21 de marzo de 2026

"Yo soy la Resurrección y la Vida..."

V DOMINGO DE CUARESMA- Ez 37, 12-14/Rom 8, 8-11/ Jn 11, 1-45 -II

 

Hoy descubrimos, en el signo de la resurrección de Lázaro, que él, Jesús,  "es la Vida". Ya la lectura de Ezequiel nos introduce en el tema: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir, pueblo mío y os traerá a la tierra de Israel". Palabras dirigidas a los desterrados de Babilonia que significan un anuncio esperanzador de reconstrucción de la libertad. El pueblo poco a poco va entendiendo que "Dios no es un Dios d muertos sino de vivos", capaz de vencer a la muerte y de conducir al hombre, por la fuerza del amor, a la superación del dolor, la esclavitud, el temor....

 

Es la idea que nos transmite hoy el evangelio de Juan.  Una escena llena de emoción, humanidad, cercanía...Jesús, ante sus amigos, comparte el dolor. Impresionan siempre las lágrimas de un hombre o una mujer. Impresionan las lágrimas del Hijo del hombre. Más de una vez lloró Jesús: de compasión, de pena, de dolor; él, que había venido a enjugar nuestras lágrimas... es capaz de hacerlo precisamente porque ha sabido llorar.  Jesús tenía que experimentar nuestras dolencias, para poder ser compasivo. "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15).

 

Nadie nos puede decir: si creéis en la resurrección de los muertos y en la vida futura, ¿por qué os afligís tanto por la muerte de un ser querido?, ¿dónde está vuestra fe y vuestra esperanza? No. La esperanza del futuro ilumina la realidad presente, pero no la destruye. Es como el que, ante el nacimiento de un niño, no se alegrara, porque algún día tendrá que morir. Todo tiene que ser vivido, y con intensidad. En todas las muertes y desgracias, Jesús llora con nosotros; es compasivo y misericordioso. Esta es su primera respuesta ante el dolor y la muerte: la compasión y las lágrimas. Esta es su primera medicina. Aunque no hiciera otra cosa, ya es una buena noticia el decirnos que Dios también llora, que Dios es aquel que llora por la muerte de un amigo, que Dios es aquel que llora siempre con nosotros.

 

Al mismo tiempo Jesús nos dice: "Sal fuera", "Sal del sepulcro", "Sal de ti", "Deja de atarte pies y manos con tus propias vendas" (mediocridad, rutina, miedo, pesimismo, muerte espiritual...), invitándonos a experimentar esa vida nueva que él nos ofrece, a vivir a fondo nuestro bautismo amando con el amor que él nos ama, a no perder la ilusión por la vida, la confianza en las personas, mirada en el futuro.... Lo hacemos desde la certeza de la fe que nos recuerda que la muerte no es la meta, el fin; aunque inevitable, es un tránsito hacia la salvación que es la vida eterna que empieza ya aquí. Lo único que puede vencer a la muerte es el amor. La vida espera de nosotros una actitud positiva, de lucha y esperanza...Nos afligimos, clatro que sí, pero no como quienes no tienen esperanza. ¡El hombre es un ser para la vida! Desde la venida de Cristo hemos quedado libres, no del mal de sufrir, sino del mal de hacerlo inútilmente.

 

Pablo nos llama a vivir no según la carne (criterios del mundo y el egoísmo-individualismo que lleva a la muerte) sino según el Espíritu (según Dios). Por eso, frente a todos aquellos hechos (violencia, terrorismo, abusos, maltratos...) que parecen obedecer a una cultura de la muerte o a una insensibilidad moral frente a la dignidad de toda vida humana..., los creyentes en la Vida debemos trabajar y defender la vida en todos sus momentos y situaciones. Que así sea con la Gracia de Dios.

14 de marzo de 2026

"... ahora sois luz".

