18 de noviembre de 2010

"SEÑOR, ACUÉRDATE DE MI CUANDO LLEGUES A TU REINO"

CRISTO REY -C- 2 Sam 5, 1-13/Col 1, 12-20/Lc 23, 35-43

El domingo pasado  se nos hablaba de cárceles, persecuciones, sufrimientos a causa del evangelio y recordábamos a tantos hombres y mujeres asesinados, perseguidos y discriminados por su fe en Jesucristo. Hoy esa persecución y  se pone de manifiesto en la persona del Maestro: Cristo no disimula su dolor, ni lo tapa,  ni lo esconde, lo muestra abiertamente. Éste es nuestro Rey, el que la Iglesia ofrece como icono y ejemplo; el crucificado, desnudo y humillado  ¡es el Hijo de Dios!  que reina y salva por encima de la muerte, las ofensas y el dolor.

            El P. Maximiliano Kolbe asesinado en 1940 en el campo de concentración de Auschitz al ofrecer su vida a cambio de la de un padre de familia que iba a ser ejecutado, había escrito respecto a la fiesta de hoy: "Jesús no dijo "no" cuando Pilatos le preguntó si él era rey. Solo dijo que su reino no era de este mundo. Sabemos que los reinos de este mundo se basan en el poder. Un reino del mundo, que repose sobre el amor, es muy difícil de encontrar. El reino de Cristo está fundado sobre algo más profundo, sobre el amor, y llega hasta el alma y penetra en las voluntades. Por eso no es un reino que oprime. Jesús atrae las almas hacia sí por medio del amor".

            En esta Solemnidad que cierra el año litúrgico podemos encontrar tres hermosos mensajes para nuestras vidas:

. Jesús es el centro de la historia, pero su reino no es de este mundo ni se construye con la espada, ni con el poder, ni con el dinero. Su Reino se construye con la entrega, la generosidad y la sencillez de vida; desde la Cruz ("Por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados")

. el Reino de Cristo es profundamente humano, se dirige al hombre, llega hasta el alma, por eso es un reino que no oprime, un reino de libertad; en él no hay cetros, ni joyas, ni títulos honoríficos, ni coronas doradas, pero está siempre, en el centro,  el hombre que vale mucho más que todos los cetros. La fiesta no trae despliegue de banderas o sonido de cañones; va dirigida a los corazones, antes que a las naciones.

. el reino de Cristo no ofrece un régimen político ideal sino que forma hombres-mujeres capaces de concebir mejores regímenes y sobre todo, capaces de comprometerse en la lucha por la justicia y el bien de la persona. Los imperios caen, la Cruz permanece... ("Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz").

El Reino de Cristo se recibe como regalo;  se instala en la vida de los hombres, pero no es un árbol ya hecho, sino una planta que crece. Por eso, los cristianos rezamos que venga su Reino a nuestro mundo: reino de  verdad y de vida, de  santidad y  gracia, de  justicia,  amor y paz;  lo pedimos y lo realizamos en la medida de nuestras posibilidades. No nos desanimemos en esta lucha: al ladrón arrepentido Jesús le dice: "Hoy estás conmigo en el árbol de la cruz – Hoy estarás conmigo en el paraíso". La flaqueza de la Cruz es la fuerza y el poder de Dios. Jesús no buscaba gente que le aclamara ("desapareció cuando, tras la multiplicación de los panes,  querían proclamarle rey) sino gente que le ame y esté decidida a construir el Reino de Dios siguiéndole y viviendo sus valores. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida": esto es lo que vivió Jesús, por eso hoy le celebramos como  Señor y "rey" de nuestras vidas. Que así sea con la Gracia de Dios.   

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