19 de junio de 2009

"MAESTRO, ¿NO TE IMPORTA QUE NOS HUNDAMOS?"

XII-TO–B- Job 38,1,8-11-Salmo 107- 2Co 5,14-17-Mc 4,35-41

            ¿Quién no ha vivido alguna vez la experiencia de creer que se tambalea la barca de su vida entre borrascas y tormentas impredecibles? ¿ Y quién no ha tenido, en esos momentos, la sensación de que Dios estaba durmiendo o se encontraba muy lejos? Es la experiencia de la noche oscura, de momentos difíciles, complicados,   en los que  hasta el cielo parece enmudecer;  momentos donde sólo la confianza en Dios puede mantener en pie, con serenidad. Decía san Juan de la Cruz que, a veces, la mayor presencia de Dios es su aparente ausencia. Hay que descubrir a Dios en el mar embravecido de la vida: Él está en la barca, nuca se ha ido, ni se va ni se irá..., sólo nos pide la fe, una fe sencilla y confiada en medio de la tormenta, aunque sea de noche.

            Jesús, en el evangelio,  pone en relación el miedo y la fe: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?". Los apóstoles confiaban en sus fuerzas y tal vez en la ayuda de algún prodigio del Maestro, pero no en la fuerza de la fe. ¿Por qué temer?. La fe es confianza en la presencia de Jesús y de su Espíritu en medio de nosotros; el hombre que duerme no es un pasajero en tránsito; se ha embarcado definitivamente y ha unido su destino al de los que vamos en la barca. Tener fe en alguien es confiar en él, adherirse a él, entregarse a él. En el caso de los discípulos, poder decir de verdad "sé de quien me he fiado"; llegar a la convicción humilde que se atreve a decir: "¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna".

La fe acepta la naturaleza como realidad, signo del amor de Dios, puesta para el servicio y la vida de los hombres, por eso,  en toda situación "ni muerte, ni vida, ni ángeles...., ni las fuerzas del universo..., ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios, encontrado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rom 8, 38-39). No son las tormentas las que hacen zozobrar la barca sino la falta de fe. Tener fe es ser audaz y valiente y rezar con Santa  Teresa: "Nada te turbe, nada te espante… Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta".

            Permitidme hoy que, con ocasión de la renovación de la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús, que los obispos españoles harán en el cerro de los Ángeles (Getafe), recuerde que los creyentes tenemos la profunda convicción de que Jesucristo es el único que puede cambiar los corazones. Son los santos los que construyen una humanidad nueva con su testimonio personal y con la atracción  moral que ejercen sobre los demás hombres. Su secreto es vivir  en el Corazón de Cristo, mirar el mundo desde el Corazón de Cristo e invitar a todos los hombres a sumergirse en su amor y vivirlo. Evangelizar es compartir  la misericordia entrañable que muestran los brazos abiertos del corazón de Jesús, sin añoranzas, conquistas, reinos..., confiados en que Cristo no defrauda, ni abandona.

            Escribía Benedicto XVI en su primera encíclica dedicada al Amor, que es Dios: "Quien quiere dar amor debe, a su vez, recibirlo como don. Es cierto, como nos dice el Señor, que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva. No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios". Si Él, sin Corazón ¿cómo podrá vivir el hombre y el mundo?. Dice san Pablo en la segunda lectura: "Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado". La presencia de Jesús en nuestras vidas nos renueva por dentro de manera total haciendo de nosotros criaturas nuevas. No tengamos miedo. Todo saldrá bien. Hay que esperar, pero todo saldrá bien. Que así sea con la Gracia de Dios.

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