IV DOMINGO DE CUARESMA -A- 1 Sm 16,1b.6-7.10-13a/Ef 5,8-14/Jn 9,1-41

 

. Ciego de nacimiento. La gente le mira como un pecador castigado por Dios; los discípulos se preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres… pero Jesús le mira de un modo diferente. Mira el interior, el corazón.  Desde que lo ha visto solo piensa en rescatarlo de la vida que lleva, del rechazo que sufre por parte de todos. La misión de Jesús es dar Luz, acoger, liberar, curar precisamente a quienes viven despreciados y humillados; devolver la conciencia de la propia dignidad, del propio valor manifestándole su amor.

 

. En torno a la escena  están magistralmente descritas otras actitudes ante el hecho de la luz: los que son meros espectadores que no comprenden el significado del signo  ni cambian en su vida; los que tienen miedo a las consecuencias de ver la luz que exige vivir de otra manera, los padres del ciego que no quieren problemas, los que se quedan en meras y estériles discusiones teológicas sobre el origen del mal, olvidando la responsabilidad y las respuestas frente a ese mal… quizás nos vernos  reflejados en alguna de estas  actitudes pero, podemos también,   como el ciego, abrirnos a la Presencia de Dios  que viene a nuestro encuentro en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida;  tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.

 

. ¿Qué significa tener la verdadera luz, caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría del prejuicio contra los demás, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de rechazo contra quienes juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelo.  Significa no dejarse guiar por la seductora y ambigua luz, es la del interés personal: si valoramos hombres y cosas en base al criterio de nuestra utilidad, de nuestro placer, de nuestro prestigio, no somos fieles a la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si vamos por este camino del buscar solo el interés personal, caminamos en las sombras. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, si el «misterio de la luna», porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el «misterio de la luna»: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor.

 

. Nos ha recordado San Pablo que quienes "hemos recibido el bautismo hemos  pasado de las tinieblas a la luz ("erais tinieblas, ahora sois luz") y debemos  practicar las obras de la luz (bondad y la justicia) buscando siempre agradar al Señor permaneciendo en la unidad del cuerpo de Cristo.  Las tinieblas son estériles.  "Busquemos lo que nos hace ver (verdad, misericordia…); rechacemos lo que nos ciega (prejuicios, pecado…). Miremos más al corazón de las personas; a los ojos del que sufre antes que al manual de instrucciones.... No seamos ciegos voluntarios. Vamos a encender la luz sin temor. Pidamos la Luz. Seamos luz. Que así sea con la Gracia de Dios. La humildad de quien se sabe necesitado de luz… de ahí nace la fe…

 

Solo la fe nos hace capaces de ver realmente: Gerardo Diego escribía:

"Están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver;

por la oscuridad del mundo voy como un ciego que ve.

Tú que diste vida al ciego y a Nicodemo también,

Filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe.

Porque Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver,

Creo en Ti y quiero creer".

…, porque la fe,  abre a la verdad.

7 de marzo de 2026

"Danos agua que beber"

III DOMINGO DE CUARESMA-A-  Ex 17,3-7/Rom 5,1-2.5-8/Jn 4,5-42 - 

La primera lectura de este tercer domingo de Cuaresma es un reflejo del miedo que siempre trae consigo cualquier cambio: ese vértigo que nos hace añorar seguridades que nos encadenan cuando el horizonte se muestra árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde van a experimentar que Dios no mira desde la distancia, sino que «camina con ellos» y que la precariedad que padecen es pasajera. La verdadera libertad no es nunca ausencia de dificultades.

Que el agua -ese elemento imprescindible para poder sobrevivir- salga de una roca, no deja de ser una imagen que sacude nuestra lógica. Dios se manifiesta precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible. Ahora bien, no es un mago que elimina el obstáculo, sino una fuente que surge desde dentro mismo de la situación. Porque Dios no se manifiesta como un esclavo de nuestros caprichos ni responde a la magia de un bastón. Él es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

Ahora bien, es necesario "dejar el cántaro", como la samaritana. El evangelio de este domingo nos muestra que Jesús rompe el muro de los prejuicios. Los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema. Y Jesús muestra que Él se sitúa por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos; por encima de cualquier barrera ideológica. Nos enseña a dejar de lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría. 

La escena, además, ocurre junto a un pozo, el pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. Y la conversación es sobre el agua y el espíritu invitándonos a un nuevo nacimiento, a un nuevo comienzo. Una vida marcada por búsquedas frustradas, naufragios afectivos, desencantos que impiden refrescar su vida. Y, sin embargo, desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y descoloca a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.

Toda la vida humana está atravesada por la sed. Sed de amor, sed de verdad, sed de reconocimiento, sed de plenitud. Son deseos profundamente legítimos y limpios. Pero la experiencia nos muestra que muchas veces el mundo no logra saciarlos. Buscamos en relaciones, en proyectos o en éxitos algo que calme esa inquietud interior, y sin embargo la sed vuelve a aparecer. San Agustín lo expresó con una frase que resume toda la historia espiritual del hombre: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Solo Cristo puede saciar verdaderamente el corazón humano. Y precisamente Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que ser justificados es vivir de la Gracia; porque la Gracia tiene la enorme capacidad de sanar, limpiar, recomponer y restaurar a quien se siente roto y deshecho. Es una inyección de amor capaz de llenar de vida a la persona. Por pura Gracia.

28 de febrero de 2026

"Escuchadle..."

II DOMINGO CUARESMA-A- Gn 12,1-4/2 Tim 1,8-10/Mt 17,1-9-II

 

. La fe bíblica comienza no con una idea sino con un movimiento, con un acto de confianza: "Ponte en camino…yo te mostraré". Esta promesa es bendición, fecundidad, un nombre nuevo, una misión universal… pero la bendición se despliega mientras se camina……La fe es confianza activa: Dios puede hacer nuevas todas las cosas…. Y dejo atrás todo lo que me impide reconocerlo en mi vida: "Partió Abraham como le había dicho el Señor".

 

. En el relato de la Transfiguración, Jesús revela su identidad más profunda, íntima y, como toda revelación verdadera la "reserva", no a todos sus discípulos sino  a "sus amigos Pedro, Santiago y Juan"; en esta intimidad compartida Jesús muestra lo que sucede en su corazón: su rostro brilla como el sol, sus vestidos resplandecen como la nieve. Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, dialogan con él… la montaña y el esfuerzo de subir, la nube luminosa, la voz del Padre… todo son símbolos en cuyo centro está la palabra: "Este es mi Hijo amado, escuchadle". Escuchar a Jesús dejar que su Palabra ilumine nuestras sombras, transforme nuestra vida. Quien no ora no puede entrar en este misterio.

 

. Pero la hermosura de Cristo no es resplandor externo sino entrega hasta el extremo.  Lo que deslumbra no es la piel sino el amor. Por eso, la Luz del Tabor no anula la cruz, la anticipa y la explica. "¡Qué bien estamos aquí", dice Pedro y es comprensible pero la fe no es solo emoción, aunque es necesario sentir y experimentar la dulzura de la Presencia de Dios; la experiencia luminosa no es meta sino preparación! Hay que bajar de nuevo a la realidad del camino. La Luz es para bajar y afrontar la realidad, la vida ordinaria, los caminos polvorientos, discusiones, incomprensiones, Getsemaní… La Transfiguración no evita la cruz, la ilumina desde dentro. "Levantaos, no tengáis miedo". La luz de Cristo no humilla, sana; no derrumba, revela; no aplasta, levanta. 

 

. La experiencia luminosa está destinada a sostener en la noche. Subir al monte es necesario. Contemplar es necesario. Pero también lo es bajar y permanecer fieles en lo pequeño. Vivimos de esa luz que un día vimos y que, aunque no siempre brille ante nuestros ojos, sigue siendo verdadera. Porque la belleza de Cristo no depende de nuestras sensaciones, sino de su amor entregado hasta el final. El encuentro con el Señor en la oración nos impulsa siempre a salir de nosotros mismos para acercarnos a los hermanos y compartir la Gracia recibida.

 

. Pablo anima a Timoteo a no avergonzarse del evangelio ni del sufrimiento que lleva consigo. La fe no es evasión, es compromiso. Anunciar a Cristo implica cargar con la propia fragilidad y la ajena, sostener la esperanza cuando todo aparece oscuro. La vocación cristiana no nace de nuestras obras sino de la Gracia de Dios: esta gracia se ha manifestado en Cristo que ha destruido la muerte y ha hecho brillar la vida. La Luz de la Transfiguración anticipa esta victoria. La Luz de Cristo no elimina la cruz, pero la llena de sentido. Que así sea con la Gracia de Dios.

 

21 de febrero de 2026

"Si eres Hijo de Dios..."

DOMINGO I DE CUARESMA -A- Gn 2,7;3,1-7 / Rom 5, 12-19 / Mt 4, 1-11

 

Jesús Higueras:

 

En el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos sitúa ante un episodio decisivo: las tentaciones de Jesús en el desierto. Los evangelistas recogen este momento en el que Cristo, después de su bautismo, es conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado. No es un detalle secundario. Es el inicio de su misión pública y, de algún modo, la síntesis anticipada de todo su combate.

 

La tentación no es un accidente en la vida del hombre. Es una necesidad. Sin tentación no hay decisión verdadera, y sin decisión no hay identidad. El ser humano se define no tanto por lo que le ocurre, sino por lo que elige hacer con lo que le ocurre. Jesús tiene hambre después de cuarenta días de ayuno. Ese dato es real. Pero lo decisivo no es el hambre, sino la respuesta que da al hambre. Ahí se juega su fidelidad.

 

También nosotros vivimos situaciones que no hemos buscado: carencias, fracasos, incomprensiones. No somos responsables de muchas de ellas. Pero sí somos responsables de lo que decidimos ante ellas. La tentación pone al descubierto el corazón y obliga a tomar postura. O me repliego sobre mí mismo, o confío. O manipulo la realidad en mi beneficio, o permanezco fiel al plan de Dios.

 

Hay un detalle que atraviesa las tentaciones: «Si eres Hijo de Dios…». La tentación empieza siempre por la sospecha sobre la propia identidad y por la necesidad de demostrar algo. Convierte estas piedras en pan. Tírate desde el alero del templo. Póstrate y te daré todos los reinos del mundo. En el fondo, es lo mismo: demuestra quién eres.

 

Pero el valor del hombre no consiste en exhibirse ni en imponerse. No necesita demostrar nada para ser amado. Jesús no realiza un solo gesto para probar su filiación. Sabe quién es y vive desde ahí. Su fuerza no está en impresionar, sino en permanecer. No actúa para convencer al tentador ni para ganar aplausos. Vive como Hijo, sin espectáculo.

 

Esta es una lección fundamental. Cuando el hombre vive pendiente de justificarse ante los demás, termina esclavo de su imagen. Cuando necesita constantemente pruebas externas de su valía, se vuelve vulnerable a cualquier manipulación. La identidad verdadera no se conquista; se recibe. Y se custodia en la obediencia humilde al proyecto de Dios.

 

Las tres tentaciones convergen en lo mismo: la idolatría. Convertir el pan en absoluto, el éxito en absoluto, el poder en absoluto. Dar culto a lo que no es Dios. «Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto». Esa es la respuesta definitiva de Cristo. No negocia. No pacta. No mezcla.

 

En este tiempo de Cuaresma estamos llamados a revisar nuestras propias idolatrías. No suelen presentarse con aspecto grotesco. A veces se disfrazan de eficacia, de reconocimiento, de seguridad. Pero cuando algo ocupa el lugar de Dios y condiciona nuestras decisiones, se convierte en ídolo.

 

El desierto no es un lugar de derrota, sino de purificación. Allí se aclaran las prioridades. Allí el hombre descubre qué es lo esencial y qué es accesorio. La tentación, bien vivida, no nos destruye; nos define. Nos obliga a elegir a quién queremos servir. Y solo cuando elegimos a Dios sin condiciones, comenzamos a ser verdaderamente libres.

14 de febrero de 2026

"Feliz quien camino en la Ley del Señor"

VI DOMINGO TO – A-  Eclo 16, 6-21 / 1 Cor 2, 6-10 / Mt 5, 17-37

 

La Ley dada a Israel no fue provisional ni una carga absurda. Fue pedagogía divina. A través de mandamientos concretos, de normas morales y culturales, Dios enseñó a su pueblo a distinguir el bien del mal, a ordenar la vida, a reconocer su señorío:  "Tienes delante de ti fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras; muerte y vida… a cada uno se le dará lo que prefiera……. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel su voluntad…". La historia de la salvación es un itinerario, un camino de aprendizaje y cumplimiento de la ley (nos lo ha recordado el Salmo: "Feliz quien camina en la Ley del Señor"), que alcanza en Cristo su culminación. Jesús no borra la Ley; la lleva a su verdad más honda. La plenitud no consiste en añadir preceptos, sino en revelar el corazón de lo que ya estaba contenido en ellos: "No he venido a abolir la ley sino a dar plenitud".

 

¿Y cuál es la plenitud de la ley? El amor. La Ley es un medio; el fin es la comunión con Dios y la transmisión de su amor a los demás. Cuando la norma se absolutiza y se convierte en un fin en sí misma, degenera en legalismo estéril. Pero cuando se comprende como camino hacia el amor, adquiere todo su sentido. Jesús lo muestra con claridad: La plenitud de la Ley es la misericordia, ese amor concreto que se inclina sobre la miseria del otro y la abraza. Por eso:

 

. No basta con no matar; hay que desterrar el odio, el menosprecio, el insulto del corazón; es necesario respetar el don de la vida, cuidarla en nosotros y en quienes nos rodean, tratar al otro como hermano, procurar la comunión, dar la vida para que otros vivan.

 

. No basta con no cometer adulterio; hay que purificar la mirada. aprender a mirar a la persona, no como objeto para satisfacer nuestros deseos, sino como alguien lleno de dignidad, llamado a la eternidad como templo que es de Dios; una mirada que aprecia la belleza sin degradarla en modo alguno.

 

. No hay que jurar en falso. Hay que cuidar las palabras y su valor extraordinario para expresar la honestidad de la vida, la sinceridad y transparencia, la veracidad de los propios pensamientos y actos. No hay camino verdadero de comunión, amistad y encuentro personal si la comunicación no es verdadera… y no es necesario invocar el nombre de Dios para justificar nuestras acciones si nuestras palabras son sinceras y nacen de un corazón y de un pensamiento puro.

 

Cristo da plenitud a la Ley porque la devuelve a su fuente: el corazón del Padre. Y quien acoge esa plenitud descubre que la obediencia deja de ser una carga para convertirse en respuesta agradecida. Entonces la norma ya no oprime; orienta. Y la vida, sostenida por muchos pequeños actos de fidelidad, se transforma en un testimonio silencioso de que el amor es la verdadera ley que no pasa. Que así sea con la Gracia de Dios.

7 de febrero de 2026

Sal y Luz ...

P. Jesús Higueras

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente

Al decir a sus discípulos «vosotros sois la sal de la tierra», Jesús utiliza una imagen profundamente cotidiana para su tiempo: la sal. Antes de la refrigeración, la sal no servía solo para dar sabor, sino sobre todo para conservar los alimentos. Para impedir que aquello que era tan necesario para subsistir se echara a perder con el paso del tiempo. Sin la sal, la corrupción era inevitable.

 

La corrupción, en su sentido más profundo, no es solo un delito ni un escándalo público. Es la descomposición de algo valioso. Se corrompe la carne cuando pierde su integridad; se corrompe el alma cuando se aparta de la verdad; se corrompe una sociedad cuando pierde el sentido del bien. Por eso la palabra de Jesús atraviesa los siglos y llega intacta hasta hoy. Vivimos rodeados de ejemplos de corrupción: en la política, donde el poder se convierte en fin y no en servicio; en las empresas, cuando el beneficio se impone a la dignidad de la persona; incluso dentro de la Iglesia, cuando algunos olvidan que su autoridad nace del Evangelio y no de sí mismos. Nada de esto es nuevo, pero sí especialmente visible y doloroso.

 

Frente a este panorama, Jesús no propone un sistema ideológico ni una estrategia de control externo. Propone una vida. Solo la verdad, la bondad y el bien preservan al ser humano de la descomposición interior. Y esas realidades no son conceptos abstractos. Tienen un rostro. Jesucristo se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida. En Él no hay doblez, no hay cálculo, no hay corrupción. Por eso seguir a Jesús no es adherirse a una moral fría, sino acoger una hoja de ruta segura para no extraviarse y para no estropear el propio corazón.

 

Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente. No transmite la fe principalmente con palabras, sino con obras: con la honradez en lo pequeño, con la fidelidad en lo oculto, con la misericordia concreta hacia el que sufre. Ahí está su fuerza.

 

Cuando el cristiano vive unido a Jesús, se convierte sin darse cuenta en antídoto contra la corrupción del alma y de la sociedad. Su vida conserva, sana y orienta. Y entonces ocurre algo más: la sal se vuelve luz. No una luz que deslumbra, sino una luz que permite ver, que ayuda a no tropezar. En un mundo que se descompone con facilidad, Cristo sigue confiando en los suyos y les transmite esta exigencia y responsabilidad: vosotros sois la sal de la tierra. La cuestión decisiva es si aceptamos vivir como tal.

31 de enero de 2026

"Felices..."

. IV DOMINGO TO -A-  Sof  2,3-3,12-13/1Cor 1,26-31/Mt 5,1-12

 

Bienaventurados- P. Jesús Higueras

Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande

Las bienaventuranzas no son un poema piadoso en el que pueden encontrar consuelo los débiles. Son el corazón mismo del Evangelio y la expresión más clara de la novedad que trae Jesucristo. Con ellas, Jesús no establece una nueva moral basada en el esfuerzo humano, sino una ley distinta, más profunda: una ley que no se funda en el cumplir, sino en el responder con amor a lo que Dios permite que acontezca en la vida de cada hombre.

 

En las bienaventuranzas no se premia al que hace mucho, sino al que se deja hacer. El punto de partida no es la acción, sino la acogida. Por eso todo comienza con la pobreza de espíritu. El pobre en el espíritu es aquel que ha comprendido que nada esencial le pertenece, que todo lo verdaderamente valioso en su vida es don del Padre. No vive reclamando, no se enfrenta a Dios con exigencias, no convierte la fe en una contabilidad de méritos. Vive desde la confianza y desde la gratitud.

 

Esta pobreza interior cambia la manera de estar en el mundo. El manso no necesita imponerse porque ya no se defiende de Dios. El que llora no se encierra en el resentimiento, sino que deja que el dolor lo abra. El que trabaja por la paz no busca vencer, sino reconciliar. Las bienaventuranzas no eliminan el sufrimiento ni el conflicto, pero los atraviesan con un sentido nuevo: todo puede convertirse en lugar de comunión cuando se vive desde Dios.

 

Jesús no promete felicidad inmediata ni éxito visible. Promete plenitud. Una plenitud que no nace del control de la vida, sino del abandono confiado. Por eso habla de hambre y sed de justicia: no como reivindicación ideológica, sino como deseo profundo de que la verdad de Dios se realice en nosotros. Esa justicia no se impone, se recibe. Y cuando es auténtica, desemboca inevitablemente en la misericordia.

 

Una misericordia que no es debilidad moral, sino la forma más alta del amor. Es mirar al otro desde la conciencia de la propia fragilidad. Solo el que sabe que vive sostenido por la paciencia de Dios puede perdonar, comprender y acompañar sin juzgar. Por eso Jesús une la misericordia a la pureza de corazón: un corazón unificado, sin doblez, que ya no utiliza a Dios para protegerse.

 

Las bienaventuranzas son, en definitiva, un programa de vida que afecta a lo más profundo del corazón humano. No se reducen a un ideal ético ni a una espiritualidad intimista. Reeducan el deseo, transforman la mirada y liberan de la obsesión por justificarse. Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande.

 

10 de enero de 2026

"Cumplamos toda justicia"

BAUTISMO DEL SEÑOR -A- Is 42,1-4.6-7/Hch 10,34-38/ Mt 3, 13-17

 

. Jesús solicita a Juan que lo bautice, pero Juan no parece entender.   La ida de salvación que Juan predicaba era la conversión porque el Reino de los cielos está cerca y "vendrá el hacha a talar  todo árbol que no de fruto; que Jesús vendrá con la horquilla para aventar los montones de trigo, guardarlo en el granero y "quemar en el fuego que no se apaga la paja"… con estas expectativas podemos intuir que Juan se sintiera "descolocado" ante un Mesías  que tiene que huir a Egipto y ponerse en la fila de los pecadores. Juan anuncia sobre todo un juicio terrible con una misión purificadora y Jesús aparece como un humilde enviado para hacerse bautizar por un bautismo de penitencia.

 

. Ante el intento de disuasión y la resistencia de Juan que sabe que no está ante un pecador que necesite conversión, Jesús responde: "Cumplamos toda justicia" … y esto significa que ambos obedecen un deseo bien concreto de Dios. La palabra "justicia" en Matero significa: obediencia fiel a la voluntad de Dios. De este modo, recibir el bautismo es un acto de obediencia amorosa a la voluntad de Dios, no a ninguna ley o la voluntad de Juan. Dicho deseo es que Jesús se hiciera solidario, en el bautismo, del pecado del pueblo. Cercano a los pecadores, en medio a las personas, que las entiende, sin privilegios ni beneficios personales.

 

. "Cumplamos": pongamos en práctica los deseos de amor, de verdad, de servicio, de solidaridad de Dios. Dejarnos configurar por Él haciendo la voluntad del Padre. Jesús entra en el Jordán como uno más. No porque tenga pecado, sino porque ha decidido cargar con el pecado del mundo. El Hijo eterno se sumerge en la condición humana herida para que nadie quede fuera de la salvación. No hay distancia. No hay excepción. No hay vidas descartadas.

. Entonces se abre el cielo y resuena la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado». Lo cual no es una frase retórica sino una proclamación. Y aquí la fiesta nos toca de lleno. Porque esa misma palabra es pronunciada sobre cada uno de nosotros en el bautismo. No como metáfora, sino como realidad. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier fracaso, somos hijos amados.

. Ya la primera lectura nos habla del siervo, del elegido que no viene a traer venganza ni a condenar, sino que viene a traer la justicia que salva, que levanta, que dignifica. Esta justicia consiste "en abrir los ojos al ciego; sacar a los cautivos de la cárcel y de la prisión a los que habitan en tinieblas".

 

. Es la misericordia la que traspasa la justicia y la que busca restablecer el bien invitando a la conversión y al cambio, sanando las heridas que se hayan podido producir entre las personas, construyendo un mundo en el que no haya muros que dividan  y separen, que enfrenten … sino puentes que unan y lleven al encuentro y la comunión.

 

. La segunda lectura de Hechos nos recuerda que el Señor no hace "acepción de personas, sino que acepta al que le teme y practica la justicia sea de la nación que sea". Es una invitación a ver el otro al hermano, a tratar a cada uno como nos gustaría ser tratados, a pasar la vida haciendo el bien. No caminamos hacia la salvación a ciegas: caminamos dentro de ella por la Gracia del bautismo.