verdad que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia  forma de ser. Pero todos y cada uno, nos recuerda Pablo, desde nuestra debilidad, estamos llamados a desarrollar nuestra vocación, cumpliendo “los mejores deseos y la tarea de la fe, para que así nuestro Señor sea glorificado en nosotros y nosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo”.  Tenemos que ofrecer al mundo el rostro compasivo, alegre, cercano al hermano, sea quien sea. Pidamos a Dios que nos haga dignos de nuestra vocación y  nos ayude a cumplir la tarea de la fe. Nuestras vidas han de ser la Gloria de Dios.  Que así sea con su Gracia.

 

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