1 de diciembre de 2010

"DAD EL FRUTO QUE PIDE LA CONVERSIÓN"

II DOMINGO DE ADVIENTO -A- Is 11,1-10/Rom 15,4-9/Mt 3,1-12 

 

            Isaías es uno de esos hombres benditos que no han perdido la capacidad de soñar. Es un profeta, hombre de Dios y poeta al mismo tiempo,  que sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los hombre. Utiliza imágenes simbólicas  con  hondo significado espiritual: los animales salvajes «conviven» con los animales domésticos... El lobo y el cordero serán vecinos, la vaca y el oso pacen... El niño meterá la mano en la hura de la víbora... En esta profecía, Isaías anuncia para el «fin de los tiempos», un retorno al paraíso primitivo. Lo que se nos promete es, pues, una «nueva creación», en la que  no habrá fuerzas hostiles al hombre,   la persona no sentirá temor,   los instintos agresivos estarán dominados;  un lugar y un tiempo en el que  todos los hombres podrán convivir en paz unos con otros. -"Nadie hará mal en toda mi montaña santa... Porque el conocimiento del Señor llenará la tierra, como las aguas llenan el fondo del mar". Un sueño, sin duda hermoso que, quizás, todos hemos tenido  alguna vez. Pero, el profeta  ha empleado, además,  una imagen muy expresiva: de un tronco viejo que parecía seco  brotará una rama nueva, llena de vigor.«Brotará un renuevo del tronco de Jesé»: Esta es la gran promesa:  es el Mesías, el Enviado de Dios. Sobre él descenderá el Espíritu de Dios con todos sus dones: "… espíritu de prudencia y sabiduría, ciencia y temor del Señor...". 

No hay que despreciar a los poetas, pero frente a una mirada quizás excesivamente idealista,  el evangelio nos muestra el realismo de Juan el Bautista que grita: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos". Es una invitación personal a la conversión, a la renovación,  por un motivo muy real: hay una posibilidad de más vida, más justicia, más amor (esto es lo que significa "está cerca el Reino de Dios"). Es necesario preparar el camino del Señor (anhelar su venida, creer en ella, eliminar obstáculos, trabajar por su Reino). La austeridad de vida de Juan es un testimonio de que es preciso tomárselo en serio ( desde la comodidad, no se hace nada) y de que no es suficiente el simple cumplimiento ritual, exterior (es la severa crítica a los "fariseos y saduceos").  Es necesario "dar el fruto que pide la conversión"; un fruto que sea trigo y no paja, obras y no solo buenas razones. Por eso, con honestidad todos podemos  preguntarnos: "¿qué debemos hacer?". Y responder desde nuestra vida, sabiendo que todos nuestros esfuerzos son muy limitados, pero confiando en la fuerza de la promesa: de un árbol viejo brotará un retoño, de lo caduco y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. Cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida y toda la faz de la tierra rejuvenece; no debemos desesperar. Por muy acabados y desanimados que nos sintamos, se nos ha prometido un bautismo de "Espíritu Santo y fuego". Quien se deja empapar de este Espíritu  quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva. Está con nosotros Aquel «que puede más», que nos ha bautizado y llenado  con su Espíritu.

            ¿Qué es más fácil: que el  lobo habite con el cordero o que el hombre conviva  con el hombre y, juntos,  con Dios?. El hombre es capaz de lo mejor y más sublime y también de lo peor y más destructivo. Pablo nos ha invitado a "acogernos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios".  Estamos en  el tiempo de la Esperanza, de abrirnos al Espíritu, de soñar y construir lo sueños en la realidad de la vida con la Fuerza de Dios. Afirma el Papa Benedicto XVI: "Tenemos un futuro: Dios; por eso creemos,  valoramos y construimos el presente".  Que así sea con la Gracia de Dios